lunes, 2 de septiembre de 2019

LLEVAR LA MENTE A CASA - Cap. V - SOGYAL RIMPOCHÉ


 del libro tibetano de la vida y de la muerte


CAPITULO CINCO

Llevar la mente a casa

Hace más de dos mil quinientos años, un hombre que llevaba muchas, muchas vidas buscando la verdad llegó a un lugar tranquilo en el norte de India y se sentó bajo un árbol. Se quedó allí sentado bajo el árbol, y con inmensa resolución hizo el voto de no volver a levantarse hasta que hubiera encontrado la verdad. Al caer la noche, así está dicho, venció a las fuerzas oscuras del engaño, y por la mañana temprano, cuando aparecía la estrella Venus en el firmamento del amanecer, el hombre obtuvo la recompensa a su paciencia, disciplina e impecable concentración, sostenidas durante eras, y alcanzó el objetivo final de la existencia humana, la Iluminación. En ese instante sagrado, la propia Tierra se estremeció como «ebria de dicha», y según nos dicen las escrituras, «nadie en ningún lugar se sintió airado, enfermo ni triste; nadie hizo mal, nadie fue orgulloso; el mundo quedó completamente callado, como si hubiera alcanzado la plena perfección». Ese hombre llegó a ser conocido como Buda. He aquí la hermosa descripción que da el maestro vietnamita Thich Nhat Hanh de la Iluminación de Buda:

Gautama se sintió como si una cárcel que le había retenido durante miles de vidas se hubiese abierto de golpe. La ignorancia había sido el carcelero. A causa de la ignorancia, su mente había estado obscurecida, como la luna y las estrellas ocultas por las nubes de tormenta. Nublada por interminables oleadas de pensamientos ilusorios, la mente había dividido falsamente la realidad en sujeto y objeto, yo y otros, existencia y no existencia, nacimiento y muerte, y de esas distinciones surgían opiniones erróneas: las prisiones de los sentimientos, ansias, aferramiento y el devenir. El sufrimiento del nacimiento, la vejez, la enfermedad y la muerte sólo contribuía a engrosar los muros de la cárcel. Lo único que se podía hacer era apoderarse del carcelero y contemplar su verdadero rostro. El carcelero era la ignorancia... Una vez eliminado el carcelero, la cárcel desaparecería y ya nunca volvería a construirse de nuevo.

Lo que vio Buda fue que la ignorancia de nuestra verdadera naturaleza es la raíz de todos los tormentos del samsara, y que la raíz de la propia ignorancia es la tendencia habitual de nuestra mente a la distracción. Poner fin a la distracción de la mente equivaldría a poner fin al mismo samsara, y para ello, comprendió, la clave estaba en llevar la mente a casa, a su verdadera naturaleza, mediante la práctica de la meditación.

Buda se sentó en el suelo con serena y humilde dignidad, con el cielo sobre él y a su alrededor, como para demostrarnos que en la meditación se sienta uno con una actitud mental abierta y comparable al cielo, pero al mismo tiempo permanece presente, apoyado en la Tierra, sobre una base firme. El cielo es nuestra naturaleza absoluta, que no tiene barreras y es ilimitada, y la base es nuestra realidad, nuestra condición relativa y ordinaria. La postura que adoptamos al meditar significa que enlazamos lo absoluto y lo relativo, el firmamento y el suelo, el cielo y la Tierra, como las dos alas de un pájaro, integrando la naturaleza de la mente, que no conoce la muerte y es comparable al cielo, y el suelo de nuestra naturaleza mortal y pasajera.

Aprender a meditar es el mayor regalo que puede usted hacerse en esta vida, ya que es sólo por medio de la meditación como puede emprender el viaje para descubrir su auténtica naturaleza y encontrar así la estabilidad y la confianza que necesitará para vivir, y morir, bien. La meditación es el camino a la Iluminación.

ENTRENAMIENTO DE LA MENTE

Existen muchas maneras de presentar la meditación, y debo de haber hablado sobre ella en miles de ocasiones, pero cada vez es distinta, y cada vez es directa y nueva.

Por fortuna, vivimos en una época en la que muchas personas de todo el mundo están familiarizándose con la meditación. Cada vez se la acepta más como una práctica que atraviesa las barreras culturales y religiosas y se eleva por encima de ellas, permitiendo a quienes la practican establecer un contacto directo con la verdad de su ser. Es una práctica que trasciende los dogmas religiosos y, al mismo tiempo, es la esencia de las religiones.

Generalmente desperdiciamos nuestra vida, distraídos de nuestra verdadera identidad en una actividad incesante; la meditación, por su parte, es el camino que nos devuelve a nosotros mismos, donde podemos experimentar y saborear realmente nuestro ser completo, más allá de todos nuestros comportamientos habituales. Nuestra vida transcurre en una lucha intensa y angustiosa, en un torbellino de celeridad y agresividad, compitiendo, aferrando, poseyendo y logrando, atareándonos constantemente con actividades y preocupaciones externas y accidentales. La meditación es todo lo contrario. Meditar es romper completamente con nuestra forma «normal» de operar, puesto que se trata de un estado libre de toda preocupación e inquietud en el que no hay competitividad, no hay deseo de poseer ni aferrar nada, no hay lucha intensa ni angustiosa ni anhelo de logros; es un estado sin ambiciones en el que no hay aceptación ni rechazo, ni esperanza ni miedo, un estado en el que poco a poco empezamos a dejar marchar en el espacio de la sencillez natural todos esos conceptos y emociones que nos tienen aprisionados.

Los maestros de meditación budistas saben cuan flexible y maleable es la mente. Si la entrenamos, todo es posible. De hecho, ya estamos perfectamente entrenados por y para el samsara, entrenados a tener celos, entrenados a aferrar, entrenados a estar angustiados y tristes, desesperados y anhelantes, entrenados a reaccionar coléricos contra aquello que nos provoca. En realidad, estamos entrenados en tal medida, que estas emociones negativas surgen espontáneamente, sin que intentemos siquiera generarlas. Así pues, todo depende del entrenamiento y de la fuerza de la costumbre. Dediquemos la mente a la confusión, y, si somos sinceros, sabemos muy bien que se convertirá en una sombría maestra de confusión, experta en sus adicciones, sutil y perversamente elástica en sus esclavitudes. Dediquémosla en meditación a la tarea de liberarse ella misma del engaño, y descubriremos que, con tiempo, paciencia, disciplina y un entrenamiento adecuado, nuestra mente empezará a desatar sus propios nudos y conocerá su dicha y claridad esenciales.

«Entrenar» la mente no significa en modo alguno subyugarla por la fuerza o someterse a un lavado de cerebro. Entrenar la mente es, en primer lugar, ver de manera directa y concreta cómo funciona, conocimiento que deriva de las enseñanzas espirituales y de la experiencia personal en la práctica de la meditación. Después puede usted utilizar ese entendimiento para domesticar su mente y trabajar hábilmente con ella, para volverla más y más dócil, para poder convertirse en su dueño y emplearla en toda su capacidad y para los fines más beneficiosos.

Shantideva, maestro budista del siglo VIII, declaró:

Si este elefante que es la mente se ata por todas partes con
la soga de la absoluta presencia mental,
todo temor desaparece y llega la completa felicidad
Todos los enemigos; todos los tigres, leones, elefantes, osos y
serpientes [de nuestras emociones];2
y todos los guardianes del infierno; los demonios y los
horrores,
todos ellos quedan atados por el dominio de tu mente,
y domando esta única mente todos quedan sometidos,
porque de la mente se derivan todos los miedos y penas
inconmensurables.'

Así como un escritor sólo adquiere una espontánea libertad de expresión tras años de estudio a menudo laborioso, y así como la gracia sencilla de un bailarín se obtiene únicamente con un enorme y paciente esfuerzo, así también usted, cuando empiece a comprender adonde le conducirá la meditación, la abordará como la mayor empresa de su vida, una empresa que le exige el más profundo entusiasmo, perseverancia, inteligencia y disciplina.

EL CORAZÓN DE LA MEDITACIÓN

El propósito de la meditación consiste en despertar en nosotros la naturaleza de la mente e introducirnos a aquello que en realidad somos, a nuestra conciencia pura e inmutable que subyace a la totalidad de la vida y la muerte.

En la quietud y el silencio de la meditación, vislumbramos esa profunda naturaleza interior que hace tanto tiempo perdimos de vista entre la agitación y la distracción de nuestra mente, y regresamos a ella. Resulta verdaderamente extraordinario que nuestra mente no pueda estarse quieta más de unos pocos instantes sin anhelar distracción; es tan inquieta y desasosegada que a veces pienso que, al vivir en una ciudad del mundo moderno, ya somos como los seres torturados del estado intermedio que sigue a la muerte, donde se dice que la conciencia es angustiosa-mente desasosegada. Según ciertas autoridades, un trece por ciento de los estadounidenses padece alguna clase de trastorno mental. ¿Qué nos dice eso de nuestra forma de vivir?

Estamos fragmentados en muchos aspectos distintos. No sabemos quién somos en realidad, ni con qué aspectos de nosotros mismos deberíamos identificarnos ni en cuáles creer. Son tantos los dictados, voces y sentimientos que luchan por controlar nuestra vida interior que nos encontramos dispersos por todas partes, en todas direcciones, sin dejar a nadie en casa. La meditación, pues, es llevar la mente a casa.

En la enseñanza de Buda, decimos que hay tres cosas que influyen decisivamente en que la meditación sea sólo un método para obtener relajación, serenidad y dicha temporales, o bien se convierta en una poderosa inductora de Iluminación para uno mismo y para los demás. A estas tres cosas las llamamos: «Bien al Principio, Bien en el Medio y Bien al Final».

Bien al Principio surge de la percepción de que nosotros y todos los seres conscientes tenemos fundamentalmente la naturaleza de buda como nuestra esencia más íntima, y que conocerla es liberarse de la ignorancia y acabar definitivamente con el sufrimiento. Así, cada vez que empezamos nuestra práctica de la meditación, esto nos motiva y estimula a dedicar nuestra práctica y nuestra vida a la Iluminación de todos los seres en el espíritu de esta oración, que ha sido rezada por todos los budas del pasado:

Por el poder y la verdad de esta práctica:
que todos los seres tengan felicidad y lo que causa la
felicidad;
que todos estén libres de pena y de las causas de la pena;
que no se separen nunca de la felicidad sagrada en la que
no hay sufrimiento alguno;
y que todos vivan en ecuanimidad, sin demasiado apego
ni demasiada aversión,
y que vivan creyendo en la igualdad de todo lo que vive.

Bien en el Medio es la disposición mental con la que entramos en el corazón de la práctica, disposición estimulada por el conocimiento de la naturaleza de la mente, del cual surge una actitud desprendida, libre de cualquier referencia intelectual, y una conciencia de que todas las cosas son inherentemente «vacías», ilusorias y comparables a un sueño.

Bien al Final es la manera en que concluimos la meditación dedicando todo su mérito y rezando con verdadero fervor: «Que cualquier mérito que proceda de esta práctica sirva para la Iluminación de todos los seres; que se convierta en una gota en el océano de la actividad de todos los budas en su trabajo incansable por la liberación de todos los seres». Este mérito es el beneficio y el poder positivo, la paz y la felicidad que irradian de la práctica, y lo dedicamos al beneficio a largo plazo de todos los seres, a su Iluminación. En un plano más inmediato, lo dedicamos a que pueda haber paz en el mundo, a que todos nos veamos libres de necesidad y enfermedad y experimentemos un bienestar total y una felicidad duradera. A continuación, comprendiendo la naturaleza ilusoria de la realidad, que es comparable a un sueño, reflexionamos sobre cómo, en el sentido más profundo, aquel que dedica su práctica, aquellos a quienes se la dedica e incluso el propio acto de dedicarla son todos inherentemente «vacíos» e ilusorios. Esto se dice en las enseñanzas para cerrar la meditación de manera que nada de su poder puro pueda perderse ni filtrarse en absoluto, para que nada del mérito de la práctica se desperdicie jamás.

Estos tres principios sagrados, la motivación hábil, la actitud desprendida que asegura la práctica y la dedicación que la cierra, son los que hacen que la meditación sea verdaderamente iluminadora y poderosa. El gran maestro tibetano Longchenpa los describe, en una hermosa metáfora, como «el corazón, el ojo y la fuerza vital de la verdadera práctica». Y, como dice Nyoshul Khenpo: «Para alcanzar la Iluminación completa, más que esto no es necesario; pero menos que esto es incompleto».

LA PRACTICA DE LA PRESENCIA MENTAL

La meditación consiste en llevar la mente de vuelta a casa, y esto se consigue en primer lugar por la práctica de la presencia mental o atención.

En cierta ocasión, una anciana se acercó a Buda y le preguntó cómo se meditaba. Éste le dijo que cuando sacara agua del pozo permaneciera atenta a todos los movimientos de sus manos, pues sabía que si la mujer lo hacía así pronto se encontraría en ese estado de calma alerta y espaciosa que es la meditación.

La práctica de la atención, de llevar la mente dispersa de vuelta a casa y centrar así los distintos aspectos de nuestro ser, se llama «Permanecer Pacíficamente» o «Morar en Calma». «Permanecer Pacíficamente» logra tres cosas. La primera, todos los aspectos fragmentarios de nosotros mismos, que hasta entonces están en guerra, se asientan, se disuelven y se hacen amigos. En ese asentarse empezamos a comprendernos mejor, y a veces incluso vislumbramos el resplandor de nuestra naturaleza fundamental.

La segunda es que la práctica de la presencia mental desactiva nuestra negatividad, nuestra agresividad y nuestras emociones turbulentas. Más que suprimir las emociones o entregarse a ellas, lo importante aquí es contemplarlas, y contemplar los pensamientos y cualquier cosa que surja, con una aceptación y una generosidad lo más abiertas y amplias posible. Los maestros tibetanos dicen que esta sabia generosidad tiene el aroma del espacio ilimitado, tan cálida y acogedora que uno se siente envuelto y protegido por ella, como por una manta hecha de luz de sol.

Gradualmente, mientras permanece abierto y atento y utiliza una de las técnicas que le explicaré más adelante para centrar su mente cada vez más, su negatividad se irá desactivando poco a poco; empezará a sentirse a gusto en su ser, o, como dicen los franceses, étre bien dans sa peau (estar bien en su piel). De aquí viene una sensación de liberación y una profunda tranquilidad. A mi modo de ver, esta práctica es la forma más eficaz de terapia y autocuración.

La tercera es que esta práctica desvela y revela nuestro Buen Corazón esencial, puesto que disuelve y elimina la hostilidad y el daño que hay en nosotros. Sólo cuando hemos eliminado el daño que llevamos dentro nos volvemos verdaderamente útiles para los demás. Así pues, por medio de la práctica, eliminando lentamente la hostilidad y el daño que hay en nosotros mismos, permitimos que nuestro verdadero Buen Corazón, la bondad y la amabilidad fundamentales que constituyen nuestra auténtica naturaleza, resplandezca y dé lugar al clima cálido en que nuestro verdadero ser puede florecer.

Ahora comprenderá por qué yo llamo a la meditación la auténtica práctica de la paz, la auténtica práctica de la no agresión y la no violencia, el verdadero y mayor desarme.

LA GRAN PAZ NATURAL

Cuando enseño meditación suelo comenzar diciendo: «Lleva la mente a casa. Suelta. Y relájate».

Toda la práctica de la meditación puede resumirse en estos tres puntos básicos: llevar la mente a casa, aflojar o soltar y relajarse. Cada una de estas expresiones encierra significados que resuenan en muchos planos.

Llevar la mente a casa significa llevar la mente al estado de Morar en Calma mediante la práctica de la presencia mental. En su sentido más profundo, llevar la mente a casa es volver la mente hacia el interior y reposar en la naturaleza de la mente. Esto, de por sí, es la meditación más elevada.

Soltar significa dejar salir la mente de su cárcel de aferramiento, puesto que uno reconoce que todo el dolor, el miedo y la perturbación proceden del ansia de la mente por aferrar. En un plano más profundo, el conocimiento y la confianza que surgen de la creciente comprensión de la naturaleza de la mente estimulan la generosidad profunda y natural que permite dejar que el corazón se desprenda de todo apego, dejar que se libere y se derrita en la inspiración de la meditación.

Finalmente, relajarse significa ser espacioso y relajar todas las tensiones de la mente. En un sentido más profundo, uno se relaja en la verdadera naturaleza de su mente, el estado de Rigpa. Las palabras tibetanas que evocan este proceso sugieren la sensación de «relajarse sobre el Rigpa». Es como derramar un puñado de arena sobre una superficie plana: cada grano se asienta por su propia cuenta. Así es como se relaja usted en su verdadera naturaleza, dejando que todos los pensamientos y emociones cesen naturalmente y se disuelvan en el estado de la naturaleza de la mente.

Cuando medito, siempre me inspira este poema de Nyoshul Khenpo:

Descansa en gran paz natural
esa mente exhausta
 por los golpes del karma y el pensamiento neurótico,
como la furia implacable de las olas que rompen
en el océano infinito del samsara.
Descansa en gran paz natural.

Sobre todo, siéntase cómodo, tan natural y holgado como pueda. Escape sigilosamente del lazo de su nervioso yo habitual, abandone todo deseo y relájese en su verdadera naturaleza. Imagínese que su yo ordinario, emocional y agobiado de pensamientos, es un bloque de hielo o un trozo de mantequilla dejado al sol. Si se siente usted duro y frío, deje que esta agresividad se derrita bajo el sol de su meditación. Deje que la paz trabaje sobre usted y le permita recoger su mente dispersa en la presencia mental del Morar en Calma, y que despierte en usted la conciencia y la percepción de la Visión Clara, y descubrirá que, poco a poco, toda su negatividad se desarma, su agresividad se disuelve y su confusión se evapora, como una bruma en el vasto e inmaculado firmamento de su naturaleza absoluta.

Sentado en silencio, el cuerpo quieto, la boca callada, la mente en paz, deje ir y venir sus pensamientos y emociones, todo lo que surja, sin aferrarse a nada.

¿Qué se experimenta en este estado? Como solía decir Dudjom Rimpoché, imagínese a un hombre que llega a su casa tras un largo día de trabajo en el campo y se acomoda ante el hogar en su sillón favorito. Se ha pasado el día trabajando y sabe que ha hecho lo que quería hacer; no tiene nada más de qué preocuparse, nada que haya quedado sin terminar, y puede abandonar completamente todas sus inquietudes y contentarse sencillamente con ser.

Así pues, cuando medita, es esencial que cree usted el ambiente mental interior más adecuado. Todos los esfuerzos y luchas vienen de la estrechez, de no hacerse espacio, de modo que crear ese ambiente adecuado es vital para que se produzca verdaderamente la meditación. Cuando están presentes el humor y la amplitud, la meditación surge sin esfuerzo.

A veces, cuando medito, no utilizo ningún método en especial. Me limito a dejar reposar la mente y compruebo, sobre todo cuando estoy inspirado, que puedo llevar la mente a casa y relajarme con gran rapidez. Sentado en silencio, descanso en la naturaleza de la mente; no dudo ni me pregunto si estoy en el estado «correcto» o no. No hay ningún esfuerzo, sólo una rica comprensión, una actitud despierta y una certeza inconmovible. Cuando estoy en la naturaleza de la mente, la mente ordinaria ya no está ahí. No es necesario corroborar o confirmar mi existencia: simplemente soy. Está presente una confianza fundamental. No hay nada en especial que hacer.

MÉTODOS DE MEDITACIÓN

Si su mente es capaz de asentarse naturalmente por su propia cuenta, y si encuentra usted que le inspira el mero hecho de reposar en su conciencia pura, no necesita ningún método de meditación. De hecho, cuando uno se halla en tal estado, cualquier intento de aplicar un método podría incluso resultar contraproducente. Sin embargo, a la inmensa mayoría nos resulta difícil llegar de forma directa a ese estado. Sencillamente no sabemos cómo despertarlo, y nuestra mente es tan indócil y tan distraída que necesitamos un medio hábil, un método para inducirlo.

Por «hábil» quiero decir que se combinan la comprensión de la naturaleza esencial de la mente, el conocimiento de nuestros diversos y cambiantes estados de ánimo y la percepción profunda que hemos cultivado mediante la práctica para desarrollar la mejor manera de trabajar sobre uno mismo momento a momento. Reuniendo estas tres cosas, se aprende el arte de aplicar el método más apropiado para cada situación o problema particular, a transformar el ambiente mental.

Pero recuerde: un método sólo es un medio, no la meditación en sí. Practicando el método hábilmente es como se alcanza la perfección de ese estado puro de presencia total que es la auténtica meditación.

Hay un dicho tibetano muy revelador, Gompa ma yin, kompa yin, que significa literalmente: «"Meditación" no es; "acostumbrarse a" sí es». Esto quiere decir que la meditación no es nada más que acostumbrarse a la práctica de la meditación.

Como se ha dicho: «Meditación no es esforzarse, sino irse asimilando naturalmente a ella». Conforme vaya usted practicando el método, la meditación surgirá poco a poco. La meditación no es algo que usted pueda «hacer», sino algo que debe ocurrir espontáneamente, y sólo cuando hayamos perfeccionado la práctica.

Sin embargo, para que se produzca la meditación hay que crear condiciones serenas y auspiciosas. Antes de alcanzar el dominio de nuestra mente tenemos que calmar su entorno. De momento, la mente es como la llama de una vela: inestable, parpadeante, constantemente cambiante, avivada por el viento violento de nuestros pensamientos y emociones. La llama sólo arderá de forma estable cuando aquietemos el aire que la rodea, así que sólo podemos empezar a vislumbrar la naturaleza de la mente y a reposar en ella cuando hayamos apaciguado la turbulencia de nuestros pensamientos y emociones. Por otra parte, una vez hayamos encontrado una estabilidad en nuestra meditación, los ruidos y perturbaciones de toda clase tendrán un impacto mucho menor.

En Occidente, la gente tiende a dejarse absorber por lo que yo llamo «la tecnología de la meditación». Después de todo, el mundo moderno está fascinado por los mecanismos y las máquinas y es adicto a las fórmulas puramente prácticas. Pero el rasgo más importante, con mucho, de la meditación no es la técnica, sino el espíritu: la manera hábil, inspirada y creativa en que la practicamos, y que también podría denominarse «la postura».

LA POSTURA

Los maestros dicen: «Si creas una condición auspiciosa en tu cuerpo y en tu entorno, la meditación y el conocimiento se presentarán automáticamente». Hablar de la postura no es una pedantería esotérica; el sentido de adoptar una postura correcta es el de crear un ambiente más estimulante para la meditación, para el despertar de Rigpa. Existe una relación entre la postura del cuerpo y la actitud de la mente. La mente y el cuerpo están relacionados entre sí, y la meditación se produce naturalmente cuando la postura y la actitud son inspiradas.

Si está usted sentado y su mente no está en completa sintonía con su cuerpo, si, por ejemplo, está usted inquieto y preocupado por algo, su cuerpo experimentará incomodidad física y se presentarán más fácilmente dificultades. Si, por el contrario, su mente se halla en un estado sereno e inspirado, influirá en toda su postura y podrá usted sentarse de forma mucho más natural y sin esfuerzo. Así pues, es muy importante que una la postura de su cuerpo con la confianza que surge de su comprensión de la naturaleza de la mente.

La postura que voy a explicar aquí puede diferir ligeramente de otras que conozca. Procede de las antiguas enseñanzas de Dzogchen y es la que me enseñaron mis maestros, y yo la he encontrado sumamente poderosa.

En las enseñanzas Dzogchen se dice que tu Visión y tu postura deben ser como una montaña. La Visión es la recapitulación de toda la comprensión y percepción profunda de la naturaleza de la mente que se lleva a la meditación. Así, la Visión se traduce en la postura y la inspira, expresando el núcleo de nuestro ser en la manera de sentarnos.

Siéntese, pues, como si fuera usted una montaña, con toda la majestad firme y serena de una montaña. Una montaña está completamente cómoda y a gusto consigo misma, por fuertes que sean los vendavales que la azotan, por densos que sean los nubarrones que se arraciman en torno a su cumbre. Siéntese como una montaña y deje que su mente vuele y se eleve.

En esta postura, lo más esencial es mantener la espalda recta, como «una flecha» o «una pila de monedas de oro». La «energía interior», o prana, podrá fluir entonces sin obstrucción por los canales sutiles del cuerpo, y la mente hallará su verdadero estado de reposo. No fuerce nada. La parte inferior de la columna tiene una curvatura natural; debe estar relajada, pero erguida. La cabeza ha de estar cómodamente equilibrada sobre el cuello. Los hombros y la parte superior del tronco aportan la fuerza y la gracia de la postura, y deben sostenerse con vigoroso aplomo, pero sin tensión.

Siéntese con las piernas cruzadas. No es necesario que adopte la postura completa del loto, a la que se concede mayor importancia en la práctica avanzada del yoga. Las piernas cruzadas expresan la unidad de la vida y la muerte, de lo bueno y lo malo, de los medios hábiles y la sabiduría, de los principios masculino y femenino, de samsara y nirvana; el humor de la no dualidad. También puede preferir sentarse en una silla con las piernas relajadas, pero procure tener siempre la espalda recta.'

En mi tradición de meditación, los ojos han de estar abiertos: este es un punto muy importante. Si es usted sensible a las perturbaciones exteriores, cuando empiece a practicar puede favorecerle cerrar los ojos un rato y volverse calladamente hacia su interior.

Una vez se sienta establecido en la calma, abra gradualmente los ojos y comprobará que su mirada se ha vuelto más sosegada y tranquila. Ahora mire hacia abajo, siguiendo la línea de la nariz, en un ángulo de unos 45 grados ante usted. Un consejo práctico: en general, cuando la mente está inquieta, es mejor bajar la mirada, y cuando está entorpecida y soñolienta, subirla.

Cuando su mente esté serena y empiece a surgir claridad de la percepción, se sentirá en libertad de alzar la mirada, abriendo más los ojos y contemplando el espacio que hay directamente ante usted. Esta es la mirada que se recomienda en la práctica Dzogchen.

En las enseñanzas Dzogchen se dice que tu meditación y tu mirada deben ser como la vasta extensión de un gran océano, que lo abarca todo y es abierto e ilimitado. Del mismo modo en que la Visión y la postura son inseparables, también la meditación inspira la mirada, y ambas se funden en una.

Así pues, no enfoque la vista sobre nada en particular; vuélvase en cambio ligeramente hacia usted mismo y deje que su mirada se extienda y se vuelva cada vez más amplia y espaciosa. En ese momento descubrirá que hay más paz y compasión en su mirada, más ecuanimidad, más aplomo.

El nombre tibetano del Buda de la Compasión es Chenresig. Chen es el ojo, re es el rabillo del ojo, y zig significa ver. Esto quiere decir que con su ojo compasivo Chenrezig ve las necesidades de todos los seres. Así pues, dirija la compasión que irradia de su meditación, suave y delicadamente, hacia sus ojos, de modo que su mirada se convierta en la propia mirada de la compasión, que lo abarca todo y es comparable al océano.

Existen varias razones para mantener los ojos abiertos. Con los ojos abiertos es menos probable que se duerma. Además, la meditación no es una manera de evadirse del mundo ni huir de él hacia una experiencia de trance o un estado alterado de conciencia. Por el contrario, es un camino directo que nos ayuda a comprendernos verdaderamente a nosotros mismos y a relacionarnos con la vida y el mundo.

Por consiguiente, durante la meditación mantenga los ojos abiertos, no cerrados. En lugar de excluir la vida, permanece usted abierto y en paz con todo. Deje abiertos todos sus sentidos —el oído, la vista, el tacto— con naturalidad, tal como son, sin aferrarse a sus percepciones. Como decía Dudjom Rimpoché: «Aunque se perciben formas diversas, en esencia están vacías; sin embargo, en la vacuidad se perciben formas. Aunque se oyen sonidos diversos, están vacíos; sin embargo, en la vacuidad se perciben sonidos. También surgen pensamientos diversos; están vacíos, pero en la vacuidad se perciben pensamientos». Vea lo que vea, oiga lo que oiga, déjelo estar sin aferrarlo. Deje el oír en el oír, deje el ver en el ver, sin permitir que el apego intervenga en la percepción.

Según la práctica especial de la luminosidad de las enseñanzas Dzogchen, toda la luz de su energía-sabiduría reside en el centro del corazón, que está conectado con los ojos por los «canales de sabiduría». Los ojos son las «puertas» de la luminosidad, de forma que debe dejarlos abiertos para no bloquear estos canales de sabiduría.

Cuando medite deje la boca ligeramente abierta, como si fuera a exclamar un profundo y relajante «Aaaah». Según se dice, al mantener la boca ligeramente abierta y respirar principalmente por ella es menos probable que surjan los «vientos kármicos» que originan los pensamientos discursivos y crean obstáculos en la mente y la meditación.

Deje que las manos reposen cómodamente sobre las rodillas. Esta postura se llama la de «la mente en comodidad y reposo».

En esta postura hay una chispa de esperanza, un humor juguetón, que reside en el entendimiento secreto de que todos poseemos la naturaleza de buda. Así, al adoptar esta postura, está usted como jugando a imitar a un buda, reconociendo y alentando verdaderamente el surgimiento de su propia naturaleza de buda. De hecho, empieza usted a respetarse como a un buda en potencia. Al mismo tiempo, sigue usted reconociendo su condición relativa. Pero, puesto que se ha dejado inspirar por una alegre confianza en su propia naturaleza de buda, puede aceptar más fácilmente sus aspectos negativos y afrontarlos más afectuosamente y con más humor. Así pues, cuando medite, invítese a percibir la autoestima, la dignidad y la poderosa humildad del buda que es usted. Suelo decir con frecuencia que, si se deja inspirar sencillamente por esta gozosa confianza, ya es suficiente: de esta comprensión y confianza surgirá espontáneamente la meditación.

TRES MÉTODOS DE MEDITACIÓN

Buda enseñó 84.000 maneras distintas de domesticar y apaciguar las emociones negativas, y en el budismo existen incalculables métodos de meditación. Yo he encontrado tres técnicas de meditación que resultan particularmente eficaces en el mundo moderno y que cualquiera puede utilizar con provecho. Se trata, respectivamente, de «observar» la respiración, utilizar un objeto y recitar un mantra.

1. «Observar» la respiración
El primer método es muy antiguo y se encuentra en todas las escuelas del budismo. Consiste en dejar que su atención repose, ligera y atentamente, en la respiración.

La respiración es vida, la expresión más básica y fundamental de nuestra vida. En el judaísmo, ruah, el aliento, es el espíritu de Dios que inspira la creación; en el cristianismo también existe una profunda relación entre el Espíritu Santo, sin el cual nada podría tener vida, y el aliento. En la enseñanza de Buda se dice que el aliento, en sánscrito prana, es «el vehículo de la mente», puesto que es el prana lo que hace que nuestra mente se mueva. Así, cuando se aquieta la mente por medio del trabajo hábil con la respiración, al mismo tiempo y de forma automática se doméstica y entrena la mente. ¿No hemos experimentado todos, cuando la vida se llena de tensiones, lo relajante que puede ser quedarnos unos minutos a solas y limitarnos a respirar profunda y calmadamente? Incluso este ejercicio tan sencillo puede sernos de gran ayuda.

Por consiguiente, al meditar respire con naturalidad, como lo hace siempre. Concentre ligeramente su atención en la espiración. Al espirar, déjese ir con el aire que sale hacia fuera. Cada vez que suelta el aire, se afloja y se libera de todo aferramiento. Imagínese que su aliento se disuelve en la extensión de la verdad que todo lo abarca. Cada vez que espire, y antes de volver a inspirar, comprobará que aparece una pausa natural a medida que se disuelve el aferramiento.

Repose en esa pausa, en ese espacio abierto. Y cuando vuelva a tomar aire, de un modo natural, no se concentre especialmente en la inspiración, sino siga reposando su mente en ese hueco que se ha abierto.

Cuando esté practicando, es importante que no se enrede en comentarios mentales, análisis ni charla interior. No confunda los comentarios repetidos de la mente («Ahora estoy inspirando, ahora estoy espirando») con la atención; lo importante es la pura presencia mental.

No se concentre demasiado en el aliento; concédale aproximadamente un 25 por ciento de su atención, y deje el 75 por ciento restante callada y espaciosamente relajado. A medida que vaya volviéndose más atento a la respiración, descubrirá que se vuelve más y más 

Padmasambhava: «Se parece a mí». Padmasambhava, el «Maestro Precioso», «Gurú Rimpoché», es el fundador del budismo tibetano y el Buda de nuestro tiempo. Se cree que al ver esta estatua que se conserva en Samyé, en Tíbet, donde fue hecha en el siglo vm, comentó: «Se parece a mí»; después la bendijo y exclamó: «¡Ahora es igual que yo!».

presente, que recoge de nuevo en usted todos sus aspectos dispersos y que se vuelve entero.

Más que «observar» la respiración, vaya identificándose gradualmente con ella, como si se convirtiera en ella. Poco a poco, el aliento, la persona que respira y la respiración se vuelven uno; la dualidad y la separación se disuelven.

De esta manera comprobará que este sencillísimo proceso de presencia mental filtra sus pensamientos y emociones. Entonces, como si desechara una piel vieja, algo se desprende y se libera.

Sin embargo, algunas personas no se encuentran cómodas ni relajadas cuando observan la respiración; la situación les parece casi claustrofóbica. Para ellas podría ser más conveniente la técnica siguiente.

2. Utilizar un objeto
Un segundo método, que a muchos les resulta útil, consiste en reposar ligeramente la mente sobre un objeto. Para ello puede utilizar un objeto de belleza natural que le induzca una sensación especial de inspiración, como una flor o un cristal; pero algo que represente la verdad, como una imagen de Buda o de Cristo, o especialmente de su maestro, es todavía más poderoso. Su maestro es su lazo viviente con la verdad, y debido a la relación personal que tiene con él o con ella, el mero hecho de ver su rostro le conecta con la inspiración y la verdad de su propia naturaleza.

Muchas personas han encontrado una conexión especial con la imagen de la estatua de Padmasambhava llamada «Se parece a mí», que fue hecha del natural y bendecida por él mismo en el siglo VIH en Tíbet. Por el enorme poder de su personalidad espiritual, Padmasambhava llevó la enseñanza de Buda a Tíbet. Los tibetanos lo conocen como «el segundo Buda» y le llaman afectuosamente «Gurú Rimpoché», que significa «Maestro Precioso». Dilgo Khyentsc Rimpoché dijo: «Ha habido muchos maestros increíbles e incomparables en el noble país de la India y en Tíbet, el País de las Nieves, pero de entre todos ellos, el que ofrece mayor compasión y bendiciones a los seres de esta era difícil es Padmasambhava, que encarna la compasión y la sabiduría de todos los budas. Una de sus cualidades es que tiene el poder de dar su bendición instantáneamente a quienquiera le dirija sus oraciones, y sea cual sea el motivo de la oración, tiene el poder de conceder nuestro deseo inmediatamente».

Inspirado por esto, fije una reproducción de esta fotografía a la altura de los ojos y pose ligeramente la atención en su rostro, especialmente en su mirada. Hay una profunda quietud en la inmediatez de esa mirada, que casi salta de la fotografía para transportarnos a un estado de percepción sin aferramiento, el estado de la meditación. Acto seguido, deje su mente callada y en paz, con Padmasambhava.

3. Recitar un mantra
Una tercera técnica, muy utilizada en el budismo tibetano (y también en el sufismo, el cristianismo ortodoxo y el hinduismo) es la de unir la mente con el sonido de un mantra. La definición de mantra es «aquello que protege la mente». Aquello que protege la mente de la negatividad, o que le protege a usted de su propia mente, se llama mantra.

Cuando está usted nervioso, desorientado o emocionalmente frágil, cantar o recitar un mantra de un modo inspirado puede cambiar por completo el estado de su mente, al transformar su energía y su atmósfera. ¿Cómo es posible? Mantra es la esencia del sonido y la encarnación de la verdad en forma de sonido. Cada sílaba está impregnada de poder espiritual, condensa una verdad espiritual y vibra con la bendición del habla de los budas. También se dice que la mente cabalga sobre la energía sutil del aliento, o prana, que circula por los canales sutiles del cuerpo y los purifica. Así, cuando entona usted un mantra, carga su respiración y su energía con la energía del mantra, trabajando así directamente sobre su mente y su cuerpo sutil.

El mantra que yo recomiendo a mis estudiantes es OM AH HUM VAJRA GURÚ PADMA SIDDHI HUM (los tibetanos lo pronuncian: Om Ah Hung Benza Gurú Pema Siddhi Hung), que es el mantra de Padmasambhava, el mantra de todos los budas, maestros y seres realizados, y es por ello especialmente potente para la paz, la curación, la transformación y la protección en esta era violenta y caótica. Recite el mantra para sus adentros, con profunda atención, y deje que la respiración, el mantra y su conciencia se vayan fundiendo en uno. O también puede cantarlo de un modo inspirador, y reposar en el profundo silencio que a veces se sigue.

Aun después de toda una vida de estar familiarizado con su práctica, a veces todavía me asombra el poder del mantra. Hace unos años estuve en Lyon (Francia), dirigiendo un taller para unas trescientas personas, la mayoría amas de casa y terapeutas. Llevaba todo el día enseñando, pero al parecer los asistentes estaban decididos a aprovechar el tiempo al máximo y no dejaban de hacerme preguntas, implacablemente, una tras otra. A la caída de la tarde estaba completamente agotado, y sobre la sala había descendido una atmósfera pesada y apagada. Así que empecé a entonar un mantra, este mantra que acabo de enseñarle. Su efecto me sorprendió: a los pocos minutos, noté que recobraba toda mi energía, la atmósfera que nos rodeaba se transformó y todos los presentes volvieron a mostrarse animados y encantadores. He tenido experiencias semejantes en numerosas ocasiones, y por eso sé que no se trata de un «milagro» ocasional.

LA MENTE EN MEDITACIÓN

Entonces, ¿qué hemos de «hacer» con la mente durante la meditación? Nada en absoluto. Déjela estar, sencillamente, tal como es. Un maestro describió la meditación como «la mente, suspendida en el espacio, en ninguna parte».

Hay un dicho muy conocido: «La mente es espontáneamente dichosa si no se la fuerza, lo mismo que el agua es por naturaleza transparente y clara si no se la agita». Con frecuencia suelo comparar la mente en meditación con un jarro de agua fangosa: cuanto más dejemos el agua sin tocarla ni removerla, más se hundirán hacia el fondo las partículas de tierra, permitiendo que resplandezca la claridad natural del agua. La naturaleza de la mente es tal que, si la deja usted en su estado natural no adulterado, encontrará por sí misma su verdadera naturaleza, que es dicha y claridad.

Procure, pues, no imponerle nada a la mente ni forzarla. Cuando medite, no ha de hacer ningún intento de controlar ni ningún esfuerzo por estar en paz. No se muestre excesivamente solemne ni piense que está participando en un rito especial; abandone incluso la idea de que está meditando. Deje que su cuerpo permanezca como está y su respiración como la encuentre. Imagínese como el cielo, que contiene todo el universo.

UN EQUILIBRIO DELICADO

En la meditación, como en todas las artes, tiene que haber un delicado equilibrio entre relajación y atención. En cierta ocasión, un monje llamado Shrona estudiaba meditación con uno de los discípulos más cercanos de Buda. A Shrona le costaba encontrar la actitud mental adecuada. Tras grandes esfuerzos por concentrarse, sólo conseguía que le doliera la cabeza. Después logró relajar la mente, pero la relajaba tanto que se quedaba dormido. Finalmente le pidió ayuda a Buda. Sabiendo que Shrona había sido un famoso músico antes de hacerse monje, Buda le preguntó:

—¿No tocabas la vina cuando eras laico?
Shrona asintió.
—¿Y cómo obtenías el mejor sonido de tu vina? ¿Cuándo las cuerdas estaban muy tensas o cuando estaban muy flojas?
—De ninguna de las dos maneras. Cuando tenían la tensión justa, ni demasiado tensas ni demasiado flojas.
—Bien, pues con tu mente sucede exactamente lo mismo.
Una de las más grandes entre las numerosas maestras de Tíbet, Ma Chik Lap Drón, dijo: «Alerta, alerta; pero relajado, relajado. Este es un punto esencial para la Visión durante la meditación». Alerte su atención, pero al mismo tiempo permanezca relajado, tan relajado, en realidad, que ni siquiera piense en la idea de relajación.

PENSAMIENTOS Y EMOCIONES:
LAS OLAS DEL OCÉANO

Las personas que empiezan a meditar suelen decir que sus pensamientos se alborotan, que se vuelven más indómitos que nunca. Pero yo las tranquilizo diciéndoles que esa es una buena señal. Lejos de significar que sus pensamientos se han vuelto más frenéticos, significa que usted se ha vuelto más sereno y por fin se da cuenta de lo ruidosos que han sido siempre sus pensamientos. No se desaliente ni se rinda. Surja lo que surja, usted siga estando presente, siga regresando a la respiración aun en medio de toda la confusión.

En las antiguas instrucciones para la meditación se dice que al principio los pensamientos llegan uno tras otro ininterrumpidamente, como una catarata. Poco a poco, a medida que se va perfeccionando la meditación, los pensamientos se parecen más al agua de una estrecha y profunda garganta que discurre entre altas montañas; después, al agua de un río ancho y caudaloso que avanza lentamente hacia el mar, y, por último, la mente es como un océano, un mar tranquilo y plácido, agitado sólo por alguna que otra ondulación.

A veces se piensa que cuando uno medita no tendría que tener pensamientos ni emociones en absoluto, y al verlos surgir la persona se preocupa y se irrita consigo misma y cree que ha fracasado. Nada más lejos de la verdad. Dice un proverbio tibetano: «Pedir carne sin huesos y té sin hojas es mucho pedir». Mientras tengamos mente, habrá pensamientos y emociones.

Tal como el océano tiene olas y el sol tiene rayos, el resplandor propio de la mente son sus pensamientos y emociones. El océano tiene olas, pero no le molestan especialmente. Las olas son la naturaleza propia del océano. Surgen olas, pero ¿adónde van? De vuelta al océano. ¿Y de dónde vienen? Del océano. Del mismo modo, los pensamientos y las emociones son el resplandor y la expresión de la naturaleza propia de la mente. Surgen de la mente, pero ¿dónde se disuelven? De vuelta en la mente. Surja lo que surja, no lo considere un problema especial. Si no reacciona impulsivamente, si es usted paciente, volverá a asentarse de nuevo en su naturaleza esencial.

Cuando haya alcanzado esta comprensión, los pensamientos que puedan surgir sólo mejorarán su práctica. Pero si no comprende lo que son intrínsecamente —el resplandor de la naturaleza de su mente—, entonces sus pensamientos se convierten en semilla de confusión. Así pues, adopte una actitud amplia abierta y compasiva hacia sus pensamientos y emociones, puesto que, de hecho, sus pensamientos son de su familia, la familia de su mente. Sea ante ellos, como decía Dudjom Rimpoché, «como un anciano sabio viendo jugar a un niño».

Muchas veces nos preguntamos qué podemos hacer respecto a la negatividad o a ciertas emociones conflictivas. En la espaciosidad de la meditación, puede usted contemplar sus pensamientos y emociones con una actitud completamente libre de prejuicios. Cuando cambia su actitud, cambia toda la atmósfera de su mente, incluso la misma naturaleza de sus pensamientos y emociones. Cuando usted se vuelve más afable, ellos también lo hacen; si no les pone dificultades, ellos tampoco se las pondrán a usted.

Por consiguiente, sean cuales fueren los pensamientos y emociones que se presenten, permítales surgir y desvanecerse como las olas del océano. Cuando se sorprenda pensando cualquier cosa, deje que ese pensamiento surja y se desvanezca sin ninguna coerción. No se quede con él, no lo alimente ni favorezca; no se le apegue ni trate de solidificarlo. No siga los pensamientos, no los invite. Sea como el océano que contempla sus propias olas o como el cielo que mira desde lo alto las nubes que lo cruzan.

No tardará en descubrir que los pensamientos son como el viento: vienen y van. El secreto está en no «pensar» sobre los pensamientos, sino permitir que circulen por la mente sin dejarse arrastrar por ellos.

En la mente ordinaria percibimos la corriente de los pensamientos como una sucesión continua e ininterrumpida, pero en realidad no es así. Usted mismo descubrirá que hay un intervalo entre pensamiento y pensamiento. Cuando el pensamiento pasado ya ha pasado y el futuro aún no ha surgido, siempre encontrará un espacio en el que se revela Rigpa, la naturaleza de la mente. Así pues, el objeto de la meditación es permitir que los pensamientos se hagan más lentos para que ese espacio se haga cada vez más evidente.

Mi maestro tenía un alumno llamado Apa Pant, distinguido escritor y diplomático indio que había sido embajador de India en diversas capitales del mundo. Había estado incluso en Lhasa, la capital de Tíbet, como representante del gobierno indio, y durante algún tiempo estuvo destinado en Sikkim. Practicaba la meditación y el yoga, y cada vez que veía a mi maestro le preguntaba «¿Cómo hay que meditar?». En eso se atenía a una tradición oriental, en la cual el discípulo le formula repetidamente al maestro una pregunta sencilla y básica, siempre la misma.

El propio Apa Paul me contó esta anécdota. Un día, nuestro maestro Jamyang Khyentse asistía a una «Danza de Lamas» ante el palacio-templo de Gangtok, la capital de Sikkim, y contemplaba divertido las ocurrencias del atsara, el payaso que entretiene al público entre danza y danza. Apa Pant no dejaba de atosigarlo, preguntándole sin cesar cómo había que meditar, así que esta vez, cuando mi maestro le contestó, lo hizo de manera que entendiera que se lo decía de una vez por todas:

—Verás, la cosa es así: cuando el pensamiento pasado ya ha pasado y el pensamiento futuro aún no ha surgido, ¿no hay un intervalo?
—Sí —reconoció Apa Pant.
—Pues bien, prolóngalo: eso es la meditación.

LAS EXPERIENCIAS

A medida que se practica, es posible tener toda clase de experiencias, tanto buenas como malas. Así como una habitación con muchas puertas y ventanas deja entrar el aire desde muchas direcciones, cuando la mente se abre es natural que dé cabida a toda clase de experiencias. Se pueden experimentar estados de dicha, de claridad o de ausencia de pensamientos. En cierto modo, estas experiencias son muy buenas, y son señal de progreso en la meditación. Cuando se experimenta dicha, es señal de que el deseo se ha disuelto temporalmente. Cuando se experimenta una auténtica claridad, es señal de que la agresividad ha cesado temporalmente. Cuando se experimenta un estado de ausencia de pensamientos, es señal de que la ignorancia ha muerto temporalmente. De suyo son buenas experiencias, pero si uno se apega a ellas pueden convertirse en obstáculos. Las experiencias en sí no son la realización, pero si permanecemos libres de apego a ellas se convierten en lo que en realidad son, es decir, materiales para la realización.

Las experiencias negativas suelen ser las que más despistan, porque normalmente las interpretamos como una mala señal. Sin embargo, lo cierto es que las experiencias negativas que se presentan en nuestra práctica son una bendición disfrazada. Intente no reaccionar a ellas con aversión, como quizá sería lo normal, y procure reconocerlas como lo que realmente son, nada más que experiencias, ilusorias y de la misma naturaleza que un sueño. El conocimiento de la verdadera naturaleza de la experiencia libera del daño o peligro de la experiencia en sí, debido a lo cual hasta una experiencia negativa puede convertirse en fuente de gran bendición y logro. Existen innumerables relatos acerca de cómo los maestros trabajaron de este modo con sus experiencias negativas y las transformaron en catalizadores de la realización.

Dice la tradición que para un auténtico practicante no son las experiencias negativas, sino las positivas, las que representan un obstáculo. Cuando las cosas van bien, hay que tener especial cuidado y estar muy atento para no volverse complaciente o excesivamente confiado. Recuerde lo que me dijo Dudjom Rimpoché cuando yo me hallaba en mitad de una experiencia muy poderosa: «No te excites demasiado. En último término, no es ni bueno ni malo». Él sabía que estaba empezando a apegarme a la experiencia: ese apego, como cualquier otro, debe ser superado. Lo que hemos de aprender, tanto en la meditación como en la vida, es a estar libres de apego a las experiencias buenas y libres de aversión hacia las negativas.

Didjom Rimpoché nos advierte contra otro peligro: «Por otra parte, es posible que en la práctica de la meditación experimente un estado turbio, semiconsciente, vagaroso, como si tuviera la cabeza cubierta por una capucha; una pesadez soñolienta. En realidad, no es nada más que una especie de estancamiento borroso y sin mente. ¿Cómo se sale de ese estado? Póngase alerta, enderece la espalda, expulse el aire estancado de sus pulmones y dirija su conciencia al espacio transparente a fin de refrescar la mente. Si permanece en ese estado estancado, no evolucionará; así pues, siempre que surja este obstáculo, elimínelo una y otra vez. Es importante que esté lo más atento posible y tan vigilante como pueda».

Sea cual sea el método que haya elegido, abandónelo, o deje sencillamente que se disuelva por sí mismo, cuando vea que ha llegado de manera natural a un estado de serenidad alerta, expansiva y vibrante. A partir de ahí, siga sentado tranquilamente, sin distraerse y sin utilizar forzosamente ningún método en particular. El método ya ha cumplido su objetivo. Si, no obstante, se distrae o empieza a divagar, regrese otra vez a la técnica que le resulte más adecuada para traerlo a usted de vuelta.

La auténtica gloria de la meditación no depende de ningún método, sino que reside en su experiencia continua y viva de estar presente, en su dicha, claridad y paz, y, lo más importante, en la completa ausencia de apego. La disminución del apego es señal de que se está volviendo usted más libre de sí mismo. Y cuanto más experimente esa libertad, más clara será la señal de que el ego, junto con las esperanzas y los temores que lo mantienen vivo, se está disolviendo, y más se acercará a la infinitamente generosa «sabiduría de la ausencia de ego». Cuando more en ese hogar de sabiduría, ya no encontrará ninguna barrera entre «yo» y «tú», «esto» y «aquello», «dentro» y «fuera»; habrá llegado por fin a su verdadero hogar, el estado de no dualidad.

HAGA PAUSAS

A menudo me preguntan: «¿Cuánto rato hay que meditar? ¿Y cuándo? ¿Debo practicar veinte minutos por la mañana y por la noche o es mejor que haga varias prácticas cortas a lo largo del día?» Sí, es bueno meditar durante veinte minutos, aunque eso no significa que veinte minutos sea el límite. No he visto en ningún lugar de las escrituras que se hable de veinte minutos. Creo que es una idea que ha surgido en Occidente, y yo la llamo «Meditación según el horario occidental». La cuestión no es cuánto tiempo dura la meditación; la cuestión es si la práctica le lleva efectivamente a cierto estado de presencia mental, en el que se encuentra usted un poco abierto y capaz de conectar con la esencia de su corazón. ¡Cinco minutos de práctica atenta son mucho más valiosos que veinte minutos de dormitar!

Dudjom Rimpoché solía decir que los principiantes deben practicar en sesiones cortas. Practique cuatro o cinco minutos y a continuación haga una breve pausa de apenas un minuto. Durante la pausa, abandone el método, pero no abandone en absoluto su estado de presencia mental. A veces, cuando se ha estado esforzando en la práctica, en el preciso instante en que se toma un descanso del método (si no se deja de estar alerta y presente) es cuando realmente se produce la meditación. Por eso la pausa es una parte de la meditación no menos importante que el estar sentado. A los alumnos que encuentran problemas en la práctica suelo decirles a veces que practiquen durante la pausa y hagan una pausa durante la meditación...

Siéntese un breve rato y a continuación haga una pausa, una pausa cortísima de treinta segundos o un minuto. Pero esté atento a lo que hace y no pierda la presencia con su tranquilidad natural. Después alértese y vuelva a sentarse. Si hace muchas sesiones cortas de este tipo, las pausas harán más real e inspiradora su meditación; eliminarán de la práctica la solemnidad, la artificialidad y la rigidez torpe y molesta, aportándole cada vez más concentración y naturalidad. Poco a poco, por medio de esta alternancia de pausas y meditación sentada, la barrera entre la meditación y la vida cotidiana se irá disolviendo y se encontrará usted cada vez más en su pura presencia natural, sin distracciones. Entonces, como decía Dudjom Rimpoché, «aunque el meditador pueda dejar la meditación, la meditación no dejará al meditador».

INTEGRACIÓN: MEDITACIÓN EN ACCIÓN

Me he dado cuenta de que los modernos practicantes espirituales desconocen la manera de integrar su práctica meditativa en la vida cotidiana. No podría insistir lo suficiente: integrar la meditación en la acción es todo el objetivo, el sentido y la base de la meditación. La violencia y la tensión, los desafíos y las distracciones de la vida moderna hacen aún más urgentemente necesaria esta integración.

Hay personas que se me acercan a lamentarse: «Hace doce años que medito y no he cambiado nada. Sigo siendo el mismo. ¿Por qué?». Porque hay un abismo entre su práctica espiritual y su vida cotidiana. Es como si existieran en dos mundos independientes que no se influyen mutuamente. Me recuerdan a un maestro que conocí cuando iba a la escuela en Tíbet: sabía explicar las reglas de la gramática tibetana con gran brillantez, pero apenas era capaz de escribir una frase correcta.

¿Cómo, entonces, podemos lograr esta integración, esta fusión de la vida cotidiana con el humor sereno y el espacioso desprendimiento de la meditación? No hay nada que pueda sustituir la práctica cotidiana, pues sólo mediante la verdadera práctica empezaremos a saborear ininterrumpidamente la calma de nuestra naturaleza de la mente y seremos capaces así de continuar la experiencia en nuestra vida diaria.

Siempre les digo a mis alumnos que no salgan de la meditación demasiado deprisa. Deje un periodo de unos cuantos minutos para que la calma de la meditación impregne su vida. Como decía mi maestro Dudjom Rimpoché: «No te levantes de un salto para salir corriendo; mezcla tu presencia mental con la vida cotidiana. Sé cómo un hombre que se ha fracturado el cráneo, siempre vigilante por si alguien lo toca».

Luego, después de la meditación, es importante no ceder a la tendencia que tenemos de solidificar nuestra manera de percibir las cosas. Cuando regrese a la vida cotidiana, deje que la sabiduría, la visión, la compasión, el humor, la fluidez, la espaciosidad y el desprendimiento obtenidos en la meditación se infiltren en su experiencia diaria. La meditación nos despierta la percepción de la naturaleza ilusoria de todas las cosas; mantenga esa conciencia incluso en pleno samsara. Un gran maestro ha dicho: «Después de la práctica de la meditación, uno debería convertirse en hijo de la ilusión».

Dudjom Rimpoché aconsejaba: «En cierto sentido, todo es ilusorio y comparable a un sueño, pero, aun así, uno sigue haciendo cosas con buen humor. Si, por ejemplo, vas caminando, camina alegremente hacia el espacio abierto de la verdad, sin solemnidad ni timidez innecesarias. Cuando estés sentado, sé la fortaleza de la verdad. Al comer, alimenta con tus negatividades e ilusiones el vientre de la vacuidad, disolviéndolas en el espacio que lo abarca todo. Y cuando vayas al retrete, piensa que desechas y expulsas todos tus obscurecimientos y bloqueos».

Así pues, lo verdaderamente importante no es sólo la práctica de sentarse, sino mucho más el estado mental en que uno se encuentra después de la meditación. Es ese estado mental sereno y centrado el que debemos prolongar en todo lo que hacemos. Me gusta aquel relato zen en que el discípulo le pregunta al maestro:

—Maestro, ¿cómo se lleva la iluminación a la acción? ¿Cómo se practica en la vida cotidiana?

—Comiendo y durmiendo —responde el maestro.

—Pero, maestro, todo el mundo come y todo el mundo duerme.

—Pero no todos comen cuando comen ni todos duermen cuando duermen.

De aquí proviene el famoso proverbio zen: «Cuando como, como; cuando duermo, duermo».

Comer cuando se come y dormir cuando se duerme significa estar completamente presente en todos los actos, sin que ninguna de las distracciones del ego le impida estar ahí. Eso es integración. Y si de veras quiere conseguirlo, lo que ha de hacer no es simplemente practicar a modo de terapia o medicina ocasional, sino como si se tratara de su alimento diario. Por eso una manera excelente de cultivar ese poder de integración es la de practicar en un ambiente retirado, lejos de las tensiones de la vida urbana moderna.

Con demasiada frecuencia las personas van a la meditación con la esperanza de obtener resultados extraordinarios, como visiones, luces o algún milagro sobrenatural. Y cuando eso no se produce, quedan muy decepcionadas. Pero el auténtico milagro de la meditación es mucho más ordinario y mucho más útil. Es una transformación sutil, y esa transformación ocurre no sólo en la mente y las emociones, sino también en el cuerpo. Es una transformación muy curativa. Los médicos y los científicos han descubierto que cuando uno está de buen humor, hasta las células de su organismo están más alegres, y cuando su mente está en un estado más negativo, las células pueden volverse malignas. Todo nuestro estado de salud tiene mucho que ver con nuestro estado mental y nuestra forma de ser.

LA INSPIRACIÓN

He dicho antes que la meditación es el camino hacia la Iluminación y la mayor empresa de esta vida. Cuando les hablo a mis alumnos sobre la meditación, siempre insisto en la necesidad de practicarla con resuelta disciplina e indivisa devoción; al mismo tiempo, también les digo lo importante que es practicarla de la manera más inspirada y creativa posible. En cierto modo, la meditación es un arte, y hay que dedicarse a ella con el placer de un artista y fecundidad de invención.

Llegue a ser tan rico en recursos para inspirarse a entrar en su propia paz como lo es para actuar de forma neurótica y competitiva en el mundo. Existen muchas maneras de hacer la meditación lo más gozosa posible. Puede buscar la música que más le exalte y utilizarla para abrir su mente y su corazón. Del mismo modo, puede coleccionar composiciones poéticas y citas o versículos de las enseñanzas que a lo largo de los años le hayan conmovido y tenerlas siempre a mano para elevar su espíritu. A mí siempre me han gustado mucho las pinturas thangka tibetanas, y su belleza me proporciona fuerzas. Puede buscar reproducciones de pinturas que induzcan en usted el sentido de lo sagrado y colgarlas en las paredes de su habitación. Escuche cintas de enseñanzas de algún gran maestro, o música sacra. Con una flor, una varilla de incienso, una vela, una fotografía de un maestro iluminado o una estatua de una deidad o un buda, puede convertir el lugar donde medita en un sencillo paraíso. Puede transformar la habitación más corriente en un espacio íntimo y sagrado, en un lugar en el que cada día va al encuentro de su verdadero ser con toda la alegría y la ceremonia feliz de dos viejos amigos que se saludan.

Y si encuentra que no le resulta fácil meditar en su domicilio de la ciudad, sea creativo y salga a la naturaleza. La naturaleza es siempre una fuente infalible de inspiración. Para sosegar la mente vaya a dar un paseo por el parque al amanecer o contemple el rocío en una rosa de un jardín. Tiéndase en el césped y alce la mirada hacia el cielo, y deje expandir la mente en su espaciosidad. Deje que el cielo exterior despierte un cielo dentro de su mente. Párese junto a un arroyo y funda la mente con su fluir; hágase uno con su incesante rumor. Siéntese junto a una cascada y permita que su risa sanadora le purifique el espíritu. Pasee por una playa y reciba de pleno en la cara el dulce aire del mar. Celebre la belleza de la Luna y utilícela para sosegar su mente. Siéntese a orillas de un estanque o en un jardín y, respirando sosegadamente, deje que se haga el silencio en su mente mientras la Luna se alza lenta y majestuosa en la noche despejada.

Todo puede utilizarse como una invitación a la meditación: una sonrisa, una cara en el metro, la imagen de una pequeña flor que crece en una grieta de la acera, un hermoso corte de tela en el escaparate de una tienda, el modo en que el Sol ilumina las macetas de un alféizar. Esté atento a cualquier signo de belleza y gracia. Ofrezca todas las alegrías, esté despierto en todo momento a «las noticias que siempre llegan del silencio».
Poco a poco se convertirá en señor de su propia dicha, en farmacéutico de su propia alegría, con toda clase de remedios siempre a mano que lo eleven, lo animen, lo iluminen e inspiren todos sus actos, hasta su misma respiración. ¿Quién es un gran practicante espiritual? Una persona que vive siempre en presencia de su verdadero ser, una persona que ha encontrado y que utiliza constantemente los manantiales y fuentes de la profunda inspiración. Lewis Thompson, escritor británico moderno, escribió: «Cristo, poeta supremo, vivió la verdad tan apasionadamente que cada uno de sus gestos, a un tiempo Acto puro y Símbolo perfecto, encarna lo trascendente».                                                                    
Para encarnar lo trascendente es por lo que estamos aquí.