domingo, 26 de agosto de 2018

APRENDIENDO A QUERERSE A SÍ MISMO Por: Walter Riso


 libro:  Aprendiendo a quererse a sí mismo


"En un polo de mi existencia formó una sola cosa con las piedras y los árboles. Allí tengo que reconocer el dominio de la ley Universal.   Allí es donde nacen los cimientos de mi existencia. Su fuerza está en que se halla firmemente sujeta en el abrazo del mundo comprensivo, y en la plenitud de la comunión con todas las cosas. "Pero por el otro polo de mi ser estoy separado de todo. Allí yo soy absolutamente único, yo soy yo, yo soy incomparable. Todo el peso del universo no puede aplastar esta individualidad mía. Yo la mantengo a pesar de la tremenda gravedad de las cosas. Es pequeña en apariencia pero grande en realidad; se mantiene firme ante las fuerzas que quisieran robarle aquello que le caracteriza y hacerla una con el polvo".
RABINDRANATH TAGORE

INTRODUCCIÓN 

Un descubrimiento importante para la sicología aplicada ha sido la observación demostrada de que determinados procedimientos de intervención pueden ser autoadministrados por los pacientes. Así visto, el papel del psicólogo puede ser considerado en parte como el de un administrador y facilitador de información a la cual el paciente no siempre tiene acceso por las vías tradicionales de comunicación.

Además de la intención evidentemente económica de las editoriales, existe la sana idea de que la autoayuda escrita puede ser un excelente medio para prevenir en la población general distintos tipos de patologías.
Este libro precisamente intenta divulgar en términos asequibles información sobre la importancia de aprender a quererse y a cuidarse psicológicamente a uno mismo.



Los hallazgos realizados en el campo de la sicología experimental en la última década muestran claramente que la visión que se tiene de uno mismo es un factor determinante para generar vulnerabilidad o inmunidad a una serie de trastornos psicológicos como fobias, depresión, estrés, ansiedad, inseguridad interpersonal, trastornos psicosomáticos, etc.



Una cantidad considerable de mis pacientes, y de los atendidos por mis colegas en diversos hospitales, clínicas y consultorios, necesitan más ayuda para prevenir que para tratar directamente los problemas.  De manera similar; la población general también debe estar alerta sobre las posibles consecuencias del descuido psicológico personal y la forma de prevenirlo.



 Como se explica a lo largo del texto, la cultura ha orientado el aprendizaje social a fortalecer el amor dirigido a otros y ha olvidado que el prerrequisito para dar es la autoaceptación.  Es imposible entregar amor si no te quieres a ti mismo. Para la supervivencia de la especie humana es tan importante evitar los asesinatos y las guerras, como el suicidio y la auto-mutilación.



Desde pequeños se nos coloca un freno de emergencia, importante en las primeras etapas, y jamás se nos quita. Esta sujeción está formada por supuestas virtudes (el ahorro, la ambición, la modestia, el auto castigo, la autocrítica, el auto control, etc.), que son definitivamente contraproducentes si se utilizan exageradamente. Si bien es cierto que algunas personas con propensión a excederse las necesitan para no caer en costumbres perniciosas de autodestrucción (droga, alcohol, etc.), una gran cantidad de gente podría soltar un poco el freno sin ningún tipo de riesgos, para vivir mejor y evitar caer en otro tipo de problemas psicológicos; por prevenir un mal, producimos otro.  Si el cinturón está flojo no amarra lo suficiente, pero si amarra demasiado, asfixia.



Este libro va dirigido a aquellas personas que no se aman lo suficiente a sí mismas, que viven encapsuladas, emocionalmente constipadas, amarradas a las normas y obligaciones de manera rígida, extremista y desconsiderada para con ellas mismas. También va dirigido a los que sabían amarse a sí mismos y se han olvidado de hacerlo por los rigores de la vida y por las carreras desenfrenadas hacia el éxito y la fama consumista.



Las páginas siguientes están orientadas a exaltar la importancia del ser humano desde una perspectiva de crecimiento personal. Amarse a sí mismo de manera realista y sana es uno de los principales requisitos de la salud, en toda la extensión del término, y el mejor camino para expresar y comunicar afecto a las personas que queremos.

WALTER RISO

APRENDIENDO A QUERERSE A SÍ MISMO

Quererse a sí mismo es quizás el hecho más importante que garantiza nuestra supervivencia en un mundo complejo y cada vez más difícil de sobrellevar. Curiosamente, nuestra cultura y educación se orientan a sancionar el quererse demasiado. Hay épocas para el amor y decretos sobre lo que es de buen gusto y de mal gusto. Si decides felicitarte dándote un beso, posiblemente las personas que te rodean (incluso el psicólogo de turno) evaluarán tu conducta como ridícula, narcisa o pedante.  Es mal visto que nos demos demasiado gusto. Cuando pensamos en nosotros mismos por demasiado tiempo, nos contemplamos o nos autoelogiamos, se nos reprende: "Todos los excesos son malos", se nos dice.  Discutible. Algunos excesos nos recuerdan que estamos vivos.


Nuestra civilización intenta inculcar principios como el respeto al ser humano, el sacrificio, el altruismo, la expresión de amor, el buen trato, la comunicación, etc., pero estos principios están dirigidos al cuidado de otros humanos. El auto-respeto, el auto-amor; la autoconfianza y la auto-comunicación, no suelen tenerse en cuenta. Más aun, se considera de mal gusto el quererse demasiado. Si una persona es amigable, expresiva, cariñosa y piensa más en los otros que en ella misma, es evaluada excelentemente: su calificativo es el de "querida".   Si alguien disimula sus virtudes, niega o le resta importancia a sus logros, es decir; miente o se auto-castiga, ¡es halagado y aceptado!



No sólo rechazamos la auto-aceptación honesta y franca, no nos importa que sea cierta o no, sino que promulgamos y reforzamos la negación de nuestras virtudes. Absurdamente, las virtudes pueden mostrarse pero no verbalizarse. Si tienes un buen cuerpo, se te permite utilizar tanga, minifalda o pantalones ajustados, pero se te prohíbe hablar de ello. Si las personas se auto-elogian, así tengan razón, producen rechazo y fastidio.



 Esta política de no hablar bien uno mismo en público, de no ser exagerado en auto recompensarse, de no darse mucho gusto, de disimular; de gran modestia, etc., termina por convertirse en un valor del que hacemos uso con demasiada frecuencia. La "virtud" de no quererse a sí mismo en público, se extiende a cuando estamos solos. Al intentar dejar afuera el egoísmo excesivo, no hemos dejado entrar el amor propio. Si el ser humano merece el respeto que se promulga por ser algo especial, eso debe hacerse extensivo a tu propia persona. Por evitar caer en la pedantería insufrible del sabelotodo, hemos caído en la modestia auto-destructiva de la negación de nuestras virtudes. Por no ser derrochadores, somos mezquinos. Los psicólogos clínicos sabemos que este estilo de excesiva moderación hacia uno mismo es el caldo de cultivo de la tan conocida y temida depresión. Tienes el derecho a quererte y a no sentirte culpable por ello, a disponer de tu tiempo, a descubrir tus gustos, a mimarte, a cuidarte y a elegir.



Desgraciadamente, nuestra estructura mental se va formando más sobre la base de la evaluación ajena que en la auto-evaluación, y nos hacemos víctimas de nuestro propio invento. La auto-insensibilidad nos ha hecho olvidar aquellas épocas de la niñez cuando todo era inipactante y gratificante. Estamos demasiado orientados "hacia afuera" (buscan-do la aprobación de los demás) y no gastamos el tiempo suficiente en auto-halagarnos y en gustarnos.



Nuestro sistema de socialización se ha orientado más a prevenir los excesos afectivos, conocidos por los especialistas como "manías" (autoestima inflada, demasiada confianza, etc.), que a los estados de tristeza y depresión causados por inseguridad, auto imagen y autoconcepto negativo. La suficiencia y la seguridad excesiva producen molestias. La inseguridad produce lástima. Por lo general las personas tendemos a tomar partido por el más débil. La inmunidad al flagelo de la depresión sólo se logra si aprendes a quererte. Como las mejores cosas, necesitas un trato especial. No puedes permitir que se te lastime, ni darte el lujo de auto-destruirte estúpidamente.



Desde pequeños nos enseñan conductas de auto-cuidado personal:  lavarnos los dientes, bañarnos, cortarnos las uñas, comer, controlar esfínteres y vestirnos. ¿Pero qué hay del auto-cuidado y de la higiene mental?  No se nos enseña a querernos, a gustarnos, a contemplarnos y a confiar en nosotros mismos. Además, aunque algunos padres tenemos esto como un desideratum, carecemos de procedimientos adecuados de enseñanza. Tampoco se nos enseña a enseñar.



La imagen que tienes de ti mismo es heredada o genéticamente transmitida. Tal como se desprende de lo dicho hasta ahora, es aprendida.  El cerebro humano cuenta con un sistema de procesamiento de la información que permite almacenar un número prácticamente infinito de datos. Esa información, que hemos almacenado en la experiencia social, se guarda en la memoria a largo plazo en forma de creencias y teorías.



De esta manera poseemos información de cosas u objetos, el significado de palabras, situaciones, tipos de personas, actividades sociales, etc. Este conocimiento del mundo, equivocado o no, permite predecir, anticipar y prepararse para enfrentar lo que vaya a suceder. Por ejemplo, si conoces a una persona que dice ser racista y miembro activo del Ku Klux Klan puedes predecir cómo pensará y actuará frente a determinadas situaciones. Podrías anticipar su comportamiento ante una persona de color, lo que opina sobre el racismo y su posición frente a las tradiciones.



Así como construyes una representación interna del mundo que te rodea, también construyes teorías y conceptos sobre ti mismo. La relación que estableces con el mundo no sólo te permite conocer el ambiente, sino también tu comportamiento frente a él. Estas experiencias de contacto con personas (amigos, padres, maestros) y cosas de tu universo material inmediato, desarrollan idea de cómo eres en realidad. Los fracasos y éxitos, los miedos e inseguridades, las sensaciones físicas, los placeres y disgustos, la manera de enfrentar los problemas, lo que te dicen que eres, lo que no te dicen, los castigos, etc., todo confluye y se organiza en una imagen interna sobre tu propia persona: tu yo o tu autoesquema. Puedes pensar que eres torpe, feo, interesante, inteligente o malo.  Cada uno de estos calificativos son el resultado de una historia previa, donde has ido gestando una "teoría" sobre ti mismo.  Si crees ser un perdedor, no intentarás ganar. Te dirás: "Para qué intentarlo, yo no puedo ganar" o "es imposible cambiar" o “no valgo nada".



Los humanos mostramos la tendencia conservadora a confirmar, más que a desconfirmar, las creencias. Somos conservadores por naturaleza, y esta economía del pensamiento nos vuelve tozudos y llevados de nuestro parecer. Una vez establecida la creencia es muy difícil cambiarla. Nos resistimos a revisar nuestra manera de ver las cosas. Si configuras un auto-esquema negativo, él te acompañará por mucho tiempo si no te esfuerzas en modificarlo.



En resumen, lo que piensas y sientes acerca de ti mismo es aprendido y almacenado en forma de teorías llamadas auto-esquemas. Hay auto-esquemas positivos y negativos. Los primeros te llevarán a estimarte, los segundos a odiarte. Nadie contempla y cuida a una persona que odia. De manera similar, si la visión que tienes de ti es negativa, no te expresarás afecto, pues no creerás merecerlo. Si tu auto-esquema es positivo y no lo alimentas, se desvanecerá. Algunas personas, en lugar de felicitarse, disimulan su alegría con un parco y flemático: "No es nada" o "era mi deber".  La negación del reconocimiento personal es una forma de auto-destrucción.

En los auto-esquemas se entrelazan cuatro aspectos fundamentales que, para fines didácticos, intentaré separar.  En realidad, se fusionan en un todo indisoluble y conforman el núcleo principal de la auto-valoración personal. Pueden convertirse en sólidos cimientos sobre los cuales podrás edificar un yo fuerte y seguro, o en la principal fuente de autoeliminación y auto-menosprecio. Ellos sonel Auto-control (qué piensas de ti mismo), la Auto-estima (qué tanto te gustas) y la Auto-eficacia (qué tanta confianza tienes en ti mismo). Son los cuatro soportes de un buen ego, o los cuatro jinetes del Apocalipsis.   Si fallas en alguno, será suficiente para que tu auto-esquema se muestre cojo e inestable. En ciertas situaciones, si uno de los jinetes se desboca, la "manada” entera puede seguirlo.



Pese a que los auto-esquemas negativos pueden destruirnos, los humanos mostramos la inexplicable tendencia a conservarlos y alimentarlos.  La extraña  conducta de mantener los auto-esquemas a toda costa, puede ser mortal para tu salud mental. Las personas depresivas, por ejemplo, muestran esta tendencia a confirmar lo malo. Si se consideran feas, descuidan su figura para corroborar así su fealdad; si piensan que son poco inteligentes, fracasan en los exámenes; si creen ser victimas, juegan el papel de mártires o buscan el castigo; etc. Esta manera de confirmar la auto-valoración negativa comportándose como si realmente fuera cierto, es muy común. Los psicólogos sociales han llamado a este mecanismo, generalmente inconsciente, profecías auto-realizadas.

Si tu auto-esquema está irracionalmente estructurado, distorsionarás la realidad. Te sentirás estúpido pese a ser inteligente, horripilante sin serlo, incapaz siendo capaz y, finalmente, intentarás castigarte por no creerte merecedor de una felicitación.


HACIA UN BUEN CONCEPTO


“Ten el valor de equivocarte”

HÉGEL

La cultura nos ha enseñado a llevar un garrote invisible, pero doloroso, con el que nos golpeamos cada vez que equivocamos el rumbo o no alcanzamos las metas personales. Hemos aprendido a echarnos la culpa por casi todo lo que hacemos mal y a dudar de nuestra responsabilidad cuando lo hacemos bien. Si fracasamos, decimos: "Dependió de mí"; si logramos el éxito: "Fue pura suerte". ¿Qué clase de educación es ésta, donde se nos enseña a hacernos responsables de lo malo y no de lo bueno?  La auto-crítica es buena y productiva si se hace con cuidado.  A corto plazo puede servir para generar nuevas conductas, pero si se utiliza indiscriminada y dogmáticamente, genera estrés y es mortal para nuestro auto-concepto. El mal hábito de estar haciendo permanentemente "revoluciones culturales” interiores, es una forma de suicidio psicológico. 

Algunas personas, por tener un sistema de auto-evaluación inadecuado, adquieren el "vicio" de auto-rotularse negativamente por todo. Se cuelgan carteles con categorías generales. En vez de decir: "Me comporté torpemente", dicen:  "Soy torpe".  Utilizan el "soy un inútil" en vez de "me equivoqué" en tal o cual cosa. El auto-castigo ha sido considerado, equivocadamente, una forma de producir conductas adecuadas. 

¿Cómo se llega a tener un auto-concepto negativo? Una forma típica es a través de la autocrítica excesiva. Los humanos utilizamos estándares internos, esto es, metas y criterios internalizados (aprendidos) sobre la excelencia y lo inadecuado. Estos estándares se desprenden del sistema de creencias, valores y necesidades que poseemos. Una elevada autoexigencia producirá estándares de funcionamiento altos y rígidos. Sin embargo, si bien es importante mantener niveles de exigencia personal relativa o moderadamente altos para ser competentes, el "corto circuito" se produce cuando estos niveles son irracionales, demasiado altos e inalcanzables.  La idea irracional de que debo destacarme en casi todo lo que hago, debo ser el mejor a toda costa y que no debo equivocarme, son imperativos que llegan a volverse insoportables.  Colocar de manera absoluta la felicidad en las metas, es sacarla de tu dominio personal.  Así, si la meta no se alcanza, se acaba e1 mundo. El poeta Runbeck dijo alguna vez:   “La felicidad no es una estación a la cual hay que llegar, sino una manera de viajar”. 

Las personas que hacen del éxito un valor, que son extremadamente competitivas y manejan estándares rígidos de ejecución, viajan mal.   Se han montado en el vagón equivocado.  Quizás la felicidad no esté en ser el mejor vendedor, la mejor mamá, o el mejor hijo, sino en intentarlo de manera honesta y tranquila, disfrutando mientras se transita hacia la meta. Un nivel exagerado de auto-exigencia genera patrones estrictos de auto-evaluación. Si posees criterios estrictos para auto-evaluarte, siempre tendrás la sensación de insuficiencia. Tu organismo comenzará a segregar más adrenalina de lo normal y la ansiedad interferirá con el rendimiento necesario para alcanzar las metas. Entrarás al círculo vicioso de los que aspiran cada día más y tienen cada día menos. Esta secuencia autodestructiva puede verse mejor en la siguiente gráfica:



Los estándares irracionales harán que tu conducta nunca sea suficiente.  Pese a tus esfuerzos, las metas serán inalcanzables.  Al sentirte incapaz, tu auto-evaluación será negativa. Este sentimiento de ineficacia y la imposibilidad de controlar la situación, te producirán estrés y ansiedad, los que a su vez afectarán tu rendimiento alejándote cada vez más de las metas. 

Las personas que quedan atrapadas en esta trampa se deprimen, pierden el control sobre su propia conducta e indefectiblemente fracasan. ¡Precisamente lo que querían evitar! Para colmo, esta situación de “no escape", de frustración e incontrolabilidad, las lleva a autocriticarse y auto-castigarse despiadadamente; se convierten en víctimas de su propio invento.  La consecuencia de esta especie de licuadora en corto circuito, es la pérdida del autoconcepto y la depresión.  Cuanto más hagas del “ganar” un valor, paradójicamente más destinado estás a perder. 

A veces las personas pueden mostrar metas racionales para un observador desprevenido. Sin embargo, la auto-exigencia exagerada se mide en función de las posibilidades de cada uno. Si no posees las habilidades o los recursos necesarios para alcanzar las metas, la aspiración más simple se vuelve inalcanzable.  En estos casos, la resignación y la re-evaluación objetiva y franca de tus metas y recursos es la solución.  Desgraciadamente, si no ganamos, empatamos. 

Si eres demasiado auto-exigente y auto-crítico, utilizarás un estilo dicotómico.  Esto quiere decir, de extremos. Las cosas sólo serán blancas o negras, buenas o malas. Verás la realidad con una especie de binoculares donde los tonos medios, los matices y las tonalidades, no existen. "Soy exitoso o soy fracasado". Absurdo. No hay nada absoluto. Todo depende del cristal con que se mire. Si aplicas este estilo binario de procesamiento, sin duda, sobrevendrá la catástrofe. Te referirás a ti mismo en términos categóricos e inflexibles, como: nunca, siempre, todo y nada. Estas palabras deberían suspenderse de nuestra lengua y ser consideradas "malas palabras". Lo único que generan es confusión y malos entendidos. 

Como es de esperarse, si deseas fervientemente el éxito, el poder y el prestigio, temerás al fracaso. Este miedo te hará dirigir la atención más hacia las cosas malas que hacia las buenas, con el fin de "prevenir" los errores que tanto temes. Dicho de otra forma, desarrollarás un estilo de focalización mal-adaptativa orientada a ver en ti mismo sólo lo malo. Esto te llevará a desconocer las aproximaciones a la meta, así como los esfuerzos y pequeños ascensos que realices en la escalinata hacia tus logros personales. Si relacionas lo anterior con el estilo dicotómico, entonces es claro que dichos acercamientos a la meta pasen inadvertidos:  “Llego o no llego" "Estoy, o no estoy en la meta”.  La peor manera de tratarte es con impaciencia y menosprecio. Por querer ver el árbol no verás el bosque.   La autoobservación negativa, al igual que la auto-evaluación  y el auto-castigo, genera estrés, disminuye el rendimiento,  maltrata el ego y, a largo plazo,  afecta el auto-concepto. 

EI uso de estándares extremadamente rígidos perfeccionistas e irracionales, aumentan la distancia entre tu yo ideal (lo que te gustaría hacer o ser) y tu yo real (lo que realmente haces o eres).  Cuanto mayor sea la distancia entre ambos, menos probabilidad de alcanzar tu objetivo, más frustración y más sentimientos de inseguridad ante los esfuerzos inútiles por acercarse a la supuesta "felicidad". 

Si alguien valientemente toma la difícil decisión de "viajar bien", la presión social es inexorable y cruel. Si además la meta no es coincidente con los valores del grupo de referencia, el nivel de sanción puede llegar a ser realmente intolerable. Aquellos objetivos que se distancian de la producción económica, son vistos como sinónimos de vagancia, bohemia o idealismo. Si cambiamos de metas, se nos rotula como inmaduros o inestables, como si la estabilidad existiera y fuera un símbolo de inteligencia. Una rápida mirada a las personas que han hecho la historia de la humanidad, muestra que cierta inestabilidad e insatisfacción son condiciones imprescindibles para vivir intensamente. La estabilidad absoluta no existe. Es un invento de los que temen al cambio. La famosa "madurez", tomada al pie de la letra, es el preludio de la descomposición. Ceñirte ciegamente a los estándares propios o externos, es coartar tu libertad de pensar. Perderías la capacidad de decisión y de crítica objetiva. No temas revisar, cambiar o modificar tus metas si ellas son fuente de sufrimiento, aunque a tus vecinos no les guste. 

Lo importante entonces no es sólo descubrir que eres auto-exigente, sino ser capaz de modificar los estándares. Para lograrlo no puedes ser demasiado "estable” o demasiado “estructurado".  Necesitas una pizca de no cordura (por no decir locura).  Las personas mentalmente rígidas y estrictas consigo mismas son personas normativas.  Suelen encerrarse en una cárcel fabricada por ellas mismas y el medio educativo, cuyos barrotes son un conjunto de virtudes y valores no siempre racionales, de los cuales no pueden escapar. Se debaten entre el bien y el mal.  Por lo general estos sujetos son más papistas que el Papa. Han puesto tantas condiciones y requisitos para transitar por la vida, que el camino se vuelve demasiado angosto y estrecho para andar cómodamente por él.   Se golpean con las paredes de la autocrítica y los debería a cada paso.  Otros, en cambio, recorren una verdadera autopista cómoda y tranquila.  El estilo de "golpearse" y castigarse no es precisamente el mejor terreno para que germine y prospere un auto-concepto sin pies de barro.  Ser flexible es, sin lugar a dudas, una  virtud de las personas inteligentes.

Pero tal como he señalado anteriormente, por evitar algo que creemos malo, hacemos algo peor. Por evitar ser una "veleta", definimos una meta y atascamos (algunos hacen una especie de soldadura) el timón rumbo a ella. Absurdamente sacrificamos el derecho a cambiar de opinión y a equivocarnos, por la seguridad aparente de viajar por una ruta inmodificable. Consideramos erróneamente que es la única y mejor manera de andar por el mundo. 

Como una grotesca caricatura, las personas muy autocríticas se colocan una camisa de fuerza para no desquiciarse, y el resultado, paradójicamente, es el desajuste psicológico. Definitivamente debes intentar ser menos duro contigo mismo.

Salvando el auto-concepto

Veamos una guía que puede servirte para salvaguardar tu auto-concepto del autocastigo indiscriminado.

1. Trata de ser más flexible, tanto con otros como contigo.

No utilices el criterio dicotómico extremista para evaluar la realidad, incluyéndote tú. No pienses en términos absolutistas: no hay nada totalmente bueno o malo. Recuerda que debes tener tolerancia a que las cosas se salgan a veces del carril. Si eres inflexible en tus cosas, chocarás violentamente con la realidad; ella no es total o definitiva. Aprende a soportar, a perdonar y a entender tu rigidez como un defecto, no como una virtud. Las cosas rígidas son menos maleables, no soportan demasiado y se quiebran. Si eres normativo, perfeccionista, intolerante y demasiado conservador, no sabrás qué hacer con la vida. Ella no es así.  La gran mayoría de los eventos cotidianos te producirán estrés, porque no son como a ti te gustaría que fueran. Concéntrate durante una semana o dos en los matices.  No te apresures a categorizar de manera terminante. Detente y piensa si realmente lo que dices es cierto. Revisa tu manera de señalar y señalarte. No seas drástico. Busca a tu alrededor personas a las cuales ya tienes catalogadas y dedícate a cuestionar tu rotulación. Busca evidencia en contra, descubre los matices. Cuando evalúes, evita utilizar palabras como siempre, nunca, todo, o nada. No rotules a las personas, tú incluido, con totalidades. Tal como decía un destacado psicólogo, no es lo mismo decir: "Robó una vez", a decir: "Es un ladrón". Las personas no "son", simplemente se comportan. La intransigencia genera odio y malestar. Ya es hora de que vuelvas añicos tu rigidez. 
     a. Permítete no ser tan normativo. Eso no te hará un delincuente. Si tienes cinco días para pagar una cuenta, págala al quinto, y si no hay riesgo legal, al sexto o séptimo. No llegues siempre temprano. Pisa el césped.   Intenta gritar en una biblioteca. Sé más informal un día, a ver qué ocurre.       
   b. Trata de no ser perfeccionista. Desorganiza tus horarios, tus ritos, tus recorridos, tu manera de ordenar las cosas, etc. Convive con el desorden una semana. Piérdele el miedo.
     c. No rotules, ni te auto-rotules. Intenta ser benigno. Habla sólo en términos de conductas. 
    d. Concéntrate en los matices. Piensa más en las alternativas y las excepciones a la regla.   La vida está compuesta de tonalidades más que de blancos y negros.
     e. Escucha a las personas que piensan distinto de ti Esto no implica que debas necesariamente cambiar de opinión, simplemente escucha. Deja entrar la información y luego decide. Recuerda: si eres inflexible y rígido con el mundo y las personas, terminarás siéndolo contigo.

2. Revisa tus metas y las posibilidades reales para alcanzarlas. 

No te coloques metas inalcanzables. Exígete a ti mismo de acuerdo con tus posibilidades y habilidades. Si te descubres intentando subir algún monte Everest, o cambias de montaña o disfrutas del paseo. Cuando definas alguna meta, también debes definir los escalones o las sub-metas.  Intenta disfrutar, "paladear" el subir cada peldaño, como si se tratara de una meta por sí misma. No esperes hasta llegar al final para descansar y disfrutar. Busca estaciones intermedias. Pierde tiempo en ésto. Escribe tus metas, revísalas, cuestiónalas y descarta aquéllas que no sean vitales.  La vida es muy corta para desperdiciarla.  Recuerda, si tus metas son inalcanzables, vivirás frustrado y amargado.

3. No auto-observes sólo lo malo. 

Si sólo te concentras en tus errores, no verás tus logros. Si sólo ves lo que te falta, no disfrutarás del momento, del aquí y el ahora. "Si lloras por el sol, no verás las estrellas".  No estés pendiente de tus fallas como un radar.  Acomoda tu atención también a las conductas equivocadas.  Cuando te encuentres focalizando negativamente de manera obsesiva, para.

4. No pienses mal de ti. 

Sé más benigno con tus acciones.  Afortunadamente no eres perfecto. No te insultes ni te irrespetes.  Lleva un registro sobre tus auto-evaluaciones negativas.  Detecta cuáles son justas, moderadas y objetivas.  Si descubres que el léxico hacia ti mismo es ofensivo, cámbialo.  Busca calificativos constructivos.  Reduce tus autoverbalizaciones a las que realmente valgan la pena.  Ejerce el derecho a equivocarte.  Los seres humanos, al igual que los animales, aprendemos por ensayo y error.  Algunas personas creen que el aprendizaje humano debe ser por ensayo-éxito.  Eso es mentira. El costo de crecer como ser humano es equivocarse y "meter la pata".  Esta ley universal es in-escapable.   Decir: "No quiero equivocarme", es hacer una pataleta y un berrinche infantiles.  Es imposible no equivocarte, como lo es que no haya aceleración de la gravedad.  Los errores no te hacen mejor o peor, simplemente te curten. Sólo te recuerdan que eres humano. Cuando hablemos de tu auto-eficacia volveremos sobre el miedo a equivocarse.

Recapitulemos y aclaremos. La autocrítica moderada, la auto-observación objetiva, la autoevaluación constructiva y el tener metas racionalmente altas, son conductas necesarias. Muy posiblemente han colaborado en la adaptación del ser humano. Estos procesos no son malos en si mismos, depende de cómo se utilicen y para dónde apunten. Mal utilizados, de manera rígida, dura, destructiva y compulsiva, afectan el auto-concepto. Utilizados adecuadamente sirven como una guía alentadora.  Socialmente hablando, no se ha enseñado a hacer un buen uso de ellos.  Se nos presenta la auto-crítica despiadada como un valor y como la llave del éxito; pero posiblemente por desconocimiento, no se nos ha alertado sobre sus posibles consecuencias.  Evitando un extremo, indudablemente pernicioso (la pobreza de espíritu, la pereza, el fracaso, el ser "poco” y el no tener metas en la vida), se ha llevado el péndulo hacia el otro extremo, igualmente dañino y nocivo. 

Nuestra cultura pareciera preferir personas psicológicamente perturbadas pero exitosas, a personas psicológicamente sanas pero fracasadas. Sin embargo, el éxito aquí es secundario. De nada sirve si no se puede disfrutar de él.  La insatisfacción frente a los propios logros y la ambición desmedida actúan como un motor, pero por funcionar de manera sobreacelerada suele quemarse antes de tiempo.  Eres una máquina especial dentro de límites razonables.  No reniegues de ti.

HACIA UNA BUENA AUTO IMAGEN

“Uno de los trucos de la vida consiste más que en tener buenas cartas, en jugar bien  las que uno tiene”
JOSH BILLINGS


En casi todas las épocas y culturas, la “belleza” ha sido admirada como un don especial.  De manera similar, las sociedades se han caracterizado por sancionar la “fealdad”.  Las personas somos crueles con aquellos que reúnen las características de feas.  Es común ver cómo los niños se burlan de los “gordos”, los “bajitos”, los “altos”, los “narigones”, los muy “flacos”, etc.  Los humanos no toleramos los extremos estadísticos.  No es sorprendente que los extremos sean considerados raros o atípicos, lo que llama la atención es que resulten desagradables.  Obviamente no me refiero a las personas que desafortunadamente nacen con malformaciones manifiestas o han sufrido, por diversas causas, deformidades (aunque la crueldad también suele verse en estos casos).  Como sea, el aspecto que adopta la estructura molecular de nuestro cuerpo es fuente de atracción o repulsión. 

El juicio estético que la cultura da a la apariencia física, tiene enormes consecuencias para nuestro futuro. Tal como lo sustentan un número considerable de investigaciones, las opiniones, cualesquiera sean ellas, se ven afectadas por el grado de atractibilidad del observado. Dicho de otra forma, los juicios hacia las personas hermosas son más benignos. 

No hay un criterio universal de belleza.  El patrón ideal de lo que es hermoso se aprende a través de las experiencias personales y sociales del entorno inmediato. La propia imagen corporal se forma por la influencia de dos fuentes de datos: el ambiente social y los medios de comunicación. 

El grupo de referencia y las relaciones que establecemos con las personas son determinantes. Si el grupo que conforma el núcleo familiar considera la belleza física como un valor y el niño no reúne las características esperables de "lindo", no será aceptado incondicionalmente: "Algún defecto tenía que tener". Los niños oyen y ven más de lo que creemos.  Así nos vamos convenciendo de que somos la versión humana del patito feo.  Las familias que hacen de la belleza un don apreciable y fundamental, no solo crean en el niño la necesidad de ser hermoso, sino que inculcan estándares e ideales inalcanzables de belleza física.  En mi experiencia profesional he visto infinidad de personas que, siendo de una belleza normal e incluso más, se reprochaban de manera irracional el ser “feas” o “desagradables” por no llegar al supuesto ideal familiar.

La insatisfacción frente a la propia apariencia física también depende de otra comparación social.  Una de mis pacientes había tenido la mala suerte de que sus tres mejores amigas eran modelos y habían ganado una serie de concursos de belleza.  “Cuando salíamos las cuatro – decía -, me sentía la mujer más horrenda del mundo... Como si fuera poco, siempre me tocaba el más bobo o el más feo”.  El tener amigos demasiado atractivos puede ser un verdadero dolor de cabeza. 

Otro factor que define notoriamente la auto-imagen es el éxito alcanzado con el sexo opuesto. Las personas "gustadoras" no suelen tener problemas de auto-imagen, lo cual no significa que no se preocupen por ella. Aunque la belleza física no garantiza necesariamente el éxito en la conquista, allana la mitad del camino. Los adolescentes que fracasan en conseguir pareja, generan problemas de auto-imagen en un gran porcentaje de casos. 

Una de las causas más terribles y devastadoras de la pérdida de auto-imagen es la burla. En la temprana infancia, cuando los niños son cruelmente sinceros, comienzan a gestarse los llamados complejos. Por alguna extraña razón, los apodos y los sobrenombres siempre dan donde más duele. Usar gafas es una verdadera tortura china. Ser gordo, cabezón, narigón, bizco, etc., no pasa desapercibido para los demás niños. Los defectos son detectados inmediatamente y señalados sin piedad. Y aunque se produzca una metamorfosis positiva con los años; es decir; que el defecto desaparezca, la burla deja sus huellas. A medida que crecemos y aprendemos lo "lindo" y lo "feo", ya no necesitamos que se nos diga; basta con mirarnos al espejo. Iniciamos, sobre todo en la preadolescencia y en la adolescencia, una revisión detallada y crítica de lo que somos físicamente. Pero no lo hacemos con cuidado, somos feroces y desalmados con nosotros mismos. Criticamos nuestro color de piel, el cabello, los dientes, los ojos, las piernas, los dedos, etc. Ya no necesitamos jueces externos, hemos aprendido a criticar la propia apariencia física con el metro implacable de la "perfección". Es increíble la habilidad de algunas personas para detectarse defectos, barritos, arrugas, espinillas, veinte gramos de más o cualquier problema similar. No estoy criticando el cuidado o el arreglo personal, sino la preocupación obsesiva por ser "bello" siempre y a toda hora. 

Si la autoafirmación personal gira alrededor de la belleza física, esto no sólo indica una pobre vida interior, sino una muerte prematura. La necesidad imperiosa de mantener la juventud y la belleza a toda costa, y no entender el "encanto" de las distintas edades, lleva indefectiblemente a la depresión. Muchas personas no se conforman con ser atractivas a sus treinta o cuarenta años, sino que añoran los dieciocho, de cintura pequeña, piel tersa y carne firme. No aceptan el paso de los años. Angustiosamente se comparan con los jóvenes y se disfrazan de adolescentes, perdiendo su verdadera capacidad de seducción. 

Resumiendo, el ambiente inmediato en el cual crecemos y las experiencias que en él tenemos sobre nuestra apariencia física, determinan el grado de auto-aceptación. Los diversos episodios de contacto con otras personas, y más tarde la propia comparación, son almacenadas en la memoria en forma de auto imagen. 

Todo este ir y venir, lo que nos dice qué somos y cómo somos, nuestros éxitos y fracasos con el sexo opuesto, las influencias del medio familiar y cómo nos vemos, está inmerso en un contexto mayor y bajo la influencia manipuladora de los medios de comunicación. 

Cualquier persona relativamente instruida aceptará el hecho de que no existe un criterio universal y absoluto de lo que "debe" ser lindo o feo. Recuerdo que mi abuela cuando describía a alguna mujer de su época, que había sido hermosa según su parecer, decía: "¡Qué hermosura de mujer! Era gordita, blanca como la leche, con unos hermosos cachetes saludables y unos labios rojos como fresas". 

Cuando ella comentaba esto, los nietos nos desternillábamos de la risa y los más grandecitos hacían muecas de desagrado. Hoy en día esas bellezas ''antiguas" harían las delicias de más de un cirujano plástico. No es tan fácil "comprender" el atractivo de las divas del cine mudo, la miss universo de 1948 o los cuerpos "esculturales" (Boteros) de los años sesenta. Los indios Lesú de Guatemala gustan de mujeres grandes y fuertes, los franceses prefieren las modelos delgadas y los italianos a Sofía Loren. Es muy común reírse ante las fotos de la juventud, de las patillas tipo Elvis Presley o del pelo largo de los Beatles. La belleza es algo relativo a la época y al lugar.  Nadie es dueño de la verdad.  Se nos inculca y enseña qué cosa debe ser considerada "bella" o "fea", pero de ninguna manera es una verdad absoluta. 

Esto significa que puedes decidir tu propio concepto de lo bello. Es difícil pero vale la pena intentarlo. Así como vestirse bien no implica seguir dócilmente la moda, para gustarte a ti mismo no tienes que utilizar los criterios que venden los medios de comunicación. No debes ser super estilizada, mona y de ojos azules, como las modelos de las propagandas televisivas de las Diet; tampoco debes parecerte necesariamente a Robert Redford. No hay razones teóricas y científicas para sentirte estéticamente agradable. Los requisitos sobre tus preferencias son básicamente afectivos. Me gusto porque me gusto. En las cuestiones afectivas, de agrado o desagrado, los "porqués" generalmente sobran y no aportan nada nuevo, por el contrario, confunden. En cuestión de gustos la lógica sobra. Como en el amor, el sentimiento de atracción es total, no verbalizable, automático e inexplicable. Muchas veces conocemos a una persona que "nos gusta" y no podemos explicar exactamente que nos atrae. Más aun, a veces nos gustan personas que van en contra de todas nuestras exigencias estéticas. He conocido gente racista enamorada de gente de color, comunistas enamorados de burguesas y maquilladores enamorados de mujeres con un cutis que no tiene arreglo. No sólo hablo del amor, que suele ser ciego, sino de sentirnos atraídos físicamente por personas que conscientemente consideramos poco atractivas. 

Cuando se trata de uno mismo, le echamos demasiada cabeza al asunto. Nos comparamos con un ideal publicitario y con criterios ajenos a los propios. Podemos sentirnos atraídos por una persona que no sea bella, pero si se trata de la propia auto imagen somos implacables. No hay un criterio absoluto de belleza. La atracción es algo automático e inconsciente. Sin embargo, la propia aceptación física la llevamos a cabo mediante un proceso súper racional, utilizando para ello criterios masificados que digerimos sin cuestionamientos de ningún tipo. Si no somos capaces de aceptamos sin chistar, por lo menos utilicemos estándares racionales. La mayoría de la gente no se aproxima siquiera a los criterios de belleza que nos venden los medios de comunicación, ni reúne los requisitos de la cultura occidental para ser considerada hermosa. Si la convención social hubiese sido más benigna en sus cánones, no existirían los concursos de belleza y se quebrarían todas las empresas que giran alrededor del negocio de lo hermoso. Lo importante, entonces, no es ser bello sino gustarse a sí mismo. Para lograrlo no es conveniente utilizar criterios rígidos y estrictos. 

Las propagandas tienen por objetivo mostrarte cuánto te alejas de la belleza "perfecta". Ellas te ofrecen un producto para alcanzar ese ideal. Si aceptas pasivamente ese modelo de belleza, terminarás pensando que eres horrible. Ya debes de haber sentido la sensación, no muy agradable, de estar metido en una llanta después del comercial. Sin embargo, no todo lo que se muestra y dice en publicidad es necesariamente exagerado o falso. Por ejemplo, es verdad que la belleza tradicional facilita la consecución de algunos objetivos y abre determinadas puertas. Pero de ninguna manera es imprescindible, fundamental y determinante para la gran mayoría de las metas. Muy posiblemente facilite la carrera de actriz o modelo, pero no es un requisito para estudiar agronomía o ingeniería - a menos que el examinador se deje llevar por la apariencia física del o la solicitante -. 

Lo correcto sería destacar las cosas que realmente te agradan de ti mismo y no lo que las convenciones establecen como adecuadas, lo que realmente te gusta, aunque no coincida con la "onda" general. Vale la pena arriesgarte a revisar tus conceptos estéticos. Si descubres que la mayoría coincide contigo en cuestión de gustos, bienvenida la moda. Los medios de comunicación te regalan en promoción un estilete para cercenar las pocas o muchas cosas que podrían gustarte de tu apariencia personal. 

No estoy en contra de que las personas sean sinceras consigo mismas, manifiesten su desagrado y se "arreglen". El peligro son los criterios absurdos e irracionales del buen gusto y la belleza.  Si los aceptas como una necesidad vital, serás esclavo de ellos. Tu poder de decisión quedará resumido a una revista de modas, a lo que la decoradora diga y lo que "se usa" o "no se usa". Por ejemplo, sentirse bien vestido es algo agradable (a veces he pensado que la mayor felicidad que comparten los invitados a un casamiento, familiares incluidos, no es la alegría del que se casa, sino el sentirse elegantes), pero estar pendiente obsesivamente de los cánones puede resultar muy molesto. Una de mis pacientes convertía el supuesto placer de comprar ropa en un verdadero suplicio. "Doctor - decía - me angustio porque no sé qué debo comprar". Yo le contestaba: "Lo que le guste", a lo cual ella replicaba: "¿Y cómo sé que mi gusto es el correcto?". En cuestión de gustos no hay errores. Tienes el derecho a elegir lo que te plazca y lo que quieras. Inclusive gustar de ti mismo aunque no seas aceptado por los estilistas, la moda y las decoradoras. 

Tu cuerpo y el modo en que lo cubras debe gustarte primero a ti. Quienes entren en tu territorio lo harán porque "gustan de tu gusto" y no porque admiran qué tan actualizada o actualizado estás en cuestiones estéticas. Vístete, píntate, adelgaza, pero para halagarte, no para halagar. 

Recapitulemos lo dicho hasta aquí. La auto imagen es aprendida a través de nuestras experiencias con el ambiente inmediato (amigos, novios, familia, etc.) y del aprendizaje social que hacemos de los medios de comunicación. Por lo general los niveles de atracción o rechazo, es decir nuestras predilecciones de lo agradable o desagradable, son procesados inconscientemente y en un ámbito puramente afectivo. Cuando el gusto va dirigido hacia uno mismo, nos detallamos demasiado y la atención se orienta a los defectos. Utilizamos una lupa más potente que cuando nos dirigimos a los otros. Esta autocrítica es cruel e inclemente debido al patrón de medida ideal e irracional que muy amablemente nos ofrecen los vendedores de belleza. 

A veces ese ideal perfeccionista de la belleza produce estragos psicológicos. Una de mis pacientes mantenía la firme convicción de que no era atractiva, siendo en realidad muy hermosa. Pese a los intentos de persuasión, su idea se mostraba inquebrantable: "Doctor - decía -' yo le agradezco sinceramente los esfuerzos. Entiendo además que usted jamás me diría que soy fea porque me precipitaría al suicidio o a cometer cualquier locura..." Se decidió aplicar procedimientos objetivos para mostrarle a la paciente la realidad tal cual era. Se diseñó un experimento típico de medición de actitudes para convencerla de que no era una mujer fea. La paciente se sentaba en la cafetería de la universidad junto a dos mujeres atractivas elegidas por ella, que hacían las veces de distractoras.  Se le pidió a un grupo de cien estudiantes que evaluaran en una escala de uno a diez el grado de belleza, atractibilidad, deseabilidad y sensualidad, tanto de la paciente como de las otras dos mujeres que ella había seleccionado. Como era esperable, el 95% de los estudiantes la evaluaron como muy bella, sensual, atractiva y deseable. Se le sugirió que pensara y meditara en los resultados obtenidos ya que éstos no confirmaban la supuesta fealdad. La paciente se mostró sorprendida y anonadada. Pensó un rato y luego contestó: "Es increíble... No puedo creerlo... Estoy realmente sorprendida... Jamás pensé que la gente tuviera tan mal gusto!"  Pese a la evidencia irrefutable de los datos, nunca pudimos hacerle cambiar de opinión. Su idea era absolutamente inmodificable. Se sentía fea. La creencia de la perfección absoluta la absorbía hasta el extremo de castigarse por no ser perfecta. Muchas personas poseen el vicio de darle más importancia a lo que les falta que a lo que tienen. Sólo lo valoramos cuando lo perdemos. Desgraciadamente suele ser tarde.

Mejorando la auto imagen

Para salvaguardar tu auto imagen o rescatarla, si es del caso, debes tener en cuenta los siguientes aspectos:

1. Trata de definir tus propios criterios de lo que es bello o estético.

No te dejes llevar de la mano por los "conocedores". En este tema nadie sabe nada. No te dejes regañar por tus gustos. Trata de ser una persona espontánea y auténtica cuando elijas. Lo atractivo para ti es una elección que solo tú puedes hacer. Arriésgate a ensayar e inventar sobre tu arreglo personal. Juega y disfruta con variaciones sobre la manera de vestirte, peinarte o pintarte. A la pregunta estúpida: "¿Se usa?", simplemente contesta: "No tengo la menor idea". Muy a pesar tuyo, descubrirás que la gente comenzará a imitarte. Arréglate para ti y no para otros.


2. Descarta la perfección física y los criterios estrictos

No hay un absoluto. Hay niveles de atracción. Hay gorditos atractivos, delgados insípidos, y viceversa. Hay bajitas sensuales, espigadas insulsas, y viceversa. No pierdas el tiempo pensando lo que te faltó para ser una Afrodita o un Adonis. Disfruta lo que tienes y no te exijas lo imposible. La idea de la perfección sólo te llevará a focalizar la atención en tus defectos y a olvidar tus encantos.

3. Descubre y destaca las cosas que te gustan de ti.

Siéntete orgulloso y feliz de tus atributos físicos. No importa si son muchos o pocos, eres afortunado por lo que tienes. No escondas las cosas que te agradan de ti: destácalas, muéstralas y disfrútalas. Nunca pienses que has "agotado" tus encantos. Explora y te sorprenderás de las cosas atractivas, interesantes, seductoras y sensuales que puedes hallar en ti. Focaliza la atención en las cosas tuyas que te resulten agradables.

4. Tu auto imagen se transmite a otros

Si te sientes una persona poco interesante y atractiva, darás esa imagen a los demás. La gente te tratará como inadecuada y te hundirás cada vez más en una auto imagen oscura y triste.  Rompe el círculo vicioso. En cierta manera la belleza es una actitud. Los famosos "feos" o "feas-atractivas" son el resultado de una actitud positiva hacia sí mismos. Si te auto-compadeces, te compadecerán. Si te tienes lástima, inspirarás pesar. Si te ves a ti mismo como desagradable, te rechazarán. La mejor manera de romper el círculo negativo es gustarte. Si te sientes irresistible y atrayente, no cabe duda, serás una persona bella. Prueba a jugar el papel de alguien sin complejos, a ver cómo te sientes. Como un ensayo de conducta, siéntete irresistible con las demás personas e intenta comportarte en esa dirección. El círculo comenzará a quebrantarse.

5. El aspecto físico es sólo uno de los componentes de tu auto imagen

Ser bien parecido es uno de los tantos requisitos de la atractibilidad. No es el único. Ni siquiera el más importante de la atracción interpersonal. Tu estructura molecular (aspecto físico) no garantiza todo. Las personas, además de "lindas" o "feas", pueden ser cálidas, amables, inteligentes, tiernas, seductoras, sensuales, interesantes, educadas, alegres, afectuosas, graciosas, etc. Hay personas que poseen "magia". Tienes muchas opciones para "gustarte". No digo que descuides tu físico, sino que lo ubiques en el lugar que le corresponde. Pregúntate qué más tienes fuera de huesos y piel.

6. No importa qué seas o cómo seas.  Si realmente te agradas y gustas, siempre encontrarás alguien que guste de ti.

El auto desagrado inmoviliza. Las personas que no se gustan anticipan el rechazo y evitan la gente. Muestran miedo a la evaluación negativa y ansiedad social. Viven con un alto nivel de frustración por considerar casi imposible que alguien se sienta atraído por ellas. No intentan la coquetería y la seducción, porque se consideran ridículas en ese plan. Nunca dan el primer paso, y si alguien se acerca lo ahuyentan con sus inseguridades y prevenciones. Gustarse es abrir los horizontes afectivos. Es arriesgarse y aumentar las probabilidades de conocer gente.

HACIA UNA BUENA AUTO ESTIMA

 “Tal vez suceda que una vez cada siglo, la alabanza eche a perder a un hombre o lo haga insufrible, pero es seguro que una vez cada minuto algo digno y generoso muere por falta de elogio”

Si alguien dijera: "Mi pareja me elogia muy pocas veces, no suele darme gusto y cuando lo hace teme excederse, no se preocupa por mi salud, me dedica poco tiempo y casi nunca me contempla", estaríamos de acuerdo en dudar que existe un sentimiento de afecto. 

El amor se exterioriza hacia afuera con conductas. Si no expreso el sentimiento positivo y hago lo arriba mencionado, el amor se vuelve algo inconcluso, trunco y descolorido. De manera similar, el amor a uno mismo debe expresarse con comportamientos tangibles, aunque la cultura los vea mal. 

Promulgamos el amor al prójimo a los cuatro vientos, repudiamos la agresión y el mal trato a otros, pero se nos permite, y hasta es bien visto, que regateemos, economicemos y midamos las auto expresiones de afecto. ¿Por qué debemos ser miserables con nosotros mismos? ¿Cuántas veces nos auto elogiamos, nos damos gustos y nos contemplamos? No suele haber tiempo para eso. Si el trabajo dignifica al hombre, el descanso y la recreación también. Planeamos con una exactitud rigurosa los compromisos asumidos, horarios de trabajo, presupuestos económicos, visitas de condolencia, cambios de aceite al carro, idas al dentista, etc. El tiempo libre es, en cambio, considerado como un efecto residual, algo que "sobra" después del trabajo y que muchas veces no sabemos qué hacer con él. El trabajo es sagrado y nuestro tiempo libre no. La sociedad actual nos lleva a cien kilómetros por hora en un viaje donde no hay tiempo para el paisaje. Si alguien se detiene, le pasan por encima... ¡No hay tiempo! El descanso se ha reducido a una función pasiva de recuperación de fuerzas. Muchas personas no duermen, ¡se desmayan! 

Debemos disponer de tiempo para los hijos, la pareja, los padres, pero no se nos ocurre utilizar algunas horas en beneficio propio. Pensamos que el tiempo mejor aprovechado es el destinado a producir bienes materiales o dinero. No nos interesa producir salud mental. Muchos de mis pacientes se sienten culpables cuando están sentados debajo de un árbol mirando cómo se mueven las hojas. Otros sólo ven en el campo la posibilidad de una finca ganadera: la inversión sólo se justifica si redunda en cosas vendibles. 

Es indudable que la cultura no enseña a "perder el tiempo" de manera psicológicamente productiva, esto es, dándonos gusto y contemplándonos. El miedo a caer en el ocio ha desarrollado un patrón de conducta hiperactivo. Irracionalmente creemos que es fundamental mantenerse "activos" casi todo el tiempo, o sea, haciendo algo. Se considera que pensar, soñar, fantasear, dormir, meditar o mirar, no es actuar. Así, dedicarse a uno, es sinónimo de vagancia o "buena vida". Si pensamos de este modo, jamás disfrutaremos de amarnos, ya que siempre podríamos estar haciendo algo "más productivo". Es un acto de irresponsabilidad no dedicar tiempo a ti mismo. 

Quererse a sí mismo, en principio, no debería ser distinto a querer a otros. Cuando amamos a alguien, intentamos hacérselo saber con actos dirigidos a producirle bienestar y satisfacción. De manera similar, debes demostrarte a ti mismo que te quieres con actos dirigidos a producir auto bienestar y auto satisfacción. 

Es absurdo que algo tan obvio no se cumpla. Casi siempre ocupamos el último lugar en nuestra capacidad de expresión de afecto. Vivimos postergando las gratificaciones que merecemos y nos decimos: "Algún día lo voy a hacer", pero ese día suele no llegar. Desde niños se nos inculca que el auto control y la postergación de lo placentero nos diferencia de los animales. Pensar que los humanos jamás deben reaccionar a sus deseos de manera inmediata y que deben aprender a esperar, se ha exagerado sin lugar a dudas. Postergar los reforzadores puede ser una habilidad importante en una dieta, para dejar de fumar o intentar no ser agresivo, pero si hacemos de la postergación del placer una manera de vivir, nos convertiremos en zombis. La vida irá perdiendo lentamente su lado ameno y satisfactorio. El costo será la insensibilidad. El estar con el freno de emergencia puesto las veinticuatro horas viendo si es prudente, adecuado,conveniente o no, puede llevarte al letargo afectivo y a la indiferencia absoluta. Perderás la capacidad de vibrar y de emocionarte. Crearás una coraza y te acostumbrarás a lo rutinario. 

La vida cotidiana en la cultura industrializada no ofrece demasiadas oportunidades de disfrute. Nos anestesia. Si dejamos de auto administrarnos una dosis de gratificación, nadie lo hará. El auto control no es, de ninguna manera, sinónimo de responsabilidad. Muchas personas se sienten irresponsables si se exceden o "caen" en ciertas tentaciones, como por ejemplo escaparse del trabajo un rato antes. La idea rígida del cumplimiento y el deber para con los otros nos ha hecho olvidar el compromiso que hemos contraído con nosotros mismos al llegar a este mundo: crecer como personas. Y es imposible crecer si no nos queremos nosotros mismos. No controles todos tus “antojos”. Tírate una canita al aire. Quítate el freno y date gusto. El mejor antídoto contra el malestar psicológico es el autorefuerzo. 

Filosofía hedonista

Hedonismo significa placer, satisfacción, regocijo, goce y bienestar. Una filosofía hedonista implica un estilo de vida orientado a buscar el disfrute y a "sacarle el provecho" a las cosas que nos rodean. No expresa, como creen algunos, una conducta irresponsable y descontrolada. Tampoco significa desconocer la importancia de la disciplina y la organización. La persona hedonista no es un corrupto superficial que sólo busca los placeres mundanos de comer y beber. Tratar de pasarla lo mejor posible no es sinónimo de vagancia, pereza o donjuanismo. No es evitar la lucha cotidiana y los problemas, sino reconocer honestamente lo que te hace feliz, trabajar activamente para conseguirlo y disfrutarlo (sentirlo) intensamente, sin culpas, ni remordimientos. Entre el extremo del auto control excesivo (ascetista) y la búsqueda desenfrenada del placer inmediato (epicureismo), hay un punto intermedio donde es posible el deleite responsable. La filosofía hedonista encierra la aceptación implícita del derecho a disfrutar. La filosofía anhedónica (lo contrario de hedonista) es el culto a la insensibilidad; es el mejor caldo de cultivo para que prospere la infelicidad.

 Si vives enfrascado en una forma de vida avara, perderás la posibilidad de vivir con pasión. Es imposible aprender a quererte a ti mismo si no aceptas vivir intensamente. Algunas personas confunden el "no sentirse mal" con el "sentirse bien”.  Dejar de auto castigarse y de sufrir no es suficiente. Hay que dar un paso más, premiarse y tener una filosofía orientada al placer. De otra forma tu vida, de por sí corta, se irá convirtiendo en simple y aburrida. Como un huevo sin sal: insípida. 

Uno de los grandes males del siglo veinte es la escasa capacidad de sentir pasión. No importa hacia qué, la pasión es darle sentido a la vida, es crear un sentimiento de alto grado de fuerza y vigor, es vibrar con energía. Algunos afortunados, aun bajo la fuerte influencia de la analgesia social, logran una pasión que los lleva al pleno potencial hedonista. No hace falta subir la montaña más alta del mundo o cruzar a nado el Amazonas. El pleno disfrute se observa también en las cosas cotidianas, como coleccionar escapularios, cultivar rosas, leer, ir al cine, escribir, cocinar, jugar ajedrez, ser radioaficionado, pintar, etc. Cualquier cosa que elijas puede convertirse en tu pasión, si trabajas activamente para ello.

Si sabemos que es vital para nuestra salud mental, ¿por qué no somos hedonistas?, ¿Por qué nos resignamos a un estilo de vida rutinario y poco placentero? Los humanos, quizás por querer ser "demasiado humanos", hemos perdido algunas capacidades fundamentales que heredamos de nuestros antecesores animales. El desarrollo de la corteza cerebral y del lenguaje, si bien ha permitido evolucionar en muchos aspectos, nos ha alejado del legado sub cortical-emocional de nuestro pasado filogenético en dos factores principales: la conducta de exploración y la sensibilidad emocional. 

La exploración es uno de los comportamientos que más garantiza el desarrollo inteligente y el desarrollo emocional de nuestra especie. La búsqueda permite el descubrimiento de las fuentes de alimentación, de guaridas y del apareamiento sexual en las especies inferiores. Esta investigación instintivamente generada, ayuda a que el sistema conductual heredado se enriquezca y permite aumentar el repertorio de recursos para afrontar peligros y preverlos. Es una forma de auto estimulación. 

Algunas características de la vida animal son el desplazamiento y la modificación del medio para ponerlo al servicio de la subsistencia. La curiosidad es uno de los factores que ha permitido el desarrollo y mantenimiento de la vida en el planeta. Husmear, escudriñar y explorar, llevan a una de las mayores satisfacciones: el descubrimiento y la sorpresa. La exploración abre puertas que estaban cerradas a los sentidos y al asombro. Chocar con una realidad insospechada y quedar pasmados ante el hallazgo, boquiabiertos y suspendidos en un mar de incógnitas no resueltas, es sin duda una de las mayores emociones. 

Lastimosamente, la civilización actual ha ejercido influencias desastrosas sobre nuestra capacidad de búsqueda. El avance tecnológico ha contribuido a la pereza y a la indolencia. Cada día caminamos menos. Nuestra vida ya no depende tanto de la capacidad de exploración. La atrofia del espíritu indagador ha dado paso a la costumbre sedentaria del ocio. La inercia ha reemplazado la audacia del explorador. Hemos desarrollado una intolerancia a la incomodidad que nos lleva a la postración, impidiendo ensayar cosas nuevas y experimentar. Poseemos listas interminables de rutinas y nos enorgullecemos estúpidamente de ellas porque generan "estabilidad". Somos más teóricos que empíricos. Tenemos miedo a lo desconocido, pocas veces nos aventuramos más allá de nuestro territorio y cuando lo hacemos organizamos las cosas de tal forma que nada escape a nuestro control; nada de imprevistos. 

El que busca encuentra. La felicidad no llega a la puerta; hay que salir a buscarla y pelear por ella. ¿Hace cuánto que no sales a vagar sin rumbo fijo? ¿Qué no improvisas? ¿Desde hace cuánto no ensayas comidas, ropas, paseos, deportes o nuevas posiciones en el sexo? La frase que sirve como motor es: "¿Qué tal será ensayar esto?" Cuando induzco a mis pacientes a que incrementen su ambiente motivacional, muchos me dicen: "¿Y qué hago?". Yo les contesto: "Buscar". No hay una lista prefabricada sobre qué hacer de bueno con la propia vida. Hay que fabricarla escudriñando e indagando, y de cada diez puertas que abras, posiblemente una te muestre algo interesante y maravilloso que justifique el esfuerzo. La premisa más vale malo conocido que bueno por conocer, se convierte con el tiempo en la clave del entumecimiento y la inactividad emocional. Cuando lo cotidiano se vuelve demasiado usual y puedes prever tu futuro inmediato, significa que no has explorado lo suficiente. Cuando lo corriente se vuelve ritual, es hora de explorar. Necesitas desacostumbrarte y construir tu propia ecología.  Si has perdido la capacidad de exploración, debes recuperarla. De otro modo jamás podrás acercarte a una filosofía hedonista. 

El segundo factor que interfiere con un estilo de vida placentero es la capacidad de sentir.  Algunas personas sólo perciben lo evidente. Si están en las cataratas del Niágara sólo verán "mucha agua". Cuando estén frente a un vitral, sólo verán un "vidrio pintado". El amanecer les recordará que llegó la hora de dormirse.  Una mañana de sol les hará anticipar un día caliente. La lluvia sólo les impulsará a buscar un resguardo para "no mojarse". 

Los sentidos primarios han sufrido, sin lugar a dudas, un adormecimiento. El olfato y el tacto han ido perdiendo importancia adaptativa para nuestra especie, pero son fuentes de placer si se reactivan. El oído se ha especializado en el lenguaje y ha perdido capacidad para detectar y discriminar otros sonidos de la naturaleza. El mirar, "sin echarle mucha cabeza", ha quedado en un segundo plano. 

El sistema de procesamiento de la información humano tiene dos formas de operar. Una es voluntaria o controlada, y la otra automática o no consciente. La primera depende de aquellos estratos más desarrollados del sistema nervioso central (hemisferio izquierdo de la corteza cerebral) y procesa información lógico-lingüística. La segunda se estructura sobre la base de sistemas fisiológicos más antiguos (sistema límbico, hemisferio derecho, sistema nervioso autónomo) y procesa información emocional-afectiva. El sentimiento, a diferencia de los procesos de pensamiento, tiene algunas características que le son propias: es automático (no consciente), requiere menos esfuerzo mental, es inescapable, irrevocable, total, difícil de verbalizar, difícil de explicar y de entender.  Cabe señalar que si bien ambos tipos de procesamiento presentan características distintas, interactúan y se entremezclan permanentemente. Dependiendo del caso, habrá predominio del uno o del otro. Es muy difícil la emoción pura o la lógica pura. Dicho de otra forma, si bien los sentimientos tienen un canal propio de procesamiento, éstos pueden verse obstaculizados o facilitados por la influencia de nuestros pensamientos. Nuestra cultura, por puro aprendizaje social, privilegia la razón sobre la emoción, es decir, que el cerebro más joven y evolucionado ejerza control sobre el más antiguo. Esto ha sido un avance evolutivo importante en la adaptación de nuestra especie, ya que algunas emociones potencialmente peligrosas, como por ejemplo la ira, han sido reprimidas de manera considerable. Sin embargo, el costo que hemos pagado por esta política de economía emocional, ha sido el sub-yugamiento de la emoción a la razón. 
Hemos generado la insana costumbre de pensar demasiado sobre lo que sentimos, aunque el sentimiento sea positivo. 




Pág 20 del libro:      Aprendiendo a quererse a sí mismo