jueves, 19 de mayo de 2011

CONFÍA EN TÍ MISMO DE RALPH WALDO EMERSON (1803 - 1882)


                                                                Ralph Waldo Emerson
                                                                     (1803 - 1882)
                                                              CONFIA EN TI MISMO

No hay grande ni pequeño
para el alma que lo hace todo.
Donde ella llega, todas las cosas están,
y llega a todas partes.
Yo soy dueño de la esfera,
de las siete estrellas y del año solar.
De la mano de César y del cerebro de Platón,
del corazón del Señor y del arte de Shakespeare.

Hay una inteligencia común en todos los individuos humanos. Cada hombre es una entrada a esa inteligencia y a cuanto en ella existe. El que es admitido una vez al derecho de razón, se convierte en el dueño de toda la propiedad.

 Lo que pensó Platón lo puede pensar él. Puede sentir lo que ha sentido un santo: puede entender lo que ha sucedido en cualquier época a cualquier hombre. El que tiene acceso a este espíritu universal, es un partícipe de todo lo que se ha hecho o puede hacerse, pues éste es el único y soberano agente.

En la confianza en sí mismo están comprendidas todas las virtudes.

El hombre debe ser libre, libre y valiente. Libre hasta de la definición de libertad, sin impedimento alguno que no salga su propia Constitución. Valiente, pues: El temor nace siempre de la ignorancia.

Es una vergüenza para él que su tranquilidad en una época peligrosa se derive de la presunción de que, como los niños y las mujeres, pertenece a una clase protegida; o que busque una paz temporal, apartando sus pensamientos de la política o de las cuestiones engorrosas, ocultando su cabeza como el avestruz en
los arbustos floridos; atisbando por los microscopios o traduciendo versos, como silba un niño para mantener su valor en la oscuridad. Si hace eso, él peligro sigue siendo un peligro y el temor se hace aún peor. Debe hacerle frente varonilmente. Debe mirarlo a los ojos y escudriñar su naturaleza, reconocer su origen, que no está muy atrás. Así encontrará en sí mismo una completa comprensión de la naturaleza y de la extensión de ese peligro, sabrá por donde tomarlo y en adelante podrá desafiarlo e imponerse a él.


El mundo es de quién puede ver a través de sus apariencias.

La sordera, la completa ceguera, el gran error que observamos existen únicamente gracias a la tolerancia, a tu propia tolerancia. Si te das cuenta de que se trata de una mentira le habrás dado ya un golpe mortal.

El alma oye siempre en estrofas un mensaje, cuálquiera que sea el tema. El sentimiento que derraman vale más que el pensamiento que puedan contener.
Creer en vuestro propio pensamiento; creer que lo que es verdadero para uno en la intimidad del corazón es verdadero para todos los hombres: eso es el genio.
Expresar vuestra convicción latente, será a su tiempo el sentir universal; ya que lo más íntimo llega a ser lo más externo; y nuestro primer pensamiento nos es devuelto por las trompetas del juicio final.

Por familiar que sea para cada uno la voz del espíritu, el mayor mérito que concedemos a Moisés, Platón y Milton, es que reducen a la nada libros y tradiciones, y no dicen lo que los hombres pensaron, sino lo que han pensado ellos. El hombre debería observar, más que el esplendor del firmamento de bardos y sabios, ese rayo de luz que atraviesa su alma desde dentro. Sin embargo, rechaza su pensamiento precisamente porque es suyo.

En cada obra del genio reconocemos nuestros propios pensamientos rechazados; vuelven a nosotros con cierta majestad prestada. Las grandes obras de arte no poseen una lección más interesante que ésta. Nos enseña a preservar con amable inflexibilidad en nuestras impresiones espontáneas, sobre todo cuando las voces están del otro lado. Tal vez mañana dirá un desconocido, con seguro buen sentido, lo que ya habíamos pensado, y nos veremos obligados a recibir de otro, avergonzados, nuestra propia opinión.

Hay un momento en la formación de todos los hombres en que llega a: La convicción de que la envidia es ignorancia; y la imitación un suicidio.

Que tiene que tomarse a sí mismo, bueno o malo, como parte propia. Que aunque el ancho mundo esté lleno de oro, no le llegará ni un gramo de trigo por otro conducto que no ser el del trabajo que dedique al trozo de terreno que le ha tocado en suerte cultivar. El poder que reside en él es nuevo en la naturaleza, y nadie más que él sabe lo que puede hacer, ni lo sabe hasta que lo ha probado.

Por algo un rostro, un carácter, un hecho, le causa una honda impresión. Y otros no le producen ninguna. No se comprende el que sin una armonía preestablecida se grabe esto en la memoria. Él ojo fue colocado dónde debía caer un rayo de luz con el fin de dar testimonio de ese rayo. No nos expresamos sino a medias, y nos sentimos avergonzados de esa idea divina que cada uno de nosotros representa.Podemos confiar en ella con seguridad, por ser proporcionada y de buen resultado; por ello debe ser manifestada fielmente, pues Dios no desea que su obra sea revelada por cobardes.


Un hombre se queda tranquilo y contento cuando ha puesto el corazón en su obra y a hecho todo lo posible que ha podido; pero lo que ha dicho o hecho de otra forma no le dará sosiego. Es una liberación que no libera. En el intento, su genio le abandona; ninguna Musa le conforta. Ninguna invención, ninguna esperanza.

Confía en ti mismo:

Todo corazón vibra ante esta cuerda de hierro.
Acepta el lugar que la divina providencia ha encontrado para ti; acepta la sociedad de tus contemporáneos, la conexión de los acontecimientos. Los grandes hombres lo han hecho así, confiándose infinitamente al genio de su época; revelado su creencia de que lo absolutamente digno de fe residía en su corazón, trabajan con sus manos, e imperaba en todo su ser.

Nosotros somos ahora hombres y debemos aceptar con él espíritu más alto el mismo destino trascendente; y no somos menores de edad ni inválidos metidos en un refugio, ni cobardes que huyen ante una revolución, sino guías, redentores y benefactores, obedientes al esfuerzo del todo poderoso; avancemos, pues, entre
el caos y la oscuridad.

¡Qué magníficos oráculos nos ofrece la naturaleza en este texto, en la conducta y en el rostro de los niños, de las criaturas y los animales! Estos seres no tienen ese espíritu rebelde y dividido, esa desconfianza en un sentimiento, porque nuestra aritmética ha calculado la fuerza y los medios opuestos a nuestros fines. Su mente se haya aún entera, sus ojos no han sido dominados aún, y cuando miramos sus semblantes nos quedamos desconcertados. La infancia no se amolda a nadie: todos se amoldan a ella, de forma que un pequeño logra que cuatro o cinco personas mayores charlen y jueguen con él. Por eso Dios ha dotado a la niñez, a la pubertad y a la edad adulta con no menores atractivos y encantos; las ha hecho envidiables y graciosas dotándolas de derechos indiscutibles, si saben mantenerse por sí mismas.

No creas que este joven carece de fuerza porque no puede contender con nosotros.

¡Atiende! En la habitación contigua su voz es suficientemente clara y fuerte. Parecen que sabe cómo ha de hablar ha sus contemporáneos, sabrá la forma de convertirnos, luego, en personas mayores totalmente innecesarias.

La indiferencia de los muchachos que están seguros de tener su comida y despreciarían tanto como lord el hacer o decir nada para atraer la benevolencia de nadie, es la actitud saludable de la naturaleza humana. Un muchacho está en un salón como una butaca en un teatro: independientemente, irresponsable, mirando
desde su rincón las cosas y las personas que pasan ante su vista, las juzga y las sentencia conforme a sus méritos, del modo rápido y sumario de los muchachos, calificándolas de buenas, malas, interesantes, tontas, elocuentes o aburridas. No se doblega nunca ante las consecuencias ni ante los intereses; da un veredicto
independiente y auténtico. Tendrás que hacerle la corte; el no te la hace. Pero el hombre está en el calabozo, digámoslo así, por su conciencia. Tan pronto como ha actuado o hablado de manera patente, se convierte en una persona comprometida, vigilada por la simpatía o el odio de centenares de seres, cuyas
impresiones ha de tener en cuenta en adelante. Para esto no hay ningún Leteo.

Quien pueda de este modo evitar todos los lazos, y después de haber sido un observador observe de nuevo con la misma inocencia desapasionada, imparcial, incorruptible, impávida, tiene que ser siempre formidable.
Expresará opiniones sobre todos los asuntos de actualidad, que, al verse que no son privadas, sino producto de la necesidad, se hundirán como dardos en los oídos de los hombres y les causarán un gran temor.

Estas son las voces que oímos en la soledad, pero debilitan cuando entramos en el mundo. En todas partes la sociedad conspira contra la hombría de sus miembros. La sociedad es una compañía por acciones, cuyos miembros deciden sacrificar la libertad y la cultura del accionista para asegurar el pan de cada partícipe. La virtud más exigida es la conformidad. La confianza en sí mismo es su aversión. No quiere realidades ni creadores, sino nombres y usos. (quien es y para que sirve). Quien aspire a ser hombre tiene que ser no conformista. Quien desee ganar las palmas inmortales no debe detenerse ante el nombre del bien, debe de explorar si en efecto es el verdadero bien.


Nada es sagrado, excepto la integridad de nuestra alma.

Absuélvete tú mismo y tendrás el sufragio del mundo. Recuerdo una respuesta que, muy joven aún, tuve que dar a un consejero eminente que solía importunarme con las viejas doctrinas de la Iglesia. Al decirle: ¿qué me importa la santidad de las tradiciones, si vivo una vida completamente interior?, me contestó: "Pero esos impulsos pueden venir de abajo y no de arriba." Yo le repliqué; "No me parece que sea así; pero si soy hijo del Diablo, viviré del Diablo." Para mí no hay más ley sagrada que la de mi naturaleza. Bueno y malo no son sino nombres que pueden fácilmente transferirse de esto a lo otro; lo único recto es lo que resulta conforme a mi ser; lo único ilícito, lo contrario a él. El hombre debe conducirse en presencia de cualquier oposición, como si todas las cosas -salvo él- fueran efímeras y simples apariencias. Estoy avergonzado de ver con cuánta facilidad nos rendimos a símbolos y nombres; a grandes sociedades y a instituciones
muertas. Cualquier hombre bien portado y bien hablado me impresiona más de lo debido. Necesito marchar rectamente, mostrar vitalidad y hablar siempre el rudo lenguaje de la verdad. Si la malicia y la vanidad visten el traje de la filantropía, ¿lo ejaré pasar? Si un hipócrita irritado hace suya la hermosa causa de la abolición de la esclavitud y se acerca para comunicarme las últimas noticias de Barbados,
¿por qué no he de decirle: "Ve y ama a tu hijo; ama a tu leñador; sé bondadoso y modesto; hazme ese favor; y no disfraces nunca tu dura y poco caritativa ambición con esta increíble ternura por los negros que viven a miles de millas de distancia.
Tu amor por lo distante no es más que despreocupación en tu país?" Áspero y cruel sería este saludo.


Pero la verdad es más hermosa que el fingimiento del amor.

Vuestra bondad debe tener alguna espina, o no es nada. La doctrina del odio debe predicarse en oposición a la doctrina del amor cuando éste gime y lloriquea. Abandono padre, madre, esposa y hermano cuando mi genio me llama. Yo escribiría sobre el dintel de la puerta: Capricho. Creo que en esto hay algo más que capricho; pero no podemos perder el tiempo en explicaciones. No esperes que te revele la causa del por qué busco o rehuyo de la sociedad. Y no me digas, como hizo hoy un buen hombre, que tengo el deber de prestar mi apoyo a todos los pobres. ¿Son ellos mis pobres? Te declaro, ¡oh, filántropo tonto!, que me duele el duro, la peseta, los cinco céntimos que doy a hombres que no me pertenecen y a los cuales no pertenezco. Hay una clase de personas a las que estoy ligado por toda la afinidad espiritual; por ellas iré a la cárcel, si es necesario; pero vuestras diversas caridades populares; la educación en un colegio de necios; la
construcción de lugares de reunión para el vano fin a que muchas se dedican ahora; las limosnas a los tontos y a los millares de sociedades de socorro (aunque confieso con vergüenza que a veces sucumbo y doy el duro); éste es un duro maldito que poco a poco tendré la hombría de negar.

Las virtudes son, en la estimación popular, más bien la excepción que la regla. Hay el hombre y sus virtudes. Los hombres hacen lo que se entiende por una buena acción, un acto de valor o de caridad, en gran parte como si quisieran pagar una multa para no ser señalados con el dedo. Sus obras vienen a ser como una
excusa o una atenuación de la vida que llevan en el mundo, lo mismo que los inválidos y los locos pagan una pensión más elevada. Sus virtudes son penitencias. Yo no deseo expiar, sino vivir.

Mi vida no es una apología, sino una vida, existe por sí misma y no como un espectáculo.

Prefiero con mucho que tenga menos ostentación y sea más natural e igual, en vez de brillante y desarreglada. La quiero sana y apacible, y que no me imponga dietas ni sangrías. Pido la prueba de que eres un hombre y rehuso llamar hombre a las acciones. Sé que para mi no constituye ninguna diferencia el que ejecute o evite esas acciones que se consideran excelentes. No puedo consentir el pagar como privilegio aquello a que tengo derecho intrínseco. Por escasas y humildes que sean mis dotes, yo soy realmente, y no necesito, para mi propia certidumbre o para la de mis semejantes, de ningún testimonio secundario.


Lo que tengo que hacer es lo que me concierne, no lo que la gente cree.

Esta regla, tan difícil en la vida práctica como en la intelectual, puede servir para establecer una distinción completa entre la grandeza y la mediocridad. Es muy difícil de seguir, por que siempre hallaras personas que creen saber cual es tu deber mejor que tu mismo. Es fácil vivir en el mundo según la opinión del mundo.
Es fácil vivir en la sociedad según la propia opinión. Pero el hombre grande es aquel que en medio de muchedumbre conserva con perfecta dulzura la independencia de la soledad.


La razón por la que no debemos conformarnos con usos que están muertos para nosotros, es que disipan nuestras fuerzas. Nos hacen perder el tiempo y borran el sello de nuestro carácter. Si sostienes una iglesia sin vida; si contribuyes  amantener una sociedad bíblica muerta; si votas con un gran partido, ya sea en pro o en contra del gobierno; si pones tu mesa como un hospedero vulgar, me será difícil percibir claramente, a través de todas esas pantallas, qué clase de hombre eres. Y naturalmente, ello equivale a otra tanta fuerza sustraída a tu propia vida. Pero haz tu obra y te conoceré. Haz tu obra y te fortalecerás

El hombre debe considerar qué clase de juego de gallina ciega es ése de la conformidad. Si se cual es tu secta conozco de antemano tu argumento. Oigo anunciar a un predicador que explicara por medio de un texto la conveniencia de una de las instituciones de su Iglesia. ¿Qué no sé de antemano que es imposible
que diga nada nuevo o espontáneo? ¿No sé que, con todo su alarde de querer examinar los fundamentos de la institución, no lo hará? ¿No sé que se ha comprometido consigo mismo a no mirar el asunto sino bajo determinado aspecto, el que le es permitido, no como hombre sino como ministro de esa Iglesia? Es un
defensor contratado y la arrogancia que despliega es vacía afectación. Pues bien; la mayoría de los hombres se vendan los ojos con un pañuelo de una clase u otra y se esclavizan a una de las opiniones comunes. Esta conformidad los hace ser ya falsos en ciertos casos determinados, no ya autores de algunas mentiras, sino
falsos en todo. Ninguna de sus verdades es completamente verdadera. Su dos no es un verdadero dos; su cuatro no es un verdadero cuatro; de modo que cada palabra que profiere nos enfada y no sabemos por dónde hemos de empezar a rectificar sus afirmaciones. Por otra parte, la naturaleza no tarda en vestirnos de
un uniforme carcelario del partido al que nos afiliamos.

Llegamos a tener cierto corte de cara y cierta figura.

Y a adquirir gradualmente la más hermosa expresión asnal. Hay un hecho, mortificante en lo particular, que no deja de cumplirse en la historia general. Me refiero a la "estúpida cara del elogio", a la sonrisa forzada que fingimos en una sociedad donde no nos encontramos a nuestras anchas, para sostener una
conversación que no nos interesa. Los músculos del rostro, movidos, no de modo espontáneo, sino por voluntad usurpadora, se ponen tirantes con la sensación más desagradable.

Por la disconformidad el mundo té azota con su desagrado. Y, por consiguiente, el hombre debe saber cómo valorar una cara agria. Los espectadores le miran de soslayo en la plaza pública o en un salón amigo. Si esta aversión tuviera su origen en un desdén y resistencia semejantes a los suyos, podría retirarse a casa con triste continente; pero las fisonomías malhumoradas de la multitud, lo mismo que sus gestos afables, no reconocen ninguna causa profunda, sino que cambian alternativamente con el soplo del viento o a impulsos de un periódico. A pesar de esto, el descontento de las masas es más formidable que el del Parlamento o el
de la Universidad.

Al hombre firme que conoce el mundo, le es bastante fácil soportar la hostilidad de las clases ilustradas.

La irritación de éstas es moderada y prudente, debido a su timidez, ya que son también muy vulnerables. Pero cuando a su cólera femenina se agrega la indignación del pueblo; cuando se excitan el ignorante y el pobre; cuando gruñe y se enfurece la fuerza bruta e inteligente que yace en el fondo de las sociedades, se necesitan los hábitos de la magnanimidad y la religión para tratarla a la manera de un dios, como una bagatela sin importancia.
Otro temor, que nos aleja de la confianza en nosotros mismos, es nuestra consecuencia: la reverencia por nuestros actos o nuestras palabras pasadas. Porque los ojos de los demás no tienen otros elementos para calcular nuestra órbita que nuestros actos pasados, y no nos sentimos con ánimo de defraudarlos. Pero ¿por qué hemos de tener la cabeza vuelta hacia atrás? ¿Por qué arrastrar el cadáver de la memoria, para no contradecir algo que hemos dicho en este o en aquel lugar publico?

Supongamos que tuviéramos que contradecirnos, ¿y qué?

Parece ser una norma de prudencia el no confiar nunca exclusivamente en la memoria, sino traer el pasado a juicio ante el presente de mil ojos.

Y vivir siempre en un nuevo día.

En tu metafísica has negado personalidad a la Divinidad; sin embargo, cuando tu alma se siente movida por las emociones religiosas, entrégale alma y vida, aunque tengas que revestir a la Divinidad de forma y color. Abandona tu teoría, como dejo su capa José en manos de la adúltera, y huye. La necia consecuencia es el
fantasma de las mentes apocadas, adorada por los estadistas, filósofos y teólogos de poca monta. A un alma grande, la consecuencia le trae sin cuidado. Le preocupa lo mismo que la sombra que proyecta en la pared.

Decid con energía lo que pensáis ahora, y mañana decid lo que pensáis entonces, con la misma energía.

Aunque contradiga lo que hayáis dicho hoy: "¡Ah!, de ese modo se tiene la seguridad de ser mal interpretado." ¿Es tan malo, entonces, el ser mal interpretado? Pitágoras fue mal interpretado, y lo fueron Sócrates, Jesús, Lutero y Galileo, y lo fueron todos los espíritus puros y graves que han honrado a la
humanidad. Ser grande es ser mal comprendido.

Supongo que nadie puede violar su naturaleza. Todos los salientes de su voluntad son suavizados por la ley de su ser, lo mismo que las desigualdades de los Andes y del Himalaya son insignificantes en la curva de la esfera. No importa tampoco como lo juzguéis y midáis. Un carácter es como un acróstico o una estrofa
alejandrina: leída hacia delante, hacia atrás o de través, siempre dirá lo mismo. En esta grata y retirada vida de los bosques que Dios me permite.

Dejadme registrar sin cálculos para el futuro o el pasado día por día mi honrado pensamiento.

Y no dudo de que se le encontrará simétrico, aunque tal no sea mi propósito, ni yo lo vea así. Mi libro olerá a pinos y tendrá el eco del zumbido de los insectos. La golondrina posada en mi ventana entretejerá también en mi tela ese hilillo de paja que lleva en el pico. Pasamos por lo que somos. El carácter aparece por encima
de nuestros deseos. Los hombres creen que dan a conocer solamente su virtud o su vicio por acciones ostensibles y no reparan en que su virtud o su vicio se exhala en su aliento a cada instante.

Habrá acuerdo entre vuestras acciones más diversas, si cada una de ellas es honrada y natural en su momento. Las acciones de una voluntad serán todas armónicas, por desemejantes que parezcan. Esa variedad se desvanece a corta distancia, a escasa altura del pensamiento. Una misma tendencia les da unidad. El viaje del mejor barco es una línea quebrada de cien bordadas. Mirad la línea desde una distancia suficiente y veréis como se endereza.

Vuestra acción auténtica se explicará a sí misma. Y explicara vuestras demás acciones auténticas

Vuestra conformidad no explica nada. Actuad sencillamente, y lo que hayáis hecho ya de ese modo, os justificará ahora. La grandeza apela al futuro. Si tengo hoy la firmeza suficiente para obrar con rectitud que me sirva de defensa ahora. Sea como sea, haced el bien.

Desdeñad las apariencias, y siempre podréis desdeñarlas.

La fuerza del carácter es acumulativa. Todos los días previos de virtud influyen con su salud en éste. ¿Qué es lo que constituye la majestad de los héroes del Senado y del campo de batalla, que llena tanto la imaginación? La conciencia de tener tras de sí una serie de grandes días y victorias, que proyectan una luz
continua sobre el actor que avanza, seguido de una escolta visible de ángeles.
Eso es lo que hace tronar la voz de Chatham y da dignidad al porte de Washington y pone a América en la mira de Adams.

El honor nos parece venerable porque no es efímero. Es siempre virtud antigua. Lo adoramos hoy porque no es de hoy. Lo amamos y le tributamos homenaje por que no es un señuelo para sorprender nuestro amor y nuestro respeto, sino que depende y deriva de sí mismo y tiene, por consiguiente, una antigua e inmaculada
genealogía, aún mostrándose en un joven. Espero que en estos días hayamos oído hablar por última vez de conformidad y consecuencia; que estas palabras sean denunciadas y ridículas en adelante. En vez de gong que convoca al festín, oigamos el silbato del pífano espartano.
Prescindamos ya de cortesías y de excusas. Un gran hombre viene a comer a mi casa: no deseo agradarle; deseo que él desee agradarme.
Represento a la humanidad, y aunque quisiera hacerla amable, quisiera hacerla verdadera.

Denostemos y censuremos la suave mediocridad y ese mezquino contento de los tiempos y lancemos a la faz de la costumbre, del comercio, de la administración, el hacho que resulta de toda la historia: que hay un gran pensador y actor responsable dondequiera que un hombre actúa; que un hombre verdadero no
pertenece a ninguna época ni lugar, sino que es el centro de las cosas. Donde está él está la naturaleza. El os mide, y a todos los hombres, y a todos los acontecimientos. Ordinariamente, todo el mundo nos recuerda alguna otra cosa, o alguna otra persona. El carácter, la realidad, no os recuerda ninguna otra cosa; ocupa el lugar de la creación entera. El hombre debe serlo hasta tal punto que las circunstancias le sean indiferentes.

Cada hombre verdadero es una causa.

Un país, una época: necesita espacio, números y tiempos infinitos para cumplir con plenitud sus designios, y la posteridad parece seguir sus pasos con una escolta de clientes. Nace César, y durante siglos tenemos un Imperio romano.
Nace Cristo, y millones de almas se adhieren a su genio, hasta el extremo de identificarlo con la virtud y con todas las posibilidades humanas. Una institución es la sobra prolongada de un hombre, como, por ejemplo, el monaquismo, eremita Antonio; la Reforma, de Lutero; el cuaquerismo , de Clarkson. Milton llamaba a
Escipión "la cama de Roma", y toda la historia se resuelve con suma facilidad en la biografía de unas cuantas personalidades fuertes y sinceras.

Que el hombre conozca su valor y mantenga las cosas bajo sus pies. Que no husmee, ni robe, ni se oculte acá o allá, con el aire de un hospiciano, de un bastardo o de un contrabandista, en un mundo que existe para él. Pero el hombre de la calle, al no encontrar en sí mismo un mérito que corresponda a la fuerza que
construyó esa torre o esculpió ese dios de mármol, se siente pobre cuando lo contempla. Para él, una estatua, un palacio o un libro precioso tienen un aire extraño y prohibitivo, muy semejante a una alegre comparsa, y parecen decirle de paso: ¿quién eres?. Y, sin embargo, todo es suyo, solicita su atención y suplica a sus facultades que vengan a tomar posesión de ello.

El cuadro aguarda mi veredicto;
no le corresponde darme órdenes;
soy yo quien debe determinar su derecho al elogio.


La fábula popular del tonto a quien recogen en la calle borracho perdido, lo llevan al palacio del duque, lo lavan y acuestan en el lecho de éste, y cuando se despierta lo tratan con la misma obsequiosa ceremonia como si fuera el duque, y le aseguran que ha estado loco, debe su fama al hecho de simbolizar muy bien el estado del hombre, el cual es en el mundo una especie de imbécil, pero de tiempo en tiempo se despierta, ejercita su razón y se halla con que es un verdadero
príncipe.

Nuestra lectura es mendicante y aduladora. En historia nuestra imaginación nos engaña. Reino y señorío, poder y propiedad, son un vocabulario más pomposo que el particular de Juan y Eduardo en una casa pequeña y en su corriente tarea diaria; pero las cosas de la vida son las mismas para ambos; la suma total de
ambos es la misma. ¿por qué toda esa deferencia a Alfredo, y a Scanderberg, y a Gustavo? Supongamos que eran virtuosos: ¿agotaron la virtud? Una apuesta tan grande depende de vuestro privado acto de hoy, como consecuencia de los pasos públicos y renombrados. Cuando los particulares obren con criterios originales, el brillo pasará de las acciones de los reyes a las de los hombres honestos. El mundo ha sido adoctrinado por sus reyes, que de este modo han magnetizado los ojos de las naciones. Ese colosal símbolo ha enseñado la mutua reverencia que el hombre debe al hombre. La gozosa fidelidad con que los hombres han soportado que el rey, el noble o el gran propietario pase en medio de ellos con su ley propia; que establezca su escala propia de los hombres y de las cosas y abata las aspiraciones de los otros; que paguen sus beneficios, no con dinero, sino con honores, y que encarnen la ley de su persona, fue el jeroglífico con que expresaron oscuramente la conciencia de su propio derecho y valer, el derecho de todo ser humano.

El magnetismo que ejerce toda acción original se explica cuando nos preguntamos por la razón de la confianza en uno mismo. ¿Quién es el fiador? ¿Cuál es ese yo aborigen, en el que puede basarse una confianza universal? ¿Cuáles son la naturaleza y el poder de esa estrella que se burla de la ciencia, de esa estrella sin paralaje, sin elementos calculables, que lanza un rayo de belleza sobre las acciones triviales e impuras, si aparece la menor señal de independencia? La  investigación nos lleva a esa fuente que es a la vez el origen del genio, de la virtud y de la vida, que designamos con el nombre de Espontaneidad o Instinto. Llamamos Intuición a esta sabiduría primaria, mientras que todas las enseñanzas posteriores son aprendizaje. En esa fuerza profunda, hecho último ante el cual se detiene el análisis, está el origen común de todas las cosas. Porque el sentimiento del ser, que en horas de calma surge en el alma, no sabe cómo, no es nada diferente de las cosas, del espacio, de la luz, del tiempo, del hombre, sino uno con ellos; y procede claramente del mismo material, de donde proceden también su vida y su ser.

Primero compartimos la vida por la que las cosas existen y luego las vemos en la naturaleza como apariencias, y olvidamos que hemos sido partícipes de su causa. Aquí esta la fuente de la acción y del pensamiento. Esos son los pulmones de esa inspiración que da al hombre la sabiduría, y que no puede negarse sin incurrir en impiedad o ateísmo.

Reposamos en el seno de la inmensa inteligencia, que nos hace receptores de su
verdad, y órganos de su actividad.

Cuando discernimos la justicia y la verdad sólo permitimos el paso a sus rayos. Si preguntamos de dónde viene esto, si tratamos de espiar esas causas en el alma, toda la filosofía falla. Lo único que podemos afirmar es su presencia o ausencia. Todos los hombres distinguen entre los actos voluntarios de su mente y sus
percepciones involuntarias, y saben que deben prestar a estas últimas fe ciega. Podemos errar en la expresión de éstas, pero sabemos que son así, y que como el día y la noche, no cabe discutirlas. Mis acciones y adquisiciones voluntarias no son sino cosas errabundas; pero el ensueño más ligero, la emoción nativa más débil, solicitan mi curiosidad y respeto. La gente insensata contradice con tanta facilidad el resultado de una percepción como el de una opinión, o quizá con más facilidad, pues no distinguen entre percepción e idea. Creen que depende de mi elección el ver esto o lo otro; y, con el tiempo, toda la humanidad -aunque puede ocurrir que nadie lo haya visto antes que yo-. Pues mi percepción de él es un
hecho, tanto como lo es el sol.
Las relaciones del alma con el espíritu son tan puras, que es una profanación el tratar de buscar intermediarios. Tiene que ser que cuando Dios hable debe comunicar, no una cosa, sino todas las cosas; llenará el mundo con su voz; esparcirá la luz, la naturaleza, el tiempo, las almas, desde el centro del
pensamiento actual, y fechará y creará el mundo de nuevo.

Siempre que un alma es sencilla y recibe la sabiduría divina, las cosas viejas se disipan: medios, maestros, textos, templos, caen.

Vive ahora y absorbe pasado y futuro en la hora presente. Todas las cosas se hacen sagradas con relación a esto: tanto una como otra. Todas son disueltas hasta su centro por su causa y, en el milagro universal, todos los milagros particulares y minúsculos desaparecen. Por lo tanto, si un hombre pretende conocer a DIOS y hablar de Él, y os hace retroceder a la fraseología de alguna vieja nación destruida, de otro país, de otro mundo, no le creáis. ¿Vale más la bellota que el roble, que es su plenitud y perfección? ¿Vale más el padre que el hijo, en el que ha vertido su ser maduro? ¿por qué, entonces, este culto al pasado? Los siglos conspiran contra la salud y la autoridad del alma. El tiempo y el espacio no son sino colores fisiológicos que el ojo hace; pero el alma es luz; donde está, es de día; donde estuvo, es de noche. Y la historia es una
impertinencia y una injuria si se la considera como algo más que una parábola o un epílogo agradable de mi ser y de lo que voy a ser. El hombre es tímido y tiende a disculparse; no obra rectamente; no se atreve a decir: "pienso", "soy", sino que cita a algún sabio o santo. Se avergüenza ante la brizna de la hierba o ante la rosa que florece. Estas rosas que se hallan bajo mi ventana no hacen ninguna referencia a unas rosas anteriores o mejores; son lo que son; existen hoy con Dios. Para ellas no hay tiempo. Hay simplemente la rosa; es perfecta en cada momento de su existencia. Antes de brotar una yema en la planta, su vida entera
actúa; en la flor plenamente abierta no hay nada más; en la raíz sin hojas, no hay nada menos. Su naturaleza está satisfecha, y ella satisface a la naturaleza, igualmente, en todos los momentos. Pero el hombre pospone o recuerda; no vive en el presente, sino que volviendo los ojos, lamenta el pasado, o, desatento a las riquezas que le rodean, se empina sobre la punta de los pies para prever el futuro.

No puede ser feliz y fuerte a menos que viva con la naturaleza en el presente, por encima del tiempo.

Esto debía ser bastante claro. Sin embargo, ved como intelectos fuertes no se atreven siquiera a oír a Dios mismo, a menos que hable la fraseología de no sé qué David, o Jeremías o Pablo. No debemos dar siempre tan gran valor a unos cuantos textos, a unas cuantas vidas. Son como niños que repiten de memoria las
máximas de las abuelas y preceptores, y, al ir teniendo más años, las de los hombres de talento y carácter que hemos conocido, esforzándonos por recordarlas al pie de la letra; después cuando la vida nos depara el punto de vista de los que profirieron tales frases, comprendemos su sentido y nos sentimos dispuestos a olvidar las palabras, pues, en cualquier momento, podemos emplear palabras tan buenas cuando surja la ocasión.

Si vivimos verdaderamente seremos la verdad.

Es tan fácil para el fuerte ser fuerte, como para el débil ser débil. Cuando tengamos percepciones nuevas, descargaremos satisfechos la memoria de sus tesoros amontonados, como broza inútil. Cuando un hombre vive con Dios, su voz suena tan dulce como el murmullo del arroyo y el crujir del trigo. Por último, nos queda por decir ahora sobre esta cuestión la verdad más alta; probablemente no pueda decirse, pues cuanto decimos no es más que una lejana remembranza de la intuición. Este pensamiento, con el que puedo ahora
aproximarme más a decirla, es éste: cuando el bien esta cerca de ti.

Cuando tienes vida en ti mismo, no es gracias a formas conocidas o usuales;

No debes discernir las huellas de nadie; no debes ver la cara del hombre; no debes oír ningún nombre; el camino, el pensamiento, el bien, debe ser totalmente extraños o nuevos. Deben excluir el ejemplo y la experiencia. Tomas el camino partiendo del hombre, no hacia él. Todas las personas que han existido son sus olvidados ministros. El temor y la esperanza se hallan igualmente por debajo de esto. Hay algo bajo incluso en la esperanza. En la hora de la visón, no hay nada que pueda llamarse gratitud, ni propiamente alegría. El alma elevada por encima de la pasión contempla la identidad y la casualidad eterna, percibe la existencia propia de la Verdad y de lo Recto, y se calma al saber que todo marcha bien.
Nada importan los vastos espacios de la naturaleza, el Océano Atlántico, el Mar del Sur, los largos intervalos de tiempo, los años, los silos. Esto que pienso y siento sirve de soporte a todos los estados de la vida y a todas las circunstancias del pasado, lo mismo que yace bajo mi presente y bajo lo que se llama vida y bajo lo que se llama muerte.

Sólo la vida importa, no el haber vivido. La fuerza cesa en el instante del reposo.
Reside en el momento de transición de un estado pasado a un estado nuevo.

En el paso del abismo, en el disparo a un blanco. El mundo odia un hecho: el de que el alma vaya a ser; pues eso rebaja para siempre el pasado, convierte todas las riquezas en pobreza, toda la reputación en deshonor, confunde al santo con el bribón, descarta a la vez a Judas y a Jesús. ¿Por qué, entonces, hablamos de confianza en uno mismo? Donde quiera que el alma esté presente, habrá una fuerza, no segura, sino actuante. Hablar de confianza es una pobre y externa manera de hablar. Hablad más bien de eso en que se confía, porque obra y es. Quien tenga más obediencia que yo es mi maestro; aunque no levante el dedo. Tengo que girar alrededor de él por la ley de gravitación de los espíritus. Creemos que se trata de retórica cuando hablamos de virtud eminente. No vemos todavía que la virtud es Altura y que un hombre o que un grupo de hombres, blandos y permeables a los principios, deben , por la ley de la naturaleza, dominar y dirigir a todas las ciudades, naciones, reyes, a los ricos, a los poetas, que no tienen aquella cualidad.

Este es el último hecho al que llegamos en esta cuestión tan rápidamente como en todas: la resolución del todo en el siempre bienaventurado UNO. La existencia por sí es el atributo de la Causa Suprema y constituye la medida del bien en el grado en que entra en todas las formas inferiores. Por esta razón todas las cosas reales lo son en la medida de la virtud que contenga. El comercio, la elocuencia, el valor
personal, son algo y se atraen mi respeto como ejemplos de su presencia e impura acción. Veo que la misma ley trabaja en la naturaleza en favor de la conservación y del crecimiento. La fuerza es en la naturaleza la medida esencial de la licitud. La naturaleza no soporta que se mantenga en sus reinos nada que no pueda ayudarse a sí mismo. La génesis y maduración de una planta, su peso y su órbita; los árboles inclinados por el temporal, irguiéndose de nuevo; los recursos vitales de todo animal y de toda planta, son demostraciones del alma que se basta a sí misma y, por consiguiente, que confía en sí misma.

Así, todo se concentra. No erremos como vagabundos; quedémonos en casa con la causa. Hagamos callar o confundamos la impertinente algarabía de hombres, libros e instituciones, con una sencilla declaración de hecho divino. Ordenemos a los invasores que se quiten los zapatos, porque Dios está aquí dentro. Que
nuestra sencillez los juzgue y que nuestra docilidad a nuestra propia ley demuestre la pobreza de la naturaleza y de la fortuna, al lado de nuestras riquezas nativas.

Pero ahora somos un populacho. El hombre no siente temor ante el hombre, ni su genio es amonestado para que se quede en casa, para que se ponga en comunicación con el océano interno, sino que se marcha a la calle a mendigar una copa de agua de las ánforas de los otros hombres. Tenemos que marchar solos.
Prefiero la iglesia silenciosa antes de comenzar los oficios, mejor que cualquier sermón. ¡Qué lejanas, serenas, castas parecen las personas, rodeadas por un recinto o santuario! Estemos siempre así. ¿Por qué tenemos que cargar con las culpas de nuestro amigo, o esposa, o padre, o hijo, por que se sienten alrededor
de nuestro fuego, o se diga que tenemos la misma sangre? Todos los hombres tienen mi sangre y yo tengo la suya. Tampoco adoptaré por eso su petulancia o su necedad, hasta el extremo, incluso, de tener que avergonzarme de ellas. Sin embargo, nuestro aislamiento no debe ser mecánico, sino espiritual; es decir, tiene que ser elevación. De cuando en cuando, el mundo entero parece conspirar para importunarme con pomposas fruslerías. Amigos, clientes, hijos, enfermedades, temor, necesidad, caridad, llaman a la vez a tu puerta y dicen: "Ven con nosotros". Pero conserva tu estado; no te mezcles con su confusión.

El poder que tienen los hombres para molestarme,
se lo doy yo con una débil curiosidad.
Nadie puede acercarse a mí sin la complicidad de un acto mío.

"Lo que amamos, eso tenemos; pero con el deseo nos privamos del amor". Si no podemos de una vez elevarnos a la santidades de la obediencia y de la fe, resistamos al menos nuestras tentaciones. Entremos en guerra y despertemos a Thor y a Wotan, el valor y la constancia, en nuestros pechos sajones. Esto ha de
hacerse en nuestros tiempos pacíficos y diciendo la verdad. Reprimid esta falsa hospitalidad y el falso efecto. No viváis para seguir satisfaciendo lo que esperan de vosotros esas gentes engañadas y engañosas con que nos relacionamos. Decidles: ¡Oh padre, oh madre, oh esposa, oh hermano, oh amigo!, hasta aquí he vivido con vosotros, conforme a la apariencia. De aquí en adelante, pertenezco a la verdad. Que se sepa que de ahora en adelante no obedeceré más ley que la eterna. No quiero tener convenios, sino vecindades. Trataré de alimentar a mis padres, de sostener a mi familia, de ser el marido fiel de una mujer; pero estas
obligaciones las cumpliré de un modo nuevo y sin precedentes. Me aparto de vuestros usos.

Tengo que ser yo mismo.
No puedo quebrantarme más por ti.
Si podéis amarme por lo que soy, seremos más felices.

Si no podéis, trataré sin embargo de merecer que me améis. No ocultaré mis gustos y mis aversiones. Confío tanto en que todo lo que es profundo es santo, que ejecutaré sin vacilar cuanto me alegra íntimamente, y el corazón me manda.
Si sois nobles, os amaré; si no lo sois, no os deshonraré ni me deshonraré a mí mismo con hipócritas atenciones. Si sois sinceros, pero no interpretáis la verdad como yo, uníos a vuestros compañeros; yo buscaré los míos; no obro de este modo por egoísmo, sino humilde y sinceramente. Es vuestro interés y el mío y el de todos los hombres vivir en la verdad, aunque hayamos sido mucho tiempo esclavos de la mentira. ¿Os suena esto duramente hoy?

Pronto amaréis lo que prescribe vuestra naturaleza, lo mismo que la mía, y si seguimos a la verdad, ella nos llevara a lugar seguro.

Pero de ese modo podéis causar dolor a estos amigos. Sí; pero yo no puedo vender mi libertad y mi poder para ahorrarles ese dolor. Además, todas las personas tienen horas de lucidez cuando se elevan a la región de la verdad absoluta; entonces me darán la razón y me imitarán.

El vulgo cree que vuestra repulsión de las normas populares significa el abandono de toda norma y un mero paradojismo, y el sensual impúdico utilizará el nombre de la filosofía para dorar sus crímenes. Pero la ley de la conciencia subsiste. Hay dos confesionarios ante los que podemos acudir a descargar nuestras culpas.
Podéis llenar el círculo de vuestros deberes guiándonos por la luz directa o por la luz refleja. Considera si has cumplido las obligaciones que tienes con vuestro padre, vuestra madre, vuestros primos, vecinos y conciudadanos, con vuestro gato y con vuestro perro; si ninguno de ellos te puede reprochar nada. Más yo también puedo abandonar este criterio reflejo y absorberme a mí mismo. Yo tengo mis propios derechos rígidos y mí círculo perfecto. Este niega el título de deberes a muchas cosas que tienen ese nombre; pero si soy capaz de llenar las obligaciones que me imponen, se me autoriza a no respetar el código popular. Si alguien imagina que esta ley es laxa, que obedezca su mandato un día. Y verdaderamente exige algo de divino en el hombre que ha desechado los motivos comunes de la humanidad y se ha aventurado a confiar en sí mismo como maestro. ¡Su corazón tiene que ser elevado, fiel su voluntad, clara su vista, para que pueda seriamente ser doctrina, sociedad y ley para sí mismo; para que un simple propósito pueda se
para él tan fuerte como una necesidad férrea lo es para otros! Si alguien observa el aspecto actual de lo que se llama sociedad, comprenderá la necesidad de tal moral. No parece sino que se ha extraído el nervio y el corazón del hombre y que nos hemos convertido en seres gimoteantes y desalentados.
Tenemos miedo a la verdad, a la fortuna, a la muerte, y miedo unos a otros. Nuestra época no produce individuos grandes y perfectos.

Nos hacen falta hombres y mujeres que renueven la vida y nuestro estado social;

 Pero vemos que la mayor parte de las naturalezas son insolventes, que no pueden satisfacer sus propias necesidades, que su ambición no guarda proporción con sus fuerzas, y se humillan y mendigan continuamente, noche y día. Recibimos de limosna nuestras provisiones, no somos lo que elegimos; la sociedad elige por nosotros nuestras artes, nuestras ocupaciones, nuestros matrimonios, nuestra religión. Somos soldados de parada. Huimos de la ruda batalla de la suerte, donde surge la fuerza.
Si nuestros jóvenes no aciertan en sus primeras empresas, pierden todo ánimo. Si un joven comerciante fracasa, la gente dice que está arruinado. Sí el genio más brillante estudia en uno de nuestros colegios y al año siguiente no está colocado en una oficina en las ciudades o arrabales de Boston o Nueva York, les parece a sus amigos y a él mismo que tiene motivos para sentirse desalentado y para estarse lamentando el resto de su vida. El mozo resuelto de New Hampshire o Vermont, que ensaya sucesivamente todas las profesiones, que es gañan, colono, buhonero, que monta una escuela, predica, edita un periódico, va al Congreso, compra unos terrenos públicos, y así sucesivamente, y cae siempre de pie, como un gato, vale por cien de estos muñecos de ciudad. Marcha de frente con su época y no se avergüenza de no "haber estudiado una profesión", pues no deja su vida para después, sino que vive ya. No tiene una sola oportunidad, sino cientos de ellas. Que un estoico muestre los recursos del hombre y les diga que no son
sauces llorones, sino que pueden y deben marchar solos.

Que con el ejercicio de la confianza en sí mismos
aparecerán nuevas fuerzas;
que el hombre es el verbo hecho carne, nacido para disfrutar la salud en las naciones; que debería sentirse avergonzado de nuestra compasión, y que desde el momento que obra por sí mismo, arrojando por la borda leyes, libros, idolatrías, usos y costumbres, lejos de compadecerle, le daremos las gracias y le
reverenciaremos. Ese maestro restablecería el esplendor de la vida humana y haría que su nombre fuera amado para siempre.
Es fácil comprender que: una mayor confianza en sí mismo, un nuevo respeto por la divinidad en el hombre, tiene que producir una revolución en todas las ocupaciones y en todas las
relaciones de los hombres: en su religión, en su educación, en sus tareas, en su modo de vivir, en sus
maneras de asociarse, en su propiedad, en sus miras especulativas.

¡Qué manera de orar se permiten los hombres! Lo que llaman un oficio sagrado no es siquiera valiente y varonil. El que ora mira hacia fuera y pide algún bien extraño, que debe llegarle por medio de alguna virtud ajena, y se pierde en laberintos interminables de cosas naturales y sobrenaturales, medicaciones y
milagros. La oración que pide un bien determinado -todo lo que no sea el bien completo- es viciosa. La oración es la contemplación de los hechos de la vida desde el punto de vista más elevado. Es el soliloquio de un alma contemplativa y jubilosa. Es el espíritu de Dios declarando buenas sus obras. Pero la oración como medio para realizar un fin privado es bajeza y robo. No supone unidad en la naturaleza y en la conciencia, sino dualismo. Desde el momento que el hombre se ha hecho uno con Dios, no pide. Entonces ve la oración en toda acción. La oración del labrador, al arrodillarse en su campo para limpiarlo de hierbas nocivas; la del remero, arrodillándose a golpe de remo, son verdaderas plegarias oídas por toda
la naturaleza, aunque sea para fines de poca monta. Caratach, en el Bonduca de Fletcher, cuando se le amonesta para que indague la intención del Dios Audate, replica: "su oculto sentido se halla en nuestros esfuerzos; nuestras energías son nuestros dioses mejores." Otro tipo de falsas plegarias son nuestras
lamentaciones. El descontento es la falta de confianza en uno mismo; es la enfermedad de la voluntad. Lamentad las calamidades, si así podéis ayudad al doliente: si no, aplicaos a vuestro propio trabajo, y ya el mal empieza a ser reparado. Nuestra simpatía es tan baja como la anterior. Acudimos a los que lloran
neciamente, nos sentamos a su lado y lloramos para acompañarlos en vez de infundirles la verdad y la salud con duros choques eléctricos, poniéndoles una vez más en comunicación con su propia razón. El secreto de la fortuna esta en la alegría de nuestras manos. El que se ayuda a sí mismo es siempre bienvenido para los dioses y para los hombres. Todas las puertas están abiertas para él; todas las bocas le saludan, todos los honores lo coronan, todos los ojos le siguen con deseo. Nuestro amor va hacia él y lo abraza, por que él no lo necesita.

Le acariciamos y lo celebramos con solicitud y cuidado,
porque sigue su camino y se mofa de nuestra desaprobación.

Los dioses lo aman, porque los hombres lo odian. "Los benditos inmortales -dice
Zoroastro- están prestos para el mortal perseverante".

Las oraciones de los hombres son una enfermedad de la voluntad, lo mismo que sus credos son una enfermedad del intelecto. Lo mismo que aquellos necios israelitas, dicen: "Que no nos hable Dios, para que no muramos. Habla tú, que hable cualquier hombre de los que están con nosotros, y obedeceremos." En
todas las partes me veo con la imposibilidad de encontrar a Dios en mi hermano, por que éste ha cerrado las puertas de su propio templo y recita fábulas que son meramente las del Dios de su hermano, o del Dios del hermano del hermano.
Cada nueva mente es una nueva clasificación
Si esta nueva mente resulta una mente de actividad y fuerza no comunes, un Locke, un Lavoisier, un Hutton, un Bentham, un Fourier, impone su clasificación a los demás hombres, y ahí tenemos un nuevo sistema. La complacencia del discípulo se halla en proporción con la profundidad del pensamiento y con el número de los objetos que toca y pone al alcance del mismo. Pero esto se manifiesta principalmente en los credos y en las iglesias, que son también clasificaciones de espíritus poderosos, actuando sobre el pensamiento elemental
del deber, y sobre la relación del hombre con el Altísimo. Tales son el calvinismo, el cuaquerismo, el swedenborgismo. Los fieles lo subordinan todo a la nueva terminología, experimentando el mismo placer que siente el niño que acaba de aprender botánica al ver un nuevo campo con nuevas plantas. Durante algún
tiempo sucederá que el discípulo sentirá crecer sus facultades intelectuales con el estudio de la mente de su maestro. Pero en todos los entendimientos que no mantienen el equilibrio la clasificación es convertida en ídolo, se toma por un fin, y no como un medio que pronto se agota. De este modo se confunden a sus ojos,
en el horizonte remoto, los límites del sistema con los límites del universo, pareciéndoles que las luminarias celestes están suspendidas sobre el arco construido por un maestro. No son capaces de concebir que tú, un extraño, tengas algún derecho a ver, que puedas ver: "Debe ser que nos ha robado nuestra luz." No se dan cuenta todavía que la luz, indomable, asistemática, penetrará en todas las chozas, incluso en las suyas. Dejadles piar un rato y llamarla suya. Si son honrados y obran bien, pronto su bonito redil nuevo resultará estrecho y mezquino, crujirá, se ladeará, se quebrará y desaparecerá, y

La luz inmortal, completamente joven y alegre,
de millones de orbes y colores,
resplandecerá en el universo como en la primera mañana.

Debido a una falta de autocultura, el ídolo que encarna el viajar, el ídolo de Italia,
de Inglaterra, de Egipto, sigue siendo venerado por todos los americanos educados.

Los que hicieron a Inglaterra, Italia o Grecia venerables para la imaginación, lo hicieron no mediante un contorneo fascinado, al igual que una polilla gira alrededor de una lámpara, sino adhiriéndose al sitio en que se encontraban, como a un eje de la tierra.

En las horas de virilidad, sentimos que el deber es nuestro sitio.

El alma no es un viajero; el hombre prudente permanece en casa y cuando sus necesidades, sus obligaciones, le sacan de ella o le llevan a suelo extranjero, sigue en casa todavía; y los hombres leen en la expresión de su semblante que va como misionero de la virtud y de la sabiduría, y visita ciudades y gentes como un soberano y no como un contrabandista o un criado.
No tengo ninguna objeción grosera que oponer a la circunnavegación del globo con fines de arte, de estudio y de benevolencia, siempre que el hombre se haya hecho primero casero y no valla con la esperanza de encontrar en el extranjero algo más grande que lo que conoce. El que viaja para entretenerse o para
conseguir algo que no lleva consigo, viaja de sí mismo y se envejece, aunque sea joven, entre cosas viejas. En Tebas, en Palmira, su voluntad y su mente han envejecido y se han dilapidado como ellas. Él lleva ruinas a las ruinas.

El viajar es el paraíso de un insensato. Nuestros primeros viajes nos descubren la indiferencia de los lugares. En casa sueño que en Nápoles, en Roma, puedo embriagarme de belleza y expulsar mi tristeza. Hago mi baúl, abrazo a mis amigos, me embarco, y, al fin, despierto en Nápoles y surge ante mí el mismo hecho severo, el triste yo, implacable, idéntico, de que quise huir. Busco el Vaticano y los palacios. Simulo una embriaguez de vistas y sugestiones, pero no estoy embriagado. Mi coloso va conmigo a todas partes.

Pero el ansia de viajar es síntoma de un mal más profundo que afecta a toda la acción intelectual. El intelecto es vagabundo y nuestro sistema educativo alimenta la inquietud. Nuestras mentes viajan cuando nuestras cuerpos se ven obligados a permanecer en casa. Imitamos; y ¿qué es la imitación sino el viajar de la mente?
Nuestras casas se construyen conforme a gustos extranjeros; nuestras estanterías están adornadas con adornos extranjeros; nuestras opiniones, nuestros gustos, nuestras facultades, se apoyan y siguen al Pasado y al Distante. El alma creó las artes dondequiera que han florecido. Era en su propia mente donde el artista
buscaba su modelo.
Era una aplicación de su pensamiento a la cosa que había de ejecutarse y a las condiciones que debía cumplir.

Y ¿qué necesidad tenemos de copiar el modelo dórico o el jónico? La belleza, la oportunidad, la grandeza de pensamiento, la expresión justa, están a nuestro alcance, lo mismo que al de cualquier otro, y si el artista estudia con esperanza y amor lo que ha de hacer, si tiene en cuenta el clima, el suelo, la duración del día,
las necesidades de las gentes, las costumbres y la forma de gobierno, creará una cosa que reúna todas las condiciones apetecidas y satisfaga a la par el gusto y el sentimiento.
Afirmad vuestra personalidad; no imitéis jamás.
Nuestras facultades pueden mostrarse a cada paso con una fuerza acumulada por el ejercicio de toda una vida
Pero de la habilidad tomada de otro no tenéis sino una posesión extemporánea, una semiposesión. Lo que cada cual puede hacer mejor, nadie excepto su Hacedor, puede enseñárselo. Nadie sabe lo que eres, ni puede saberlo, hasta que lo hayas mostrado. ¿Dónde esta el maestro que enseño a Shakespeare? ¿Dónde
el que enseño a Franklin, a Washington, a Bacon, a Newton? Todo gran hombre es único. El escipionismo de Escipión es precisamente lo que no podía tomar de otro. No se hará nunca un Shakespeare mediante el estudio de Shakespeare.

Haced lo que os ha sido asignado,
y no podréis esperar demasiado ni atreveros demasiado.

Hay para ti en este momento una posibilidad de expresión tan valiente y grande como la del colosal cincel de Fidias, o la de la llana de los egipcios, o las de las plumas de Moisés o Dante, pero distinta de todas ellas. No es posible que se digne repetirse el alma soberanamente rica, elocuente, con sus mil lenguas; más,
si podéis decir lo que dijeron los patriarcas; seguramente podéis contestarles en el mismo tono, porque el oído y la lengua son dos órganos de idéntica naturaleza. Mora en las regiones simples y nobles de tu vida, obedécete a ti mismo, reproducirás el Antemundo de nuevo.
Lo mismo que nuestra religión, nuestra educación y nuestro arte miran al exterior, también ocurre cosa igual con nuestro espíritu de sociedad. Todos los hombres se jactan del mejoramiento de la sociedad y ninguno se hace mejor. La sociedad no avanza nunca. Retrocede tan pronto por un lado como avanza por
el otro. Experimente continuos cambios; es bárbara, civilizada, cristianizada, rica, científica; pero estos cambios no son mejoramientos. Por todo lo que se obtiene hay que dar algo. La sociedad se enriquece con artes nuevas y pierde viejos instintos. ¡Qué contraste entre el americano bien vestido que lee, escribe, piensa, lleva en el bolsillo un reloj, un lápiz y una letra de cambio, y el desnudo habitante de Nueva Zelanda, cuya propiedad se reduce a una tranca, una lanza, una esterilla y un rincón en una choza sin divisiones! Pero comparad la salud de ambos y veréis que el blanco ha perdido su fuerza primitiva. Si los viajeros dicen la
verdad, dad un fuerte tajo a un salvaje y la carne se le unirá y cicatrizará en uno o dos días, como si hubieseis descargado el golpe en una mesa de brea, mientras una herida parecida llevará al blanco al cementerio.
El civilizado construye carruajes, pero ha perdido el uso de los pies. Se apoya en muletas, pero en la misma medida ha perdido el vigor de los músculos. Lleva un hermoso reloj de Ginebra, pero ya no sabe averiguar la hora valiéndose del sol.
Puede consultar el almanaque náutico de Greenwich y estar seguro de encontrar todas las noticias que precisa, pero no conoce ninguna de las estrellas del cielo. No observa el solsticio y sabe muy poco del equinoccio. Todo el brillante calendario del año no tiene un cuadrante en su mente. Su agenda debilita su
memoria; las bibliotecas abruman su ingenio; los seguros aumentan los accidentes.

Y cabe preguntarnos si las máquinas
no nos embarazan demasiado.

Si no hemos perdido la energía con el refinamiento, y algo de vigor de la virtud primitiva con el cristianismo atrincherado en las formas y en las instituciones; porque cada estoico era un estoico, pero en la cristiandad, ¿dónde está el cristiano?

No hay una desviación mayor en el tiempo moral que en la altura o en el volumen. Ahora no hay hombres más grandes que los que ha habido siempre. Puede observarse una singular igualdad entre los hombres eminentes de la antigüedad y los de los últimos tiempos. Y toda la ciencia, el arte, la religión y la filosofía del
siglo XIX no sirven para educar hombres más grandes que los héroes de Plutarco, hace veintitrés o veinticuatro siglos. No progresa la raza con el tiempo. Fación, Sócrates, Anaxágoras, Diógenes, son grandes hombres pero no fundan una clase social. El que pertenece realmente a la clase de ellos no quiere ser llamado con su nombre, sino que se bautizará a sí mismo y será a su vez el fundador de una secta. Las artes e inventos de cada época no son más que el traje de las mismas, pero no vigoriza al hombre. El daño que causan las máquinas perfeccionadas acaso compensará los bienes que producen. Hudson y Behring realizaron tantas cosas con sus barcos de pesca como para asombrar a Parry y a Franklin, cuyo equipo agotó los recursos de la ciencia y el arte. Galileo descubrió con un anteojo de teatro una serie de fenómenos celestes más espléndida que cualquier otro después de él. Colón encontró el Nuevo Mundo navegando en una carabela. Es curioso ver como caen en desuso y se olvidan periódicamente medios y máquinas,
introducidas con clamor de elogios hace unos años o unos siglos.

El gran hombre retorna al hombre esencial.

Contamos los progresos del arte bélico entre los triunfos de la ciencia y, sin embargo, Napoleón conquistó a Europa con el sistema de vivac, que consiste en apoyarse solamente en el valor, exento de toda ayuda. El Emperador consideraba imposible -dice Les Cases- formar un ejército perfecto, "sin abolir nuestras armas,
nuestros almacenes, comisarios y vehículos; sin que el soldado, imitando la costumbre romana, recibiese su ración de trigo, lo triturara en un molino de mano y cociese él mismo su pan".

La sociedad es una ola. La ola avanza, pero el agua de que está compuesta, no. La misma partícula no se eleva desde el valle asta la cumbre. Su unidad es sólo fenoménica. Las personas que forman hoy una nación, mueren el año que viene llevándose consigo su experiencia.
Y del mismo modo, la confianza en la propiedad, incluyendo la confianza en las gobiernos que la protegen, es la falta de confianza en uno mismo. Los hombres han desviado la mirada de sí mismos y de las cosas durante tanto tiempo, que han llevado a considerar las instituciones religiosas, las ilustradas y las civiles, como guardianes de la propiedad y condenan los asaltos a éstas porque sienten que son asaltos a aquélla. Miden el valor de los otros por lo que tienen, no por lo que son.
Pero un hombre cultivado llega a avergonzarse de su propiedad y vuelve a respetar su propia naturaleza. Odia particularmente lo que tiene si ve que es accidental; que ha llegado a él por herencia, por donación o por el crimen. Entonces siente que nada tiene, que nada le pertenece, que sus bienes no tienen raíces en él, sino que simplemente los conserva porque no se lo arrebata ningún ladrón, ninguna revolución.

Pero la naturaleza del hombre necesita siempre adquirir,
y lo que adquiere es propiedad viva.

Que no espera por el asentimiento del legislador o de la multitud, ni está expuesta a las revoluciones, al fuego, al rayo, a las quiebras, sino que se renueva constantemente dondequiera que él alienta. "Tu suerte o porción de vida -decía el califa Alí- va siempre detrás de ti; por consiguiente no te preocupes de buscarla."
Nuestra dependencia de estos bienes extraños nos lleva a un respeto servil por el número. Los partidos políticos celebran asambleas numerosas, y a medida que aumenta la concurrencia, a cada nuevo contingente que se anuncia: ¡La delegación de Essex!, ¡los demócratas de New Hampshire!, ¡los liberales de Maine!, el joven patriota se siente más fuerte que antes por un nuevo millar de ojos y de brazos. Del mismo modo, los reformadores convocan juntas donde se vota y se decide por aclamación. ¡Oh, amigos; si Dios se dignara a entrar en vosotros, no seria sino con un método totalmente contrario a ése!

No veo que el hombre sea fuerte y prevalezca,
sino solamente cuando se desembaraza de todo auxilio ajeno
y se mantiene solitario.

Conforme se agrupan nuevos reclutas bajo su bandera, se va debilitando. ¿No vale más un hombre que una ciudad? No pidáis nada a los hombres; y en la infinita mudanza solamente tú, firme columna, debes aparecer como el sostenedor de todo lo que te rodea. El que sabe que el poder es innato, que él es débil porque
a buscado el poder fuera de sí mismo y en otras partes, dándose cuenta de ello, se aferra sin vacilar a su pensamiento, yérguese en el acto, permanece en posición firme, ordena a sus miembros, hace milagros, exactamente lo mismo que el que se apoya en los pies es más que el que se apoya en la cabeza.
Compórtate así con todo lo que se llama Fortuna. Muchos hombres juegan con ella y ganan todo, y pierden todo, según los giros de su rueda. Pero tu abandona como ilícitas esas ganancias y ocúpate solo de la Causa y el Efecto. Los cancilleres de Dios. En la Voluntad trabaja y adquiere, y has encadenado la rueda
de la Fortuna, y te quedaras tranquilo y sin temer nada de sus rotaciones. Una victoria política, un alza en los valores, la recuperación de tu salud, la vuelta de un amigo ausente o algún otro acontecimiento favorable, levantan tu ánimo y piensas que se preparan para ti buenos días. No lo creas.


Nada puede traerte la paz sino tu mismo


Nada puede traerte la paz sino el triunfo de los principios.



2 comentarios:

  1. Simplemente inspirador. Una bofetada a nuestros tiempos.

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  2. confio en mi mismo, no existe otra fuente, soy el todopoderoso, sin mi intencion no existe confrontacion, si no estoy muerto, si resbalo me levanto y aprendo del error, no volvere a caer, tengo la fuerza suficiente de ser mi propio dios, en quien mas confiar, esta vida es un aprendizaje, todos los dias muero y nazco

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