martes

LA UNICA COSA QUE IMPORTA de EMMET FOX

 






La cosa más importante que se puede poseer es la Paz Mental. No existe, absolutamente, nada más en el mundo que se compare en valor con eso. Ninguna otra cosa que la vida pueda ofrecer es tan importante, y sin embargo parece ser la última cosa por la que mucha gente trabaja. Ellos se empeñan material y espiritualmente por cualquier cosa que haya bajo el sol, mientras que si lo consiguieran todo y aún les faltase Paz Mental, serían miserables. Si alguien viniera a ti con un billón de dólares en una mano, y la paz Mental, en la otra, si agarraras el billón de dólares, serías la persona más estúpida sobre la tierra.



La Paz Mental incluye todas las otras cosas buenas, si posees esto, no importa dónde te encuentres, o cuáles puedan ser las condiciones de tu medio ambiente, todo iría bien. Aún si la imagen exterior fuese desagradable, ésta no te causaría ninguna aflicción si tuvieras Paz Mental, y muy pronto aquella imagen, inevitablemente, cambiaría a algo mejor.



La Paz Mental es positivamente el más preciado de todos los dones de Dios. Ora por esto y el resto vendrá por sí solo. "Mi paz os dejo, mi paz os doy", dijo Jesús, implicando que éste era el bien más elevado que Él tenía para damos. Y verdaderamente, la Paz Mental es la única cosa que importa.




💗













domingo

La Mirada Consciente … El lenguaje silencioso del alma

 



Dicen que los ojos no mienten… y no es una metáfora. Son los testigos silenciosos de nuestra historia interna y los portales vivos hacia nuestra dimensión espiritual. En el campo de la Psicología Transpersonal, donde la ciencia se abraza con la sabiduría espiritual, la mirada se convierte en una herramienta sagrada para explorar las zonas ocultas del ser.


Los ojos no solo muestran si estamos tristes, alegres o asustados. Son la danza entre el cuerpo, la mente y el alma. Reflejan lo que sentimos… y más allá, lo que no nos atrevemos a decir. Pero también revelan un movimiento sutil: ese vaivén constante que conecta nuestro mundo interior con lo que ocurre fuera. La mirada es el punto exacto donde el alma toca lo visible.


“Los ojos son la ventana del alma”, reza una antigua sabiduría. Y también son la puerta de entrada del alma al mundo. A través de ellos, proyectamos lo que somos y absorbemos lo que nos rodea.






Los ojos no solo ven: expresan lo invisible


Los ojos son más que simples receptores de luz. Son los mensajeros silenciosos del alma, capaces de expresar lo que la voz calla y lo que el corazón no siempre se atreve a revelar. En el enfoque de la psicología transpersonal, los ojos son considerados puentes entre el ser interno y el mundo externo, canales sutiles donde lo emocional, lo mental y lo espiritual se entrelazan en un solo lenguaje: la mirada.


Una persona puede decir “estoy bien”, pero si sus ojos titubean, si se desvían o se apagan, la verdad interna emerge sin necesidad de las palabras. Y es que la mirada no se puede ensayar ni forzar. Los ojos miran, pero también muestran. Observan, pero también se delatan. En cada parpadeo, en cada brillo o sombra, en cada mirada sostenida o esquiva, hay un universo emocional esperando ser reconocido. Nace desde dentro. Habla desde la autenticidad.


¿Alguna vez sentiste que alguien te desnudó el alma solo con una mirada?… Esa sensación intensa, profunda y a veces desconcertante, no es un invento romántico: es la intuición conectando con un código ancestral. Es tu campo energético siendo leído. Es un alma reconociendo a otra. Es ahí cuando comprendes que los ojos no solo ven el mundo… lo sienten, lo traducen y lo revelan.


El lenguaje oculto de los movimientos oculares


Los ojos comunican incluso sin que nos demos cuenta. Cada movimiento ocular que realizamos al pensar, recordar o sentir, activa diferentes áreas del cerebro y revela aspectos profundos de nuestro mundo interior. Este fenómeno, respaldado por la neurofisiología y utilizado en enfoques como la Programación Neurolingüística (PNL) y la Psicología Transpersonal, se convierte en una brújula emocional y mental sorprendentemente precisa.


A través de esta lectura silenciosa, los ojos revelan lo que la mente intenta ocultar. Cada dirección tiene un significado. Cada desvío, una verdad. Cada sutil movimiento, una historia.



¿Qué nos dicen los ojos según hacia dónde se mueven?


  • Hacia arriba y a la derecha: Se están creando imágenes. Es el territorio de la imaginación visual. Puede indicar creatividad, fantasía o, en ciertos contextos, construcción de una mentira.

  • Hacia arriba y a la izquierda: Memoria visual activada. El cerebro está recordando imágenes ya vividas. Aquí se anclan los recuerdos auténticos que se reviven con la mente.

  • Hacia los lados (horizontalmente): El enfoque se mueve hacia el campo auditivo. El pensamiento está trabajando con sonidos, voces, melodías o frases escuchadas. Es frecuente en personas con oído muy desarrollado o que procesan desde lo verbal.

  • Hacia abajo y a la derecha: Se activa el canal sinestésico: el de las emociones profundas, sensaciones físicas, tacto, placer o dolor. Aquí vive lo que sentimos en el cuerpo y muchas veces también lo que no hemos podido expresar emocionalmente.

  • Hacia abajo y a la izquierda: Es el momento del diálogo interno. La persona conversa consigo misma, evalúa, reflexiona, se juzga o se consuela. Es una mirada hacia el juicio interno, hacia la introspección.

La tristeza baja los ojos… y el alma también


Cuando una persona está sumida en la tristeza, la mirada se apaga, se esconde, cae hacia el suelo como si le pesara la vida. No es solo una postura corporal: es una expresión profunda del estado del alma. Lo que comúnmente llamamos “estar cabizbajo” es, en realidad, una señal silenciosa de que el espíritu se ha replegado hacia adentro.


El cuerpo habla lo que el alma siente. Y cuando el corazón duele, los ojos dejan de buscar el mundo exterior. Se retraen, se repliegan. Dejan de explorar, de conectar, de soñar. Porque la tristeza desconecta, aísla, encierra.


Cuando aprendes a leer este lenguaje invisible, comprendes que la verdad no siempre está en lo que se dice, sino en cómo se mueve la energía detrás de cada palabra.


La mirada, la consciencia y la presencia


Existe una forma de mirar que es a través de la presencia y es una de las formas silenciosas de amar. Una mirada fija, serena y consciente transmite más que mil palabras. Cuando alguien te mira de verdad —sin distracciones, sin huir, sin pretender— te está diciendo: “estoy aquí, contigo, ahora”. En la espiritualidad y en la psicología transpersonal, este tipo de contacto visual se considera una forma elevada de conexión, donde la energía se alinea y los corazones pueden reconocerse.


Evitar la mirada no es casualidad, es un mensaje. Cuando los ojos se escapan, se apartan o se agitan nerviosamente, están revelando un estado interno: miedo, vergüenza, evasión, desconfianza o simplemente ausencia. La presencia no puede fingirse, y los ojos lo saben. Por eso, mirar con atención a otro ser humano se ha convertido en un acto de valentía emocional… y de autenticidad espiritual.


La mirada es un portal al instante presente. Es una forma de anclarse al aquí y ahora sin necesidad de palabras, solo desde el silencio compartido. Mirar a alguien a los ojos, de forma sostenida y consciente, es abrir el alma a lo que es, sin juicio ni defensa. Es una entrega sutil pero profunda, un espacio donde el tiempo se detiene y solo queda el ser.






La conexión con el alma a través de los ojos


En muchas tradiciones espirituales —desde las culturas indígenas hasta el misticismo oriental— se cree que mirar profundamente a los ojos de otro ser humano es una forma de ver el alma, no solo del otro, sino también la propia. Es un espejo sagrado donde la esencia se manifiesta sin máscaras.


Cuando dos miradas se encuentran con autenticidad, nace una conexión que trasciende lo físico. No se trata solo de ver un rostro, sino de sentir una presencia… la presencia de la otra persona. En ese instante silencioso, cargado de energía, se disuelven las defensas y aparece la verdad desnuda: esa parte esencial que no necesita defenderse ni aparentar. Mirar profundamente es un acto de amor, de confianza y de reconocimiento mutuo.


A través de la mirada, se despierta la empatía más pura, esa que no se razona, sino que se siente. Mirar con el alma activa la compasión, nos recuerda que todos llevamos heridas, sueños y anhelos. Nos iguala. Nos humaniza. Nos une. Y cuando eso ocurre, incluso en un breve cruce de ojos, se enciende algo eterno.


Cada vez que elegimos mirar con el corazón abierto, algo en ti también se transforma. Porque no solo ves al otro, te ves reflejado en él. Sus emociones despiertan las tuyas, sus dolores te hablan de los tuyos, y su luz te recuerda tu propia capacidad de brillar. Por eso, mirar con el alma es uno de los actos espirituales más poderosos que existen: porque despierta la divinidad compartida que habita en todos nosotros.


Ejercicio espiritual: ¿Cómo llevas tu mirada por la vida?


La forma en que miras —y lo que eliges mirar o evitar— habla profundamente de tu estado interior. Este ejercicio te invita a observarte con honestidad, sin juicio, como quien se sienta frente a un espejo silencioso que solo refleja la verdad.


Hazlo en un espacio tranquilo, con papel y lápiz si lo deseas. Si puedes, mírate al espejo mientras lo realizas.


1. ¿A dónde suelen ir tus ojos cuando hablas con los demás?

  • ¿Evitas el contacto visual?…
  • ¿Te cuesta sostener una mirada por mucho tiempo?…
  • ¿Te distraes con facilidad y miras a los lados?…
  • ¿Miras al suelo, como si temieras ser visto?…

Análisis:


Si evitas mirar, puede haber miedo al juicio o dificultad para abrirte.

Si sostienes la mirada con rigidez, quizá haya una necesidad inconsciente de control o autoprotección.

Y si tu mirada es suave pero firme, estás permitiendo la conexión desde un lugar de autenticidad.


2. ¿Con qué energía miras el mundo?

  • ¿Tu mirada es crítica, defensiva, curiosa, amable, neutra?…
  • ¿Te detienes a observar los detalles o pasas todo por alto?…
  • ¿Miras para comprender o para controlar?…

Análisis:


Una mirada crítica puede revelar exigencia interna.

Una mirada curiosa y abierta indica disposición a aprender y fluir.

Si no observas nada, quizá vives desconectado del presente.


3. ¿Cómo es tu relación con tu propia mirada?


  • ¿Puedes sostener tu mirada frente al espejo sin incomodarte?…
  • ¿Qué ves cuando te miras?…
  • ¿Qué emoción aparece cuando te observas con detenimiento?…

Análisis:


Si te cuesta mirarte, puede haber rechazo o falta de reconciliación con alguna parte de ti.

Si te emocionas, probablemente estés entrando en contacto con algo profundo que merece ser escuchado.

Y si te miras con amor, estás despertando compasión por tu propio camino.


4. ¿Te permites mirar con el alma?


  • ¿Te das permiso de mirar a otros con ternura, sin juicio?…
  • ¿Cuándo fue la última vez que miraste a alguien a los ojos y sentiste que lo comprendías sin hablar?…
  • ¿Te atreves a mirar más allá de las apariencias?…

Análisis:


Mirar con el alma es dejar que tu ser interior tome el control de tus ojos.

Es una práctica de presencia, compasión y escucha profunda.

Quien mira con el alma, aprende a ver más allá de lo visible… y comienza a sanar.


Tu mirada es el reflejo de tu consciencia. No necesitas cambiarla a la fuerza, solo observarla. Porque en esa observación empieza la transformación. Cuando llevas tu mirada con más presencia, con más suavidad y más verdad, todo tu ser empieza a caminar desde un lugar más despierto, más humano y más sagrado.



No se trata de mirar a todos, sino de mirar con verdad


Este camino no se trata de mirar a todo el mundo a los ojos como si fuera una obligación. La mirada consciente no es una técnica impuesta, ni una herramienta para controlar o forzar conexiones. Es, ante todo, una expresión auténtica de tu estado interno. Por eso, no todos los encuentros requieren ser sostenidos con la mirada… y no todas las miradas son espacios seguros para abrir el alma.


Mirar con presencia es un acto sagrado, pero también vulnerable. Implica estar disponible, emocional y energéticamente. Hay momentos donde mirar profundamente puede sanar… y otros donde mirar puede invadir. El verdadero arte está en sentir cuándo abrir la mirada y cuándo recogerla con compasión. Es un equilibrio entre respeto por el otro y fidelidad a tu sentir.


Escucha tu intuición. Si en un momento sientes que no puedes mirar, que no estás listo, o que el otro no puede sostener esa energía: no lo fuerces. La mirada verdadera no se impone, se ofrece. Y cuando se ofrece desde el corazón, aunque sea por un segundo, es más transformadora que mil palabras.


Conclusión: La mirada como camino de regreso al ser


Al observar cómo llevamos la mirada, descubrimos cómo nos relacionamos con la vida, con los demás y con nosotros mismos. La forma en que miramos es el reflejo directo de nuestra consciencia: si está presente o ausente, abierta o temerosa, amorosa o distante.


Este análisis no busca juzgar, sino revelar. Porque solo cuando vemos con claridad lo que hay, podemos transformarlo. Aprender a mirar con el alma es aprender a vivir con el alma. Significa habitar el instante, reconocer al otro como un espejo sagrado y recordarnos a nosotros mismos que la verdad no se grita: se refleja en los ojos.


Así, cada vez que eliges mirar con presencia, ternura y verdad, no solo estás viendo: estás sanando. Estás volviendo a casa, a ese espacio interno donde la consciencia, el amor y la autenticidad se encuentran.


Y en ese instante, tu mirada ya no observa el mundo… lo honra.



💗




Extraído https://www.shurya.com/los-ojos-son-las-ventanas-del-alma/









martes

EL PODER DE LA INTENCIÓN de DEEPAK CHOPRA







El propósito de la espiritualidad es aprender a cooperar con Dios, aunque la mayoría de nosotros hemos sido educados para hacer lo contrario. Nuestras habilidades y capacidades son fruto de la primera atención y no de la segunda. Como resultado de ello, nuestros problemas tienden a centrarse en las fases más bajas, en las que el miedo y la necesidad pasan factura, por mucho que lo neguemos. En estas primeras fases el ego hace valer sus necesidades con una gran fuerza, y el dinero, la seguridad, el sexo y el poder hacen sus grandes proposiciones a cada uno de los miembros de la sociedad. Es importante que nos demos cuenta de que Dios no nos juzga por estas cosas; cuando las personas tienen la sensación de que deben su éxito a Dios, tienen razón. Cuando las malas acciones quedan sin castigo y se ignoran las obras de Dios, éste sonríe. Sólo hay una realidad, que es espiritual; no hay nada fuera de la mente de Dios, y con cada uno de nuestros pensamientos bebemos de la fuente de la creatividad y la inteligencia.


¿Qué es, pues, lo que hace que la vida sea espiritual?


La diferencia es enteramente de intención. Al principio de este libro dije que podríamos seguir a dos personas con una cámara desde su nacimiento hasta su muerte, y no veríamos ningún signo externo que nos mostrara cuál es la que cree en Dios. Este hecho sigue siendo cierto, y a menos que estemos reclusos o ingresemos en un monasterio, nuestro papel social es irrelevante en relación con lo espirituales que seamos, porque todo depende de la intención. Si una persona utiliza palabras amables pero se propone hacernos un desprecio, es la intención lo que cuenta y el regalo más caro no puede sustituir la falta de amor. Todos nosotros sabemos instintivamente cuándo las intenciones vienen de un lugar honesto o de otro decepcionante.


En la vida espiritual, la intención contiene deseo y finalidad, aspiración y una alta visión. Si dirigimos nuestras intenciones hacia Dios, el espíritu crece, y si dirigimos nuestra intención hacia la existencia material, es eso lo que crecerá en su lugar. Una vez que hemos plantado la semilla de una intención, el viaje de nuestra alma se desvela automáticamente. Veamos ahora cuáles son las intenciones básicas que marcan una vida espiritual, manifestadas en relación con lo que una persona desea lograr:



* Quiero sentir la presencia de Dios. Esta intención está arraigada en el malestar de estar aislado y separado. Cuando Dios está ausente, no podemos escapar al fundamental sentimiento de soledad. Podemos enmascararlo desarrollando amistades y lazos familiares, pero en definitiva cada uno de nosotros necesita sentir una plenitud y paz interiores. Queremos estar satisfechos con nosotros mismos, sin importar si estamos solos o en medio de una multitud.



* Quiero que Dios me ayude y me apoye. La presencia de Dios trae consigo las cualidades del espíritu. En su origen, todas las cualidades —amor, inteligencia, verdad, capacidad organizativa, creatividad— se hacen infinitas. El crecimiento de estos aspectos de nuestra vida es un signo de que nos estamos acercando más a nuestra alma.


* Quiero sentirme conectado al todo. El viaje del alma lleva a una persona desde un estado fragmentario a un estado de plenitud, y esto se experimenta estando más conectado. Los acontecimientos que transcurren a nuestro alrededor empiezan a tejerse en modelos y los pequeños detalles se adaptan entre sí en lugar de estar esparcidos de forma aleatoria.


* Quiero que mi vida tenga sentido. La existencia se siente vacía vivida de forma separada, y esto sólo se cura moviéndonos hacia la unidad con Dios. En lugar de volvernos hacia el exterior para encontrar nuestro objetivo, tenemos la sensación de que el mero hecho de estar aquí, tal y como somos, satisface el más elevado objetivo en la creación.


* Quiero estar libre de restricciones. La libertad interior está muy comprometida cuando hay miedo, y el miedo es un resultado natural de la separación. Cuando nos vamos acercando al alma, los antiguos límites y defensas empiezan a fundirse, y en lugar de ser cautelosos con el futuro, fluimos con el río de la vida, esperando el día en que no habrá límites de ningún tipo que nos retengan.


Si estas intenciones básicas están presentes en nuestro interior, Dios se hace cargo de la responsabilidad de llevárselas. Cualquier otra cosa que hagamos es secundaria. Una persona que esté atenazada por el miedo, por ejemplo, no puede ir más allá de la fase uno, a pesar de sus buenas acciones, de tener una vida doméstica segura y de pensar de forma positiva. Todos nosotros procuramos enmascarar nuestras limitaciones con falsas actitudes, porque es inherente a la naturaleza humana el intentar aparentar que somos mejores de lo que somos en realidad, especialmente ante nuestros propios ojos. Pero una vez que hemos establecido nuestra dirección de forma correcta, la autodecepción deja de tener importancia. Tendremos, no obstante, que enfrentarnos todavía a las necesidades de nuestro ego y continuaremos dando forma práctica a nuestros dramas personales. Esta actividad tiene lugar en la fase de la primera atención; entre bastidores, el espíritu tiene sus propios dispositivos y nuestras intenciones son como un anteproyecto entregado a Dios, que él concluye a su manera. Algunas veces utiliza un milagro; otras sólo se ocupa de que no perdamos el avión, pero el hecho de que pueda suceder cualquier cosa es lo bello y lo sorprendente de la vida espiritual.


Curiosamente, las personas que se sienten extremadamente poderosas y afortunadas ven a menudo las peores intenciones en el movimiento, por lo que a su crecimiento espiritual se refiere.


Veamos algunas intenciones típicas que no tienen nada que ver con encontrar a Dios:


Quiero ganar.


Quiero probarme a mí mismo asumiendo riesgos.


Quiero tener poder sobre los demás.


Quiero ser yo quien haga las normas.


Quiero tener el control.


Quiero hacerlo todo a mi manera.



Estas intenciones deberían sernos familiares porque están repetidas hasta la saciedad en la imaginería popular, la publicidad y los medios de comunicación, los cuales se centran en las necesidades del ego. Mientras nuestras intenciones sean fruto de este nivel, nuestra vida seguirá estos ejemplos. Éste es el sino de vivir en un universo que es un espejo, en el que nos encontramos con cientos de personas que se equivocan en sus propias intenciones porque sus egos se han hecho cargo por completo del control. Algunas de las figuras más poderosas en el mundo son muy cándidas espiritualmente. Si se dejan las intenciones para el ego se pueden lograr grandes cosas, pero aún son minúsculas comparadas con lo que puede conseguirse con la inteligencia infinita y organizando la fuerza que está a nuestra disposición.


Como Dios se halla del lado de la abundancia, es una desgracia que la vida espiritual se haya ganado la reputación de ser pobre, reclusiva y ascética. Dios es también favorable a aumentar la felicidad, sin embargo, la sombra del martirio ha caído sobre la espiritualidad con resultados calamitosos. En general, ser espiritual en estos tiempos, y mucho más que en el pasado, significa ir por libre, y en una sociedad con concepciones erróneas de Dios y sin tradición de maestros, somos responsables de fijarnos nuestras propias intenciones.


Veamos las normas básicas que para mí personalmente se han mostrado efectivas y que pienso que podrán ir bien a muchas personas:


1. Conoce tus intenciones. Repasemos la anterior lista de intenciones espirituales y asegurémonos de que entendemos lo importantes que son. Nuestro destino es movernos en la dirección de nuestra alma, pero el combustible que hace moverse al destino es la intención. Procuremos nosotros mismos que el espacio de separación se vaya cerrando un poco más cada día y no dejemos que nuestras falsas intenciones sigan enmascaradas; debemos desarraigarlas y trabajar para anular la cólera y el miedo que nos mantienen atados a ellas. Las falsas intenciones toman la forma de deseos culpables: quiero que tal persona fracase, quiero resarcirme de algo, quiero ver castigadas a las malas personas, quiero llevarme algo que no me pertenece. Las falsas intenciones pueden ser elusivas y nos daremos cuenta de su existencia por la sensación que sentiremos al estar conectados con ellas, una sensación de miedo, codicia, rabia, desesperanza y debilidad. Sintamos primero la sensación, rechacemos el aprovisionarnos en ella y luego sigamos alerta hasta que encontremos la intención que se esconde debajo.


2. Pongamos nuestras intenciones a un nivel muy alto. Pongámonos por meta ser santos o hacer milagros, ¿Por qué no? Las leyes de la naturaleza sirven para todo el mundo. Si sabemos que la meta del crecimiento interior es adquirir la maestría, pidamos entonces esta maestría tan pronto como sea posible, y una vez que la tengamos, no nos esforcemos en hacer maravillas, pero tampoco nos neguemos el hacerlas. El principio de la maestría es la visión, miremos los milagros que se producen a nuestro alrededor y con esto haremos más fácil que se produzcan los grandes milagros.


3. Veámonos nosotros mismos en la luz. El ego sigue arrastrándonos y haciéndonos sentir necesitados y sin fuerza. De este sentimiento de carencia nace la avidez enorme de adquirir todo lo que tenemos a la vista: dinero, poder, sexo y placer, creyendo que colmarán nuestro vacío, pero no lo hacen. Podemos escapar a esta ilusión si nos vemos a nosotros mismos no como si estuviéramos en la sombra luchando por acercarnos a Dios, sino como si estuviéramos en la luz desde el primer momento. La única diferencia entre nosotros y un santo es que nuestra luz es pequeña y la de un santo es grande. Esta diferencia palidece en comparación con la similitud, que es que el santo y nosotros somos de la luz. La ironía de las experiencias de muerte aparente es que, cuando las personas vuelven de ella, refieren lo arrebatadamente que se sintieron bañados por una luz cegadora, y pasan por alto que la luz estaba allí desde el principio y que es el ego.


4. Ver a todos los demás en la luz. La forma más ordinaria de sentirnos bien nosotros mismos es sintiéndonos superiores a los demás. De esta oscura semilla nace todo tipo de juicios, por lo que es vital no emitir juicios sobre los demás. Para plantar esta semilla, tenemos que procurar no dividir a los demás en categorías de buenos y malos, ya que todos vivimos en la misma luz. Para entender esto, una simple fórmula bastará: cuando estemos tentados de juzgar a otra persona, sin importar si es evidente que lo merezca o no, recordémonos a nosotros mismos que todos hacemos las cosas lo mejor que podemos desde nuestro propio nivel de consciencia.


5. Reforzar cada día nuestras intenciones. Vistos desde la superficie, los obstáculos que surgen contra el espíritu son enormes, porque la vida diaria es como un caos arremolinado y el ego se atrinchera en sus pretensiones. No podemos fiarnos de una buena intención para seguir hacia adelante, hace falta una disciplina que nos recuerde día tras día nuestra propia meta espiritual. A algunas personas les va bien anotar sus intenciones; a otras les ayuda dedicar tiempo a la meditación y la plegaria. No va bien ir repitiéndonos nuestras intenciones sobre la marcha. Debemos encontrar nuestro punto de equilibrio, mirarnos atentamente a nosotros mismos y no dejar salir nuestras intenciones hasta que estén centradas en nuestro interior.


6. Aprendamos a perdonarnos a nosotros mismos. El ego tiene una forma de cooptar al espíritu y 
pretender que todo va bien. Por ello todos nosotros caemos en las trampas del egoísmo y del engaño cuando menos lo esperamos, como con el comentario ocasional que hiere a alguien, con la mentira descuidada o con la necesidad irresistible de engañar, que son todo cosas universales. Perdonémonos a nosotros mismos por estar donde estamos. Ser honestamente una criatura de la fase dos, movida por la ambición y obsesionada por la culpabilidad, es más espiritual que pretender ser un santo. Apliquémonos a nosotros mismos la misma medida que a los demás: estamos haciendo las cosas lo mejor que podemos desde nuestro propio nivel de consciencia. Aquí querría recordar la definición que dio un maestro del discípulo perfecto: «Es aquel que está siempre tropezando pero nunca cae.»


7. Aprendamos a dejar ir. La paradoja de ser espiritual es que siempre estamos equivocados y tenemos razón al mismo tiempo. Tenemos razón en intentar conocer a Dios de todas las maneras que podamos, pero estamos equivocados al pensar que las cosas no cambiarán mañana, porque la vida es cambio, y debemos estar preparados para dejar ir nuestras creencias, pensamientos y acciones actuales sin importar lo espirituales que nos hagan sentir, porque cada fase del crecimiento interior es una buena vida y cada una está alimentada por Dios. Sólo nuestra segunda atención sabrá cuándo es el momento de dar un paso hacia adelante y cuando lo sepamos, no debemos dudar en dejar ir el pasado.


8. Reverenciemos las cosas sagradas. Nuestra sociedad nos enseña a ser escépticos para con lo sagrado y la actitud normal frente a los milagros es de una confusa cautela, porque pocas personas dedican tiempo a ahondar en la gran riqueza de las Escrituras. Pero todos los santos son nuestro futuro y todos los maestros se giran para mirarnos esperando que les sigamos. Los representantes humanos de Dios constituyen un tesoro infinito y sumergirnos en él nos ayudará a abrir nuestro corazón. En el momento en que nuestra alma quiera florecer, las palabras de un santo o de un sabio pueden ser el fertilizante más adecuado.


9. Dejemos que Dios tome el control. Una vez que todo está dicho y hecho, o bien el espíritu tiene poder o no lo tiene, y si sólo hay una realidad, nada de lo que está en el mundo material permanece fuera de Dios. Esto significa que si queremos alguna cosa, el espíritu nos la dará. Decidir cuál es la parte que tenemos que hacer nosotros y qué parte hará Dios es delicado porque cambia de una fase a la otra. Tenemos que conocernos a nosotros mismos en este aspecto porque nadie nos dirá qué es lo que tenemos que hacer. La mayoría de las personas son adictas a las preocupaciones, al control, al exceso de manejos y a la falta de fe. En el día a día resistamos las tentaciones a seguir estas tendencias y no escuchemos las voces que nos dicen que tenemos que mandar, que las cosas no van a resolverse, que una vigilancia constante es la única forma de hacer que algo se haga. Esta voz tiene razón porque la escuchamos demasiado, pero dejará de tenerla si dejamos que el espíritu pruebe una nueva forma de ver las cosas; tengamos la voluntad de experimentar porque nuestra intención es la herramienta más poderosa de que disponemos. Propongámonos que todo va a resolverse como debiera y luego dejémoslo ir; veremos que si las señales vienen por sí solas, dejemos que las oportunidades vengan con nosotros. Lo profundo de nuestra inteligencia sabe mucho mejor que nosotros mismos qué es lo mejor para nosotros. Pongamos, pues, atención a si esta voz nos habla, porque quizá el resultado que estamos intentando forzar no es en el fondo tan bueno para nosotros como el resultado que viene por sí solo de forma natural. Si cada día dedicáramos a Dios un uno por ciento de nuestra vida, al cabo de tres meses seríamos la persona más iluminada del mundo. No olvidemos esto y renunciemos cada día a algo, a cualquier cosa.


10. Aceptemos lo desconocido. No somos quienes pensamos ser. Desde el nacimiento, nuestra identidad ha dependido de una experiencia muy limitada; con el paso de los años, hemos determinado nuestras preferencias y aversiones y hemos aprendido a aceptar ciertos límites; la multitud de objetos adquiridos con el tiempo sirve para darnos una frágil sensación de realización. Pero nada de esto es nuestro yo real y, sin embargo, nadie puede sustituir de forma instantánea lo real por lo falso porque hay que pasar un proceso de descubrimiento. Tenemos que dejar que la parte desenvuelta del alma se sitúe de acuerdo con su propio ritmo y a su aire, porque es doloroso ir deshojando tantas capas de ilusión. En general, nuestra actitud debe ser que nos está esperando lo desconocido, que no tiene nada que ver con el «yo» que ya 
conocemos. Algunas personas no llegan al filo de la ilusión hasta el momento de su muerte y luego, con una larga mirada hacia atrás, la vida les parece increíblemente corta y pasajera.


Hacia 1890, un jefe indio pie negro llamado Isapwo Muksika Crowfoot murmuró estas palabras al oído de un padre misionero cuando estaba a punto de morir:


¿Qué es la vida?


Es el destello de una luciérnaga por la noche,


es el aliento de un búfalo en invierno,


es la pequeña sombra que va pasando por la hierba,


y se pierde en el ocaso.


La parte de nosotros que ya conocemos es la que lo envía todo hacia afuera en un parpadeo demasiado rápido, pero es mucho mejor sujetar este tiempo y hacernos intemporales y cuando sintamos un nuevo impulso, un pensamiento edificante, una percepción sobre la que nunca habíamos actuado anteriormente, entonces aceptemos lo desconocido y cuidémoslo tan tiernamente como a un niño recién nacido, porque lo desconocido es la única cosa que se preocupa verdaderamente por el destino de nuestra alma y, por lo tanto, sería bueno reverenciarlo del mismo modo que lo hacemos con las cosas sagradas. Dios vive en lo desconocido y cuando podamos aceptar esto plenamente, ya no necesitaremos de otro hogar que él.















sábado

FE, ESPERANZA Y OPTIMISMO

 








El optimismo implica mucho más que buen humor. El verdadero optimismo precisa fortaleza y valor en grandes cantidades. No es algo para los débiles o los temerosos. No es fácil mirar con franqueza el estado ridículo, insensato, de la condición humana sin dejar de ver la luz de posibilidades y soluciones.


Mucho más fácil es ser pesimista; tanto es el apoyo que existe para mantener un estado constante de pensamiento negativo. En esencia, los optimistas nadan corriente arriba, pero consideran que vale la pena hacerlo pues lo que verdaderamente se opone al optimismo no es tan sólo el pesimismo: es la desesperanza, la duda y la depresión. El optimismo se rehúsa a aceptar la desesperanza y la duda. El optimismo nos guía de manera natural y espontánea hacia la consecución de los objetivos superiores y el mantenimiento de los valores superiores.


Cada nuevo día nos enfrenta a polaridades mayores sobre la tierra. Muchas son las personas que buscan el poder superior en sus vidas, y el mundo está vivo con la luz centellante de la verdad pero al mismo tiempo la oscuridad es cada vez más oscura. La luz es poderosa y los Ángeles nos acompañan durante todo el camino, nos alientan, nos iluminan la mente con la luz del día. No es necesario aceptar estadísticas funestas; los que logran algo a pesar de todas las dificultades no son pesimistas, sino optimistas. Es posible que alguna vez los optimistas tengan que transitar por un camino irregular, pero nadie tiene por qué aceptar las críticas negativas ni las estadísticas funestas ofrecidas por los pesimistas.


La esperanza es el ingrediente principal para llegar a ser optimista, es un sentimiento de confianza y presunción de que todo saldrá bien. No existe nada que se llame falsa esperanza. Si tenemos cierta esperanza y se nos cruzan los pesimistas que nos dicen que no, pidámosles que se guarden para ellos los pensamientos negativos. En los momentos más extremos de la vida sería conveniente tener una ley que impidiera que a las personas positivas se les hicieran comentarios negativos. Muchas veces un comentario puede ser peor que un puñetazo en pleno rostro.


Todos tenemos el derecho de esperar y crear un clima mental positivo, lo que a su vez genera resultados positivos; y este derecho tendría que ser protegido. También tendríamos que estar protegidos contra los médicos que disfrutan de jugar a Dios diciéndoles a los pacientes enfermos cuánto tiempo tienen que vivir.


Alguien que quiera debatir podrá decir que la esperanza significa no vivir el momento, por lo que algo de malo tiene que haber respecto de la esperanza. Vivir el momento verdaderamente a cada instante es algo que sucede en nuestro interior; básicamente significa permanecer despiertos y alertas. El hecho de permanecer despiertos y alertas no tiene por qué generar dolor, y es por eso que existe la esperanza. Realmente me sorprendería encontrar a una persona feliz y positiva que en su interior no valorará la esencia de la esperanza.


Si practicáramos ofrecer esperanzas a cada persona que conociéramos, y si a su vez ellas nos la ofrecieran, la esperanza reinaría y el día del juicio final nunca llegaría. Dado que esta utopía no es la realidad, tenemos que crearla en la imaginación, y podemos hacerlo invocando la fe. La esperanza y la fe existen juntas sinérgicamente.


La esperanza y la fe son dones de Dios, o de nuestro poder superior. Para que la fe trabaje en nuestra vida como un acelerador angélico, debemos reconocer el hecho de que no existe en forma pura, a menos que en el corazón nos formemos la profunda convicción de que Dios es una presencia real en nuestra vida, la luz que nos guía por el camino. Para tener una verdadera fe debemos reconocer un poder superior en la vida, en el corazón, en el alma y en la mente. La práctica de la fe fortalece las relaciones personales con este poder superior. Entonces, ¿Dónde encontramos a Dios? Exactamente aquí y ahora; la tierra que pisamos es tierra sagrada.


Cuando la realidad que vivimos es “fe en Dios, en Dios confiamos”, el temor no existe. Si realmente tenemos confianza y fe en Dios no hay motivos para temer a nadie ni a nada en esta vida. El temor es un poder fuerte, pero la fe es mucho más fuerte. Un viejo dicho reza así: “El temor golpeó a la puerta. La fe respondió. No había nadie”.


Otro esquema negativo que no puede operar en presencia de la fe es la preocupación excesiva. La preocupación es un tormento; genera dudas y ansiedades para autosustentarse, lo que a su vez aleja al preocupado del optimismo, la esperanza y la fe.


La fe está compuesta por Ángeles. Cuando declaramos la fe, se forma un paso de Ángeles que desde nuestro ser pasa por las puertas del cielo y llega a Dios. La fe es una convicción interior que nos lleva más allá de la creencia, hasta un estado de unicidad con la confianza afectuosa. La fe es energía positiva focalizada sobre un deseo o una creencia que queremos que se realice; es energía muy poderosa en estado bruto. Se torna más brillante por medio de la acción correcta, y pierde su esplendor con la inercia.


Cuando declaramos nuestra fe, para que siga funcionando debemos convertirla en nosotros mismos; es decir, tenemos que ser uno con la fe para no pensar en ella sino dejar que nos guíe. Las acciones y prácticas que realicemos generarán los resultados deseados cuando lleguemos a unirnos con la fe. Los Ángeles siempre están con nosotros para proteger el pensamiento positivo y la fe. Entonces, si perdemos parte de nuestra fe, podemos pedirle más a los Ángeles y a Dios.


A veces puede suceder que el hecho de tener fe en una situación en particular no tenga sentido para nosotros. En otras palabras, podemos tratar de excusar a los Ángeles imaginando que ellos no pueden ayudarnos en determinada situación. De esta manera, generamos dudas y cancelamos la fe. Los Ángeles son muy listos cuando un ser humano necesita ayuda. Puede suceder que los Ángeles aparezcan con forma humana para proteger a personas que ni siquiera los ven, pero sí los ven otros seres humanos que puedan tener malas intenciones para con ellas.


Tengamos fe, puesto que los Ángeles pueden distraer o cambiar la percepción de otros que tengan intenciones de perjudicarnos. Entonces, incluso aunque con la imaginación no logremos encontrar la forma para recibir la ayuda de los Ángeles, no los limitemos; dejemos que ellos hagan lo suyo y tengamos fe: estamos protegidos. Y siempre recordaremos solicitar ayuda, no importa cuál sea el estado de nuestra fe.


Quizás resulte difícil (aunque no imposible) que una persona demasiado cómoda (no inclinada a colocarse en situaciones peligrosas) practique la verdadera fe. Aquellos que están “en problemas” desarrollan una fe muy profunda puesto que les resulta necesaria para sobrevivir. La ironía de esto es que los cómodos necesitan más de la fe ya que son más susceptibles a la depresión y al aburrimiento, y pueden llegar a sentir un vacío espiritual hasta que por fin tienen fe en sí mismos y salen a practicar su espiritualidad especial como un don para el mundo.


La fe y la esperanza no son sustancias tangibles; no son lo mismo para todos. Los aceleradores angélicos tales como la fe y la esperanza asumen distintas formas en cada persona, porque cada uno de nosotros es una faceta única de la luz de Dios. Ser fiel significa ser consciente, honesto y preciso. Vemos la verdad, por más incómoda que resulte, y tenemos fe en nosotros mismos para crear un resultado positivo y encontrar soluciones creativas; a su vez, esto nos da esperanza y nos convierte en verdaderos optimistas.


Los Ángeles son manifestaciones de las esencias y fuerzas energéticas de Dios, capaces de transmitir a los seres humanos aceleradores tales como la fe y la esperanza. Son dones que aceleran el crecimiento espiritual y nos traen paz al corazón. Cuando estamos felices y tenemos paz mental, somos uno con Dios y los Ángeles.



💗



Web