jueves, 22 de agosto de 2013

EL PLAN DIVINO Y EL PROPÓSITO DE LA VIDA


LECCION 1

EL PLAN DIVINO Y EL PROPOSITO DE LA VIDA


Las explicaciones ofrecidas tanto en esta lección como en las que siguen, tratan de procesos que no son observables en un sentido objetivo. Son explicaciones metafísicas que describen procesos ocultos de los cuales provienen los procesos observables u objetivos. Pero cualesquiera sean las hipótesis científicas del momento acerca de los orígenes del Universo y de la vida (y no olvidemos que [estas han sido modificadas repetidamente a través de los siglos), es indiscutible que la vida y la forma de alguna manera aparecieron en el escenario cósmico. Ello nos permite entonces suponer que en un futuro lejano el Hombre estará en situación de ampliar su capacidad de observación, utilizando métodos más avanzados que le permitirán probar o negar aquello que por el momento debe permanecer como hipótesis.

Existen, sin embargo, antiquísimas enseñanzas basadas en la investigación directa de aquellos a quienes ha sido dada la posibilidad de explicar esferas de existencia más sutiles que la física, y en ellas se nos dice que lo que percibimos a través de nuestros cinco sentidos es tan solo una fracción de la realidad universal que nos rodea, y que las respuestas definitivas a los misterios de esta realidad yacen, por el momento, fuera de nuestro alcance. Sin embargo, la Mente y la Intuición, no estando sujetas a las limitaciones impuestas por los cinco sentidos, anhelan tales respuestas. O, para expresarlo en otros términos, la Mente pregunta y la Intuición responde; porque es necesario comprender que las dos no son lo mismo aunque dependan la una de la otra y se complementen mutuamente.

Tres hipótesis respecto al origen y la existencia de la vida y la forma han sido seriamente consideradas.

La primera, establece que todo lo que existe es resultado de la casualidad, (“una concurrencia fortuita de átomos”, se nos dice), el Universo es un caos sin planeamiento ni organización, y la vida humana es una creación que se produjo espontáneamente y sin razón específica.

La segunda hipótesis, establece que el Universo bien puede ser producto de leyes naturales bien definidas con respecto a sus procesos físicos; pero esta organización concluye en cierto punto, dejando tras sí una combinación de caos y cosmos, parcialmente ordenada y en parte caótica como resultado.

 La tercera, postula en cambio que el Universo es una organización precisa y ordenada, que la vida es eterna, auto-existente, sin principio ni fin, y que todas las formas que la animan son creaciones de una Inteligencia Divina que opera de acuerdo a leyes perfectamente definidas y establecidas.

La Teosofía sugiere que esta tercera hipótesis es la que mejor resiste el análisis de la razón, el estudio y la observación del mundo que nos rodea. Considerando que un mínimo de observación de procesos naturales tales como los sistemas planetarios, por ejemplo, deja en claro la existencia de una ley natural en continua operación, y que la percepción del hombre con respecto a la magnitud de tal ley continúa en aumento, la idea de un universo caótico y otro parcialmente caótico y parcialmente ordenado no parece factible. Si en cambio resolvemos aceptar la hipótesis de un universo de ley y orden, ello implica la aceptación de un universo con significado, es decir, con un propósito. La pregunta que sigue es entonces: ¿Cuál es el propósito de la existencia del Universo? La Teosofía responde que el propósito no es otro que el de proveer el escenario y los medios para procurar la transformación de nuestras posibilidades latentes en poderes activos.

El plan concebido para llevar a cabo este desarrollo se manifiesta en el proceso que llamamos evolución (del latín evolvere, que significa desenvolver), y consiste en el desenvolvimiento o desarrollo de la consciencia a través de experiencias en formas (cuerpos) primitivas inicialmente, pero más y más refinadas a medida que la consciencia evoluciona haciéndose más refinada.

De lo anterior podrá observarse que la Teosofía va más allá de la teoría de Darwin respecto a la evolución de las especies, ya que ésta solo se refiere a la evolución de la forma, el concepto teosófico añadiendo el corolario indispensable de la evolución de la consciencia. En otras palabras, la forma existe para que la conciencia pueda expresarse y evolucionar a través de ella. Al comienzo vaga e instintiva, esta conciencia va haciéndose gradualmente más alerta, más clara y más especializada. Poco a poco va siendo capaz de producir vehículos (cuerpos) más sofisticados y sutiles que le van permitiendo mejores medios expresión. El potencial de este proceso no tiene límites, y el factor que lo controla es la vida misma que, a medida que se va manifestando, va también mejorando y adaptando sucesivamente nuevas y más refinadas formas de acuerdo a sus necesidades evolutivas.

La vida es continua y sin fin: las formas, en cambio, son temporales y perecen cuando el objetivo para el cual fueron creadas ha sido logrado. Creemos útil postular aquí que, de acuerdo con la Teosofía, la experiencia evolutiva tiene lugar a través de muchas vidas vividas alternativamente en cuerpos masculinos y femeninos, en diferentes circunstancias y en diferentes civilizaciones. El propósito tras esta premisa es el de procurar la mayor cantidad posible de diversidad de experiencias a través de las cuales lleva a cabo su proceso de aprendizaje el Alma humana. De ahí el sabio axioma que establece que el planeta es la escuela de Dios, y que el propósito de nuestra vida en él no es la felicidad, sino el aprendizaje.

El segundo postulado de la Teosofía respecto a la evolución, es que ésta no procede en línea recta hacia arriba, sino que representa la segunda mitad de un movimiento circular cuya primera mitad intitula involución, a saber:

Durante el período involucionario (arco descendente del círculo), la vida “desciende” de un estado puro e indiferenciado (que podría calificarse de “inconsciencia”) sumergiéndose sucesivamente en estados de materia de mayor densidad. La segunda mitad del círculo (arco ascendente) que propiamente podemos llamar evolución, comienza cuando, estimulada por las restricciones y limitaciones impuestas por la materia densa, la conciencia va despertando gradualmente para comenzar su prolongado ascenso hacia la auto-conciencia y posteriormente hacia estados aún más elevados. Conviene hacer presente que al hablar de “ascenso” y “descenso”, el estudiante no debe pensar en términos de altura o distancia, sino simplemente en sucesivas fases de mayor o menor densidad en el prolongado proceso de la vida en desarrollo. Al utilizar tales términos, la Teosofía se está refiriendo a la asimilación de materia más y más densa (involución), seguida por un gradual cambio a materia menos densa (evolución) de las formas o cuerpos ocupados temporalmente por el Alma a objeto de procurarse experiencias. Este proceso queda simbolizado en la parábola del hijo pródigo que reclamó su herencia y dejó la morada de su Padre, solo para descubrir al cabo de un tiempo que se encontraba disgustado e insatisfecho de su estado “inferior” y consumido por el deseo de retornar a su hogar.

En Teosofía se nos dice que el universo está compuesto de siete grados básicos de materia manifestándose como esferas de energía vibratoria. La Tierra no es, en consecuencia, una sola esfera, sino siete esferas que se Interpenetran e interactúan. La más densa de éstas es la que conocemos como mundo físico. Nuestros sentidos, claro está, no nos permiten en nuestro estado de desarrollo presente, percibir las otras seis esferas, pero la esfera física en sí nos ofrece un ejemplo de la interpenetración de materias de diferente densidad cuando colocamos en una vasija arena (sólidos), agua (líquidos) y aire (gaseosos), elementos que coexistirán en la vasija formando un todo pero sin interferir mutuamente, es decir, manteniendo cada uno su propia densidad. Conviene aquí recordar que la Física contemporánea nos asegura que materia y energía son una misma cosa manifestándose de diferente manera. No hay pues contradicción al referirse a diferentes estados de materia como grados de energía vibratoria, porque la densidad de la materia está dada por la frecuencia vibratoria de los átomos que la componen.

A éstos siete grados básicos de materia se les da el nombre de planos o mundos, siendo en realidad campos de energía manifestados en el escenario cósmico en el cual evoluciona el hombre a través de la experiencia individual y colectiva. En las lecciones que siguen trataremos de ellos en mayor detalle.

El proceso creativo

Brevemente trataremos de aclarar el concepto de la Teosofía acerca de la Creación y la evolución que yace velado por símbolos en las enseñanzas de las grandes religiones.

La Teosofía postula que tras toda manifestación de vida se encuentra la Existencia Una, eterna e infinita, incognoscible porque la mente finita del hombre no puede comprender lo infinito.

Desde este Primer Principio, al cual se ha dado el nombre de Absoluto, emana todo lo manifestado, y a El todo debe retornar.

En este Absoluto o Existencia Única, nuestro universo viene a ser como la ola en el océano: una manifestación que aparece y desaparece sucesivamente. De ello podemos deducir una conclusión tan cierta como sorprendente: la “Creación” entendida literalmente de las primeras palabras del Evangelio según San Juan “En el principio era el Verbo, etc.…”, no existe como tal, porque la manifestación que aparece y desaparece sucesivamente, es decir, que se manifiesta y se desmanifiesta, para volver a manifestarse, lo hace en períodos sucesivos de igual duración. En Teosofía se nos dice que el período objetivo de manifestación y actividad o Manvántara es seguido por un período subjetivo que no tiene existencia física llamado Pralaya, de la misma duración. No debe pensarse sin embargo que el Pralaya como algo muerto totalmente inactivo. La diferencia con el Manvántara es que la actividad del Pralaya es subjetiva y asimilativa, no experiencial. En otras palabras, durante el Manvántara tiene lugar la actividad y la experiencia, y durante el Pralaya se produce la asimilación de todo lo aprendido a través de la experiencia. (Un ejemplo de este sistema está dado en la nutrición del cuerpo físico. Cuando comemos, estamos en actividad; pero al terminar de comer, nuestra actividad consciente, cesa para dar lugar a la actividad interna –léase, subjetiva- del organismo, que trabaja independientemente de nuestra voluntad para asimilar lo ingerido y transformarlo en aminoácidos que, una vez incorporados a la corriente sanguínea, sustentarán su energía. Nuestro sistema digestivo transforma la comida en energía: el sistema del universo transforma la experiencia en facultades. De esta manera, al finalizar el Pralaya, un nuevo Manvántara surge, pero ahora a un nivel más elevado como consecuencia de lo asimilado).

Se nos dice que del Absoluto emergen numerosos universos, cada uno de éstos conteniendo innumerables sistemas solares: cada sistema solar es a su vez activado y controlado por un poderosísimo Ser al cual se da el nombre de Logos o Palabra de Dios. De ahí las palabras de San Juan que ahora citamos en su totalidad: “En el principio era el Verbo (palabra), y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”. Este Ser está en todo, y todo es parte de Él. Desde su propia Naturaleza, la Mente Divina ha traído nuestro sistema solar a la existencia conjuntamente con millones de sistemas similares, y quienes estamos dentro del sistema somos en consecuencia fragmentos en evolución de su propia vida. De Él venimos y a Él retornaremos. A través de las innumerables células de nuestro cuerpo, de nuestros sentimientos y de nuestros pensamientos. El hombre no puede penetrar el inescrutable misterio de su origen, pero puede ponderar acerca de la magnitud de la Creación, de las posibilidades y naturaleza de otros universos y del hecho de que incluso el Logos del sistema se encuentra en evolución, porque el proceso es universal y, como ya hemos dicho, sin un final establecido.

De acuerdo a la hipótesis teosófica, tres estupendos impulsos de Vida son necesarios para traer el universo a la existencia o comienzo del Manvántara. A éstos se les conoce como “Las Tres Emanaciones” u “Oleadas de Vida”

Diagrama nº 1

 que están simbolizadas en todas las Escrituras de las grandes religiones. La primera oleada o ígnea energía creativa -que corresponde al Espíritu Santo o Tercera Persona de la Santísima Trinidad cristiana, surge del Logos estableciendo una vibración en una determinada área de los espacios siderales, electrificando, vivificando o separando en átomos la materia primordial o pregenética eternamente subyacente en el espacio. Al hablar de “materia” en este contexto, no debe pensarse en un tipo de materia como aquella que nos es familiar en el plano físico, sino más bien de una latencia que permanece como tal hasta que el Espíritu Santo la “despierta” a la existencia activa. Se nos dice que esto se logra mediante un proceso expresado simbólicamente como un “dividirse en innumerables fragmentos sin destruirse”, siendo ésta una de las muchas paradojas que suelen encontrarse en el estudio de la ciencia oculta. El Bhagavad Gita lo expresa de la siguiente manera: “Habiendo impregnado este universo con fragmentos de mi Ser, continúo existiendo”. Es entonces apropiado concluir que no existe un solo átomo dentro del cual no esté la existencia de Dios. Del mismo modo, la Vida Divina solo puede manifestarse cuando anima materia. Ambas pues, Vida Divina y materia, son inseparables doquiera exista manifestación.

La primera Oleada de Vida establece los siete tipos de materia o campos de energía vibratoria antes mencionados, desplazándose desde su centro hacia fuera y viceversa, preparándola así para su ingreso en ella (involución) en una jornada de enorme duración.

Cuando finalmente produce el nivel vibratorio más denso, que es el plano físico, la formación de átomos y moléculas físicos empieza a tener lugar estableciendo los elementos químicos en base a los cuales se construirán las formas.

Se nos dice que este proceso lleva incalculables eones de tiempo pero, antes de completarse, la Segunda Oleada de Vida –que corresponde al Hijo Segunda Persona de la Trinidad- surge incontenible. (Se nos asegura que éstas oleadas no tienen lugar en un solo impulso sino en varios sucesivamente, lo cual da lugar a los distintos reinos de la Naturaleza). Similarmente a la primera, la Segunda Oleada se desplaza de adentro hacia fuera y viceversa, otorgando a la materia recién creada características que la harán responder al estímulo externo a través del pensamiento, el deseo y otros factores. Al llegar el impulso de Vida a su máxima extensión exterior, el proceso de involución (arco descendente) cesa para dar comienzo al proceso de evolución (arco ascendente).

A objeto de amplificar esta explicación, utilicemos la analogía de un hombre que está siendo llevado inconsciente al interior de una prisión, en la cual finalmente despierta para comenzar su jornada hacia el exterior, hacia la liberación. En este ejemplo el hombre no representa un individuo sino la Vida en sí. A medida que la oleada de Vida empieza a ascender (no en términos de altura sino de estado de consciencia, comienza a construir las formas de materia ahora conteniendo las características impartidas durante su descenso (involución). El trabajo de este proceso “ascendente” queda de manifiesto en la formación de las estructuras minerales, vegetales y animales a través de las cuales evoluciona la Vida manifestada hacia organismos cada vez más complejos y sofisticados.

Resumiendo, la primera oleada da origen a la materia: la segunda construye las formas: y la tercera, correspondiente al Padre o Primera Persona en la Trinidad trae consigo las mónadas que así comienzan su largo peregrinaje en pos de consciencia individual. (Conviene aquí aclarar que estas mónadas lo son solo en latencia, el término apropiado siendo en realidad “rayos monádicos” de la única Mónada Universal, es decir, el Logos. Serán mónadas propiamente tales sólo cuando alcancen un desarrollo comparable al de su Originador, algo que está bastante más allá de la etapa humana de la evolución).

El término “mónada” proviene de la palabra griega “monos”, que significa “uno e indivisible”. Desde el punto de vista filosófico la mónada humana es el microcosmos o unidad ultérrima. En Teosofía el término se utiliza para designar al Yo espiritual e inmortal, aquél que después de un largo peregrinaje por las formas de los reinos inferiores de la Naturaleza, pasa finalmente al reino humano y posteriormente a estados más avanzados. En los reinos inferiores no puede aún expresar consciencia individual, pero al ingresar al reino humano un cambio drástico tiene lugar: la individualización, es decir, brota la conciencia del YO, inexistente en los reinos mineral, vegetal y animal. El punto focal de este nuevo estado de conciencia es lo que en Teosofía se conoce como el Ego Espiritual, extensión de la mónada humana que las religiones llaman Alma. Se puede decir entonces que el Ego Espiritual nace al pasar la mónada humana o “rayo monádico” del reino animal al reino humano. Es ese momento el que da origen al Ego Espiritual portador de la consciencia individual que se irá expandiendo gradualmente hasta transformarse definitivamente en Mónada Individual.
La mónada ha sido definida también como “un fragmento de la Vida Divina”, separado de ella por una finísima película de materia; esta materia es tan sutil que, así como permite la separación entre una forma y otra, no ofrece en cambio dificultad alguna a la libre comunicación de la vida monádica con otras unidades similares manifestando la Vida Divina. H.P. Blavatsky define la mónada como “consciencia más materia”, pero, como puede colegirse de lo expresado en el párrafo anterior, la mónada no está consciente de nada. Casi se la podría definir como un potencial espiritual no diferenciado a punto de embarcarse en un peregrinaje larguísimo para desarrollar ese potencial, y del cual emergerá con una consciencia totalmente diferenciada, expandida y enormemente enriquecida. Tal realización la obtiene a través de las limitaciones y constantes impactos que imponen los mundos de materia densa.

Se nos dice que estas mónadas potenciales aguardan en su propio Plano Monádico en espera de que las formas evolucionen de los reinos mineral, vegetal y animal, en los cuales se va incubando lentamente y durante largas edades la Vida manifestada; ésta infunde a las formas la necesidad de extenderse y reproducirse haciéndolas cada vez más refinadas y sensitivas, continuamente modificándolas y mejorándolas para adaptarlas a sus necesidades evolutivas. Es aquí donde puede observarse claramente aquella “ansia de vivir”, típica de todo en la Naturaleza, la influencia monádica constituyendo el impulso de la tendencia hacia la superación, característica que continuamente incide en la evolución de la vida y la forma.

Cuando las formas se encuentran lo suficientemente evolucionadas para ser utilizadas como vehículos de consciencia humana, las mónadas toman posesión de ellas mediante su antes mencionada extensión, el Ego Espiritual, que a su vez debe reducir parcialmente su frecuencia vibratoria para poder identificarla con la lenta vibración de la materia física. Al “descender” las mónadas hasta el Plano Mental, se encuentran allí con materia mental que ha estado evolucionando en preparación para este encuentro y, al unirse con ella, tiene lugar la formación de lo que en Teosofía se conoce como el Cuerpo Causal, que pasa a constituir el vehículo más importante de la consciencia humana individual. El Ego, que vive en el Cuerpo Causal, es pues el punto focal de la consciencia individual como extensión de la mónada, y la personalidad, representada por los pensamientos, las emociones y las acciones del individuo, es a su vez una extensión del Ego. El hombre es pues un ser triple, a saber: la mónada, su extensión el ego, y la extensión del ego, la personalidad.


Puede así observarse claramente que desde la parte más elevada de la consciencia humana hasta la más baja, existe un cordón indestructible de comunicación, siendo esto lo que distingue a la individualidad humana de las formas de aquellos reinos inferiores al humano, a saber, el mineral, el vegetal y el animal.
Una de las preguntas más frecuentes en Antropología es aquella que tiene relación con nuestro descenso de los animales en el proceso evolutivo. Pero de lo expresado anteriormente puede deducirse que, así como vida – que se ha hecho inseparable de la consciencia – y las formas (cuerpos) que habitamos evidentemente evolucionaron hacia su estado actual a través de los reinos inferiores, la consciencia humana en sí nunca ha sido otra cosa que humana: nada que podamos llamar “Yo” puede habitar formas de los reinos inferiores. La consciencia del yo pertenece a la extensión de la consciencia monádica, y ésta viene a la existencia física únicamente a través de la individualización y la formación del Cuerpo Causal.

Para describir la tercera oleada de Vida, se ha utilizado la analogía de la canilla del agua de un lavabo que deja escurrir el chorro de agua cuando se abre, representando de éste modo el descenso de la Vida Divina en respuesta al ascenso de la vida de los planos inferiores para lograr el encuentro entre ambas. Al producirse este encuentro, tiene lugar el fenómeno que llamamos “consciencia”.

Permítasenos utilizar nuevamente el ejemplo del hombre que ha sido llevado dormido a la prisión. Al despertar allí el individuo (léase, la vida) se encuentra en posesión de una lámpara con la cual puede encontrar su camino hacia la libertad. Este proceso se conoce con el nombre de individualización y marca la transición desde el simple estado de consciencia colectivo del reino animal hacia el estado de auto-consciencia individual en cuyo comienzo tiene lugar la formación del Alma Humana, que en Teosofía se denomina el “Ego Espiritual”. Y si bien es cierto que esta Alma individual jamás puede ser parte del mundo animal, debe sin embargo considerársela al comienzo como algo inmaduro y en consecuencia aún privado de la completa libertad que constituye su meta fundamental.

Se nos dice que el reino animal posee un “alma grupal” que se manifiesta a través de una grande y variada cantidad de cuerpos animales de diferentes especies. En otras palabras, el animal es, de hecho, solo una parte de esta alma colectiva y las experiencias obtenidas en cuerpos animales son incorporadas a ella al morir el animal para ser compartida por los animales que en el futuro nazcan de ella. Para ilustrar esta idea demos como ejemplo el de un vaso de agua clara. Dividamos luego el agua en vasitos pequeños dentro de los cuales vertiremos diferentes tinturas en cada uno, hecho lo cual vertimos los vasitos de vuelta en el vaso.
Utilizando un término común en química diremos que las diferentes tinturas se encuentran ahora “en solución”. Y si volvemos a verter el contenido del vaso grande en los vasitos pequeños, una parte de los colores de cada vasito estará ahora presente en todos ellos. Y si el proceso se repite una y otra vez utilizando esencialmente tinturas de los mismos colores, el resultado será la intensificación de los colores en la solución.

De modo similar las experiencias de los animales van siendo almacenadas en su alma grupal dando lugar a aquello que se conoce como instinto, elemento que permite al patito recién incubado por una gallina reconocer de inmediato el agua como su elemento natural, o que concede a los pájaros su natural habilidad para construir un nido fuerte y resistente sin haber tomado jamás clases de arquitectura.

Es necesario comprender que el proceso evolutivo que tiene lugar a través de los reinos inferiores hacia la meta superior de la Humanidad, es prácticamente inconsciente y, en consecuencia, sumamente lento. Al llegar al reino humano el progreso del individuo queda en cambio bajo su propio control. Debido a que esta nueva consciencia individual es aún feble y a que la Mónada no ha aprendido todavía a controlar apropiadamente sus vehículos, el progreso continúa siendo lento. Pero después del transcurso de muchas encarnaciones alternadas con períodos de descanso que permiten al individuo la asimilación de las lecciones aprendidas a través de la experiencia personal, la consciencia va creciendo y expandiéndose, estableciendo gradualmente un control más eficaz y directo sobre el proceso.

Atendido lo anterior, resulta evidente la gran importancia de este paso que es la entrada al reino humano como también la gran cantidad de responsabilidad que éste conlleva en la jornada evolutiva.
El Ego entra inicialmente a un nivel extremadamente primitivo, comenzando a ascender lenta y penosamente a medida que va aprendiendo sucesivamente las lecciones de la escuela planetaria.

La inteligencia hace su aparición bajo el estímulo y el impulso del deseo, fortalecida por el recuerdo de su gratificación. Al comienzo no conoce la moralidad ni distingue entre el bien y el mal. Pero poco a poco va tomando consciencia de que vive en un mundo regido por leyes naturales, experimentando placer cuando las respeta y dolor cuando las ignora. Vienen entonces los Grandes Instructores en diferentes eras para ayudar al hombre en su evolución enseñándole a distinguir entre el bien y el mal, es decir, aquello que va en armonía con la corriente evolutiva y aquello que va en oposición a ella.

Se nos dice que el método de la evolución humana incluye la necesidad de lograr experiencia en cuerpos de diferentes razas y sub-razas caracterizadas por ciertas peculiaridades que son necesarias para que el individuo alcance el pleno desarrollo de su potencial humano. En consecuencia, se le hace nacer en varias razas de manera sucesiva con el objeto de que aprenda determinadas lecciones provistas por diferentes tipos de cuerpos y condiciones ambientales. Cada nación tiene lecciones especiales que enseñar a los Egos que encarnan en ellas, estableciendo así su contribución a la civilización en general. Grecia, por ejemplo, dio al mundo su mensaje de belleza: Roma, el de la ley y la organización: y las razas actuales están desarrollando el intelecto.

El Ego encarna de raza en raza, de nación en nación, como un niño que pasa de una clase a otra en la escuela. A veces encarna en un cuerpo femenino para aprender las lecciones que dicen relación con el corazón y los sentimientos: otras veces en cuerpos masculinos a objeto de aprender las lecciones del intelecto. Las experiencias en cuerpos de ambos sexos y en razas variadas son algo absolutamente necesario para lograr el pleno desarrollo del enorme potencial humano.

Considerando lo anterior, la interrogante respecto del propósito de la existencia queda definitivamente aclarada al final del ciclo evolutivo, cuando miles de millones mónadas que no tenían consciencia de su existencia individual se encuentran ahora espiritualmente conscientes de ella. El proceso ha sido hermosamente expresado en la frase “Dios duerme en el mineral, sueña en el vegetal, despierta en el animal, obtiene autoconsciencia en el Hombre y, finalmente, consciencia universal en Cristo, el “Ser Interno”.

Antes de concluir esta lección es necesario referirnos a la hipótesis teosófica que establece al Hombre como un ser compuesto de siete “principios”, a saber, tres principios superiores que conforman el Ego espiritual imperecedero y cuatro principios inferiores que conforman la personalidad perecedera de la cual se sirve el Ego para su progreso (ver diagrama 3). A los tres principios superiores, Atma (Voluntad), Buddhi (Amor-Sabiduría-Intuición), y Manas (Mente Abstracta), se da el nombre de Tríada Superior. A los cuatro principios inferiores, Manas Inferior (Mente Concreta o Intelecto), Astral (Emociones-Deseos), Prana (Vitalidad), y Doble Etérico (Contrapartida del Cuerpo Físico), se les denomina cuaternario inferior. De esto puede colegirse que el Hombre es triple en su constitución fundamental, a saber: La Mónada (que es el verdadero Ser), el Ego (que es una extensión de la Mónada), y la Personalidad (que es una extensión del Ego). La Mónada y el Ego representan nuestra individualidad inmortal; la personalidad nuestro aspecto finito que renovamos vida tras vida.

Los diagramas que acompañan esta lección pueden resultar útiles para el estudiante, pero no deben ser interpretados literalmente sino de manera más bien simbólica en su descripción de los procesos aquí postulados. El diagrama I tiene relación con las tres oleadas de Vida y su “descenso” y “ascenso” a través de los diferentes planos de la Naturaleza. Puede observarse que cada plano tiene un nombre. En las lecciones siguientes encontraremos más información acerca de estos campos de energía que la Teosofía denomina “planos”. El diagrama II representa el descenso de la consciencia hacia la materia densa de los respectivos reinos y también su posterior ascenso, pasando por ellos desde el mineral al vegetal y al animal, para finalmente alcanzar el estado de “individualización” o reino humano, dando con ello origen al Ego Espiritual. El diagrama III describe los siete principios en el Hombre.





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