jueves, 22 de agosto de 2013

LA DOCTRINA DE LOS CICLOS

Lección 7

LA DOCTRINA DE LOS CICLOS


A esta altura de nuestro curso resultará ya claro para el estudiante que la Teosofía postula la idea de un propósito cósmico como factor y principio fundamental en la historia del ser humano. Ello por cierto implica la existencia de un plan de proporciones mucho mayores que las concebidas por los astrónomos y en una escala de tiempo que comprende billones de años hasta su total consecución.

El surgimiento y decadencia de las civilizaciones, bien documentados en las investigaciones de la antropología y la geología son, se nos dice, parte de este gran Plan Divino.

Naciones y pueblos van y vienen, cada una de ellas proveyendo el campo fértil para servir las necesidades evolutivas de los egos que en ellas encarnan, contribuyendo así con sus características especiales al proceso evolutivo del total de la humanidad.

De acuerdo a la Teosofía, este plan es septenario, es decir, que durante la evolución de la humanidad sobre la Tierra tienen lugar siete fases o períodos evolutivos que se mezclan temporalmente representando lo que en Teosofía se conoce como Razas Raíces; cada una de éstas entrega los vehículos (cuerpos) correspondientes para el continuado desarrollo del proceso evolutivo. Al hablar de “razas” en este contexto, no nos referimos al significado comúnmente dado a este término en estudios de etnología a objeto de identificar el color de la piel u otras características físicas. En este sentido la Teosofía establece que no son la forma de las facciones o el color de la piel los factores determinantes para identificar el estado de avance de un individuo sino su estado de consciencia. Como ejemplo de ello está el hecho de que una gran cantidad de personas provenientes de diferentes grupos étnicos componen en realidad la principal raza raíz floreciendo al presente en nuestro planeta. Todos estos grupos entregan su propia contribución especial al progreso de la humanidad.

En este plan evolutivo septenario, cada una de estas razas raíces tiene siete sub-divisiones a las cuales se conoce como Sub-razas.  Cada Sub-raza posee las características fundamentales de la raza raíz de la cual es parte, pero también tienen cada una su propia característica o cualidad particular. A su vez, las sub-razas se dividen en ramales. Utilizando una analogía familiar, pensemos en la evolución como un proceso educacional en el verdadero sentido de la palabra; solo que en este caso, en lugar de provenir la enseñanza desde el exterior por medio de un profesor, viene desde dentro de nosotros mismos estimulada por nuestras experiencias, lo cual hace posible el desarrollo del potencial que todos llevamos dentro como una semilla que aguarda su florecimiento. En esta analogía, cada raza raíz representa una escuela en la cual debemos aprender gran cantidad de lecciones; las sub-razas representan grados dentro de la escuela, y las ramales clases dentro de los grados. La asistencia del ser humano a estas escuelas es obligatoria.

Cada escuela tiene por objeto desarrollar un aspecto determinado de estado de consciencia, y el aprendizaje debe tener lugar en diferentes niveles y bajo variadas circunstancias. Y así como en el proceso educacional de nuestras escuelas se hace necesario recapitular brevemente las enseñanzas de un grado al comenzar el que sigue, la enseñanza cósmica aplica también el mismo sistema.

Cada escuela (o raza raíz) debe recapitular lo aprendido anteriormente para en seguida concentrarse en un nuevo aspecto de consciencia a desarrollar en la nueva escuela, al tiempo que un atisbo de otro aspecto futuro empieza también a tener lugar. La asistencia a todas estas escuelas es esencial si el Ego desea completar apropiadamente su educación evolutiva y pasar sus exámenes finales con éxito. El niño que ingresa a primer grado de escuela primaria lleva consigo el potencial que le convertirá en estudiante universitario años después: su potencial se ha ya desarrollado. La escuela (raza raíz) continuará existiendo mientras haya alumnos (egos) que necesiten aprender las lecciones que ésta ofrece. Al desaparecer el alumnado, la raza raíz desaparece, y la humanidad avanza hacia la fase siguiente. Y de este modo, tras el surgimiento y decadencia de las civilizaciones, tras la emergencia de grandes personajes, tras el hundimiento y el surgir de nuevos continentes, nos es posible vislumbrar el Gran Plan gradualmente mostrando su belleza y llevando a cabo su propósito mediante un vasto proceso de educación cósmica.

No debemos olvidar sin embargo, que todos los aspectos de consciencia a desarrollar en las diferentes razas existen en nosotros en estado de “semilla”, por así decir. Utilizando otra analogía, pensemos en la bellota, semilla de aspecto insignificante en comparación con el majestuoso árbol al cual da origen: la encina, que va ostentando las características propias de su potencial a medida que crece, utilizando para ello todas las influencias ambientales como alimento. Del mismo modo, la semilla del Adepto existe desde siempre en la Mónada quién, a través de un larguísimo proceso evolutivo, va gradualmente desarrollando su potencial hasta lograr su máxima expresión.

La hipótesis de la Teosofía postula que hasta el momento han aparecido cinco razas raíces en el planeta. Las dos primeras no dejaron restos arqueológicos o históricos debido que no poseyeron cuerpos físicos densos. Su existencia no puede en consecuencia ser documentada científicamente, pero se dice que los antiguos instructores de la humanidad las conocieron. Antiguas escrituras esotéricas, además de varias mitologías, se refieren a ellas, pero basta sólo un poco de reflexión para percatarse la lógica tras este postulado y de la necesidad de la existencia de tales razas. Lo que sigue es entonces presentado al estudiante para su consideración, pero no como hechos históricos verificables.

Se nos dice que la primera raza raíz floreció durante el período geológico conocido como Eoceno, entre 60 y 40 millones de años atrás. El aspecto de consciencia a desarrollar por esta raza fue el de la sensación o percepción, pero a un nivel muy primario, muy básico. Durante este período, el planeta fue presa de violentas convulsiones destinadas precisamente a hacer despertar respuestas sensoriales en esta raza de la infancia de la humanidad. Fue éste además un período de grandes cambios climáticos, erupciones volcánicas, inundaciones, maremotos, grandes calores alternando con fríos colosales, etc., en suma, todo aquello que era necesario para proveer las miríadas de impactos que provocasen algo similar a lo que ahora llamamos sensación. Esta primera raza fue por cierto andrógina o asexuada, los cuerpos de quienes las integraban hechos de materia etérea con aspecto de pequeñas nubes, y en forma alguna similar a los cuerpos densos que observamos en la actualidad. Su forma de reproducción fue en consecuencia por completo diferente a la actual. En la Doctrina Secreta, de H.P. Blavatsky, encontramos la siguiente información: “La primera Raza Raíz desarrolló la Segunda inconscientemente, tal como hacen algunas plantas; o tal vez como las amebas, solo que de forma más etérea, más amplia, en una mayor escala”. De los comentarios que siguen en el texto es posible inferir que el proceso fue bastante similar a lo que se conoce como mitosis celular (simple división), que es el sistema reproductor de las células.

Para esta Primera Raza no existió la muerte a nivel individual. Simplemente fue desapareciendo gradualmente y transformándose en una nueva raza, la Segunda, más humana y más física, aunque aún etérea.
De acuerdo con la Teosofía, la Segunda Raza Raíz existió durante el período Oligoceno, es decir entre 40 y 25 millones de años atrás. Fue éste un período de vegetación densísima seguido por violentos cambios terrestres también característicos del período Eoceno. El aspecto de consciencia a desarrollar por esta Segunda Raza fue el de la tendencia a la actividad, empezando a organizar sus cuerpos como vehículos de expresión activa a objeto de hacer sentir su influencia en el medio ambiente de su existencia. Es probable que los primeros rudimentos del cuerpo humano físico y sus órganos vitales, pero aún sin estructura ósea, hayan empezado a tomar forma entonces, conjuntamente con un semilenguaje de sonidos primitivos. En su libro “La Evolución del Hombre”, el profesor Emile Marcault explica: “Habiendo logrado incorporar un número de imágenes sensoriales del mundo exterior durante el primer período, en el cual desarrolló percepción, la Segunda Raza Raíz utilizó tales imágenes, imprimiendo en ellas el poder dinámico de su propia vida como medio de expresar sus intenciones”. De acuerdo a la Doctrina Secreta, esta Segunda Raza fue también andrógina, reproduciéndose mediante un proceso que podría denominarse “sudor”. Después de largos eones, se fue transformando en la Tercera Raza Raíz, la mamífera, antes de desaparecer por completo.

Fue en los comienzos de la Tercera Raza Raíz, llamada Lemuriana, que aparecieron los primeros esbozos de cuerpos humanos densos; pero no fue sino hasta bastante tiempo después, cerca de 18 millones de años atrás, que la separación de los sexos tuvo lugar, como también el desarrollo de cuerpos similares a los que utilizamos ahora. Originalmente, tales cuerpos eran bastante primitivos, pero de ninguna manera deben confundirse con los de los antropoides que la teoría Darwiniana ve como ancestros del ser humano. De acuerdo con la Doctrina Secreta, el famoso “eslabón perdido” entre los reinos humano y animal no existe, aunque el caso sea que los primeros cuerpos humanos densos hayan tenido un aspecto simiesco.
La tarea evolutiva o aspecto a desarrollar por esta raza fue el de la emoción. Al comienzo, la raza vivió una experiencia dictada por el impulso, con una mente incipiente, no desarrollada; pero a medida que sus sub-razas se fueron sucediendo, su facultad de pensar fue tornándose más y más activa, anunciando su definitivo despertar para el período siguiente.

El desarrollo de la mente analítica y el refinamiento del lenguaje vinieron a tener lugar en la Cuarta Raza Raíz, en Teosofía denominada Raza Atlante. Esta raza predominó durante el período plioceno, remontándose hasta el pleistoceno incluso, cerca de uno a cuatro millones de años atrás, sus últimas épocas teniendo lugar en un gran continente ahora sumergido en el Océano Atlántico cuyas islas se terminaron de hundir hace poco más de 9.564 antes de la era cristiana, llamado “Atlántida”. De ahí el nombre dado a este océano.

 Los atlantes desarrollaron una civilización en extremo materialista cuyos logros científicos se dice sobrepasan todo lo conocido por la ciencia actual. Entre los aspectos notables de su cultura se cuentan un considerable interés por la magia y la creación de artefactos de gran sofisticación y belleza. 

Desafortunadamente, existen indicaciones de que ciertas tendencias malignas empezaron a desarrollarse sin control, a punto tal que la situación llegó a ser considerada como un peligro para la normal prosecución del Plan Cósmico. Vinieron entonces una serie de cataclismos. El continente atlante sufrió una serie de violentas convulsiones comenzando a sumergirse, creando gigantescos maremotos y una inundación que dejó en las mentes de los sobrevivientes la idea – posteriormente transformada en tradición – de un diluvio universal.
Millones perecieron, pero otros millones lograron sobrevivir para encontrar abrigo en otras regiones. Los egos que pasaron por tal experiencia eventualmente conformaron la Quinta Raza Raíz, la Aria, cuyos comienzos la Teosofía indica tuvieron lugar cerca de un millón de años atrás en Asia Central, y cuya civilización predomina ahora en el planeta.

La Quinta Raza Raíz está, desafortunadamente, aún influenciada por mucho de la consciencia atlante. La actitud materialista que la ha caracterizado durante largo tiempo no se diferencia considerablemente de aquella que trajo consigo la caída del telón cósmico sobre la existencia de la Cuarta Raza. El orgullo intelectual y la indiferencia por los valores morales y humanos son, hasta el momento, defectos obviamente propios de la consciencia de nuestro mundo actual. Consideremos por un momento el uso que el ser humano ha hecho de la energía atómica, descubrimiento éste el más precario en el campo de la energía cósmica. Si efectivamente hemos de creer en la Ley del Karma, la crítica urgencia de utilizar apropiadamente tan tremendo poder ahora a nuestra disposición resulta evidente. La lucha entre el bien y el mal continúa, y continuará hasta que cada ser humano logre la perfección. Sin embargo, de cada uno de estos períodos emerge un grupo de Almas que han logrado gran avance y que se han transformado en los líderes de la nueva raza que ya empieza a alborear, la Sexta Raza Raíz.

Es importante establecer en lo relativo a los aspectos de consciencia desarrollar por cada Raza Raíz, que éstos son invariablemente recapitulados, es decir, desarrollados nuevamente por cada nueva raza que sigue, solo que presumiblemente a un nivel más elevado que la anterior. De este modo, la Cuarta Raza desarrolló la mente analítica, vale decir, el intelecto, pero la quinta está en proceso de desarrollar intelecto a un grado aún mayor, lo mismo ocurriendo con todos los demás aspectos de consciencia que la humanidad debe desarrollar.

Libros en relación con Lemuria y Atlántida pueden obtenerse en librerías de ocultismo para aquellos que estén interesados en el origen de las muchas leyendas que rodean estos misteriosos continentes ya sumergidos. Quisiéramos recordarles sin embargo, la importancia de aprender a distinguir entre la fantasía y la realidad; ésta última incluye conceptos tal vez menos espectaculares pero más auténticos, tales como los enunciados por la Teosofía al respecto. En cuanto a la validez de historias confirmadas por medio de personas clarividentes, el estudiante deberá decidir por sí mismo acerca de su veracidad y exactitud. Es en estos casos donde la diferencia de carácter de las personas hace que para algunos tales historias resulten útiles e informativas y para otros constituyan solo fantasías absurdas. Recordemos que las palabras de Jesús resultaban claras en su significado exterior para los pescadores y pastores que le escuchaban, pero El mismo instaba continuamente a sus discípulos para que las escucharan “con el oído interno” a objeto de captar su significado oculto. Tal actitud es en extremo importante en el estudio de la Teosofía.

Cada cual debe escoger, de acuerdo a su propio temperamento, la literatura que le parezca más apropiada sobre el fascinante tema de los orígenes del ser humano y su desarrollo. Lo importante, sin embargo, es aprender a leer entre líneas, buscando el verdadero significado que muchas veces sub-yace en determinadas palabras o frases. Debe comprenderse que el verdadero ocultismo escasamente puede ser puesto en palabras, y que éstas están destinadas solamente a provocar ciertas reacciones que deben apelar más a la intuición del estudiante que a su intelecto.

Observando nuestra herencia divina con ojos de ocultista, nos resultará evidente la trascendencia del momento que vivimos en el proceso evolutivo de la actualidad. En las lecciones que siguen, estableceremos la verdadera dimensión de nuestro potencial y cómo debemos aplicarlo la medida que transitamos por este período de transición rumbo a una nueva era que marcará una mayor expansión de consciencia dentro del permanente avance que representa nuestro destino como Egos evolucionantes.




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