jueves, 22 de agosto de 2013

LA VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE

Lección 3

VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE


Una de las ventajas del estudio de la Teosofía es que los que la estudian pierden el temor a aquella transición desde el plano físico a los planos superiores comúnmente llamada “muerte”.

Casi todos los seres humanos no familiarizados con las ideas teosóficas sienten tal terror ante la idea de que inevitablemente tendrán que morir algún día, que sin vacilar relegan al fondo de sus mentes esta realidad a objeto de no amargar o entristecer su existencia diaria. La Teosofía, sin embargo, aclara conceptos en este sentido, y lo que antes se veía como algo aterrador, comienza ahora a verse como una aventura inevitable para la cual es necesario prepararse cuidadosa e inteligentemente, tal como hacemos cuando nos disponemos a viajar a otro país, tomando las medidas necesarias para enfrentarlas con éxito. Por ejemplo, si el país que planeamos visitar es frío, necesitamos saberlo de antemano para llevar ropa adecuada para el frío.

Hay quienes insisten que es imposible saber con certeza lo que ocurre después de la muerte; afirman que no hay razón para suponer que algo realmente pueda ocurrir con respecto a la continuidad de vida consciente para cada persona y niegan la posibilidad de vivir nuevas experiencias. La Teosofía en cambio, considerando que el ser humano es un peregrino inmortal con un futuro inconcebiblemente más largo que el de una sola vida terrestre, ha realizado los esfuerzos necesarios para reunir toda la evidencia posible que indique existencia individual consciente después de la muerte del cuerpo físico.

Tal evidencia es ofrecida en esta lección sin pretensiones dogmáticas y sin intención de afirmar de que se trata de la última palabra al respecto. No cabe duda que en décadas futuras la investigación científica en esta área revelará muchos factores no existentes en la actualidad como fuentes de información. Más aún, si consideramos que cada persona es única en su individualidad en este mundo objetivo, es razonable suponer que en la vida después de la muerte cada persona mostrará las mismas características individuales que le distinguieron durante la vida terrestre. La vida “al otro lado” es de tipo subjetivo, y  sus características, se nos dice, están determinadas por las actitudes, los pensamientos, los actos y en general por el estado de consciencia que ha alcanzado el individuo en la encarnación recién concluida.

Existe, por cierto, en la gran mayoría de los seres humanos la tendencia natural a creer en la inmortalidad del Alma, lo cual puede ser considerado como evidencia intuitiva. Y aunque este tipo de evidencia sea ignorado por quienes solo confieren valor al pensamiento objetivo, es un hecho que la tendencia a creer en la inmortalidad del Alma ha perdurado a través de innumerables edades a pesar de las dudas y temores que a todos nos han asaltado durante determinados momentos en nuestras vidas.

Bien mirada, esta tendencia aparece como algo demasiado profundo y universal para descartarla simplemente como algo basado en la necesidad de creer en un “más allá”, o en un simple deseo subconsciente de inmortalidad. De hecho, es inherente en la naturaleza del ser humano, en su ansia de vivir y su capacidad para ello. Puede también provenir de la memoria del Alma que recuerda a través de sus numerosas encarnaciones el haber muerto muchísimas veces. A este respecto es curioso observar como muchos niños pequeños parecen a veces recordar fases de sus transiciones anteriores cuando les oímos decir a veces, “cuando yo estaba en el Cielo, etc.…”, u otras frases similares que revelan hechos ocurridos antes de su presente encarnación.

En tales casos, el niño está aún cercano a la experiencia previa a su nacimiento y, en consecuencia, no impedido por el escepticismo que irá desarrollando a medida que se vaya transformando en adulto.
Debemos también recordar que todos los grandes Fundadores de las principales religiones del mundo invariablemente predicaron la existencia de la vida del más allá como principio universal. A ello se añade algo muy importante: la evidencia acumulada a través de la investigación psíquica y confirmada por el hecho de que algunos de los investigadores no solo son psíquicos sino también reconocidas figuras en el campo de la ciencia convencional. Los psicólogos contemporáneos también parecen dispuestos a aceptar la idea de la continuación de la existencia consciente después de la muerte mayormente debido a los experimentos realizados en base a percepción extrasensorial, que aunque no del todo concluyentes debido a su naturaleza subjetiva, claramente indican la posibilidad de la continuación de la existencia individual después de la muerte del cuerpo físico. Y por último, la Teosofía esgrime el arma de la razón.

Las leyes naturales, que operan admirablemente en lo que respecta a conservación de energía, más el proceso evolutivo del ser humano en sí, claramente sugieren que las experiencias de éste jamás se pierden, y que la evolución física marcha a la par con la evolución espiritual. La vida es tanto continua como dinámica, hecho que resulta obvio aún para una persona con los más rudimentarios poderes de observación. Se nos dice que este proceso evolutivo ha pasado por todos los reinos de la naturaleza partiendo desde el más inferior, y no resulta lógico suponer que una vez que se ha manifestado en el más avanzado de los reinos físicos – aquel en el cual precisamente alcanza individualización, como veremos más adelante – esta individualidad va a estar destinada a perecer juntamente con las formas (cuerpos) a través de las cuales se expresa. Aquel notable ocultista, Manly Hall, lo ha expresado hermosamente en uno de sus iluminados textos: “Si como el teólogo insiste, hay una chispa divina en cada criatura humana, esta chispa es entonces eterna e indestructible, y no existe razón alguna para presumir que Dios en la naturaleza vive para siempre, pero en el Hombre está por siempre muriendo”.

Atendidas tales consideraciones, la Teosofía afirma que el verdadero ser humano de ninguna manera muere al abandonar su cuerpo físico. Por el contrario, después de un cierto tiempo se encuentra más vivo que nunca porque ha perdido su identificación con la materia física y por ende las limitaciones de consciencia que ésta impone. Cuando el individuo deja de utilizar su cuerpo físico, es como si los alambres eléctricos que conectan un receptor se hubieran cortado enmudeciéndolo; pero ello por cierto no significa que la emisora que está transmitiendo a través de ese y otros receptores haya dejado de transmitir. Su medio de expresión le ha fallado en ese receptor, pero el locutor sigue siendo capaz de hablar.

Conviene también estableces claramente un hecho que puede resultar sorprendente para la mente occidental. A través de la investigación clarividente se ha logrado observar que después de dejar el cuerpo físico, el individuo continúa siendo exactamente lo que era antes de que se cortaran los “alambres”. Enfrenta ahora una aventura que ha debido enfrentar muchas veces en el pasado, el único cambio en él estando determinado por lo que ha logrado incorporar en su consciencia durante su última encarnación. La pérdida de su cuerpo físico es como la pérdida de su automóvil, tiene muy poco que ver con lo que el individuo es intrínsecamente. Continuamos siendo lo que somos, con o sin cuerpo físico, con nuestras virtudes y defectos. Es sólo el uso que hagamos de nuestra próxima encarnación lo que nos hará cambiar, aumentando virtudes y eliminando defectos.

Veamos ahora la parte mecánica del proceso de desencarne o muerte. De acuerdo a las descripciones de clarividentes, al morir el cuerpo físico, el Doble Etéreo, que es la batería que le imparte vitalidad, gradualmente se retira llevando consigo la fuerza vital y los vehículos superiores astral y mental. Queda sin embargo conectado aunque brevemente al cuerpo físico por un hilo magnético de materia etérica conocido como el “Cordón de Plata” (ver Lección 2). Es en aquel momento, cuando ya la consciencia física está por desaparecer, que los eventos de la vida recién pasada desfilan rápidamente en orden inverso frente a la persona, hecho que ha quedado claramente establecido por aquellas personas que han estado a punto de morir pero que han sido vueltos a la vida en el último momento. Finalmente el Cordón de Plata se rompe y el individuo, envuelto en la luz gris/plateada de su doble Etérico flota brevemente sobre el cadáver físico en un estado de serena inconsciencia. Se nos dice que el proceso de morir no difiere considerablemente de lo que sentimos al quedarnos dormidos excepto que, cuando dormimos, el doble Etérico se mantiene unido al cuerpo físico vitalizándolo y sin romper la conexión magnética que permite el flujo de fuerza vital. Se nos dice que quienes estén presentes en el solemne momento del desencarne de la persona, pueden en realidad serle de mucha ayuda con solo permanecer en silencio y sin manifestaciones emocionales frente a lo que está teniendo lugar.

Después de un lapso que, se nos dice, varía aproximadamente entre 36 y 72 horas, el Ego se desprende del Doble Etéreo, liberándose así en forma definitiva de su atadura física. El Doble Etéreo se empieza entonces a desintegrar, y la consciencia del individuo empieza a enfocarse ahora en su cuerpo astral o emocional, de lo cual podemos deducir que las emociones sobreviven a la muerte del cuerpo físico.

Tal como explicáramos en la lección anterior, las emociones y los deseos se manifiestan con gran intensidad en este mundo más tenue, más sutil que la materia física visible, al cual llamamos Plano Astral. Se trata de una esfera de energía vibratoria con características propias y con sus propias frecuencias. Estas frecuencias están divididas básicamente en siete tipos que conforman los siete sub-planos del Plano Astral, constituyendo materia astral que va desde la más grosera hasta la más sutil. Cuando una persona fallece se sentirá atraída, como es natural, al nivel vibratorio astral determinado por los hábitos e inclinaciones que han caracterizado su vida y que estarán en relación directa con la de la persona en el sub-plano que le corresponde por afinidad. Si las emociones fueron groseras, primitivas, la persona se encontrará de pronto en uno de los subplanos inferiores debido a que sus vibraciones estarán en afinidad con las de ese sub-plano. Por el contrario, si las emociones son elevadas y nobles, el individuo despertará a la consciencia en uno de los sub-planos superiores del Mundo Astral.

Se nos dice que el cuerpo astral tiene una especie de consciencia elemental vaga que, inmediatamente después de la muerte del cuerpo físico y de la desintegración del Doble Etéreo, percibe el cambio. De ese vago estado de consciencia solo emerge una consideración: la de protegerse y resistir una posible desintegración el mayor tiempo posible. Para ello arregla la materia astral que le compone (que en la persona corriente contiene mezclada materia de los siete sub-planos del Plano Astral) en capas concéntricas, ubicando la más densa en el exterior. Es esta capa exterior la que determina el estado de consciencia del individuo después de la muerte y la que le “ubica” en el nivel vibratorio astral que le corresponde. Esto naturalmente representa una especie de prisión que le permite recibir solo las influencias propias de ese tipo de vibración.

Gradualmente, sin embargo, la capa exterior se va desintegrando hasta desaparecer, otorgando al individuo el estado de consciencia propio de la capa siguiente. Esta a su vez se desintegra, al igual que las otras sucesivamente, y el estado de consciencia de la persona se empieza a identificar con la materia de los sub-planos superiores, permitiéndole así percibir y vivir la armonía y la belleza de los niveles astrales superiores.
En consecuencia, si una persona ha vivido su vida terrestre de manera depravada, entregándose desenfrenadamente a la satisfacción de bajos deseos y pasiones innobles, ello le significará un período de intenso sufrimiento después de la muerte de su cuerpo físico. Evidentemente en este caso no nos referimos a sufrimiento físico, sino a aquel que proviene de tener que enfrentarse con deseos cuya satisfacción es imposible debido a la ausencia del cuerpo físico, que era el instrumento mediante el cual tales deseos se satisfacían. Obviamente, tal experiencia hará pensar al individuo que se encuentra en el “infierno”. Pero debemos recordar que esta situación no constituye el famoso “castigo” implícito en tal definición, sino simplemente el funcionamiento impersonal de la Ley de Causa y Efecto que da a cada cual el resultado de lo que cada cual ha sembrado; es decir, las causas que hemos iniciado durante nuestra vida terrestre, cuyos efectos tienen lugar posteriormente en la vida astral.

Como es natural deducir de lo anterior, el individuo de gustos refinados, que ha sabido controlar sus apetitos inferiores, no atravesará conscientemente por la dolorosa experiencia emocional antes descrita porque su cuerpo astral no incluirá materia astral que vibre en frecuencias bajas. En lugar de ello, dormirá apaciblemente durante su paso por los sub-planos astrales inferiores, para recuperar la consciencia en los superiores, encontrando allí una vida muy similar a la que viviera en el plano físico.

La existencia astral sin embargo no es eterna. Toda persona, no importa cuán abyecto su tipo de vida en la Tierra, es eventualmente purgada de sus deseos emocionales inferiores, las capas de su cuerpo astral desintegrándose una tras otra hasta dejarlo constituido exclusivamente por material astral sutil y elevada, confiriendo del este modo una existencia grata y feliz al individuo por el resto de su vida astral.

Se nos dice que de los siete sub-planos astrales, los tres superiores constituyen algo similar a los aspectos hermosos y gratos de la vida en el plano físico, aun cuando de mucha mayor belleza, colorido y vitalidad que éste último debido a la naturaleza sutil y brillante de los niveles astrales superiores. El Ego es ahora capaz de manifestarse en tales niveles porque tanto sus pensamientos como sus emociones han sido purificados y refinados al punto que ya no existe en ellos materia mental y astral grosera que responda a deseos bajos o pensamientos impuros. Existe, sin embargo, una importante diferencia entre la vida astral y la vida terrestre: los pensamientos son visibles en el mundo astral, y el engaño y la hipocresía son imposibles porque a cada individuo se le ve y se le percibe exactamente como es.

La comunicación entre las personas se realiza de manera al presente indescriptible para quienes estamos aún en el plano físico, toda vez que allí el lenguaje no existe en los términos en que lo entendemos en éste último. El mundo astral ha sido llamado “el universo sin obstrucción” debido a que la materia que lo compone es tan fácil de manipular que basta con pensar en algo para materializarlo en el acto. Lo desconcertante para el Ego recién arribado a este plano es que al dejar de pensar en el objeto en cuestión, éste desaparece.

Se nos dice que aquellos que han hecho su transición desde el Plano Físico al Plano Astral (a quienes la mayoría de la humanidad considera equivocadamente como “muertos”), pueden comunicarse fácilmente con los llamados “vivos” durante el sueño de esto últimos, pero durante las horas de vigilia tal comunicación es imposible debido a que la consciencia del hombre físico está aún enfocada en el Plano Físico. La forma más eficaz de ayudar a quienes han hecho su transición es a través de oraciones y pensamientos de amor, pidiendo que su paso por los niveles astrales inferiores sea rápido. Los estados depresivos causados por la pena provocada por la partida de seres queridos tendrán un efecto detrimental sobre éstos y deben ser evitados a toda costa por grande que sea el esfuerzo requerido. Es necesario recordar que la persona no está muerta sino que ha cambiado su estado consciente debido a la pérdida de su cuerpo físico. El ignorar esta importante premisa puede incluso demorar el progreso del “fallecido” durante su jornada por la esfera astral.

Al igual que cuando cambiamos de ciudad, yéndonos a vivir a otra en la cual encontramos nuevas amistades y relaciones, nuestros familiares fallecidos encuentran en el Plano Astral nueva compañía que les ayuda en la jornada y nuevas ocupaciones, y es razonable suponer que la duración de la vida astral de cada sujeto en cada sub-plano astral será proporcional a la cantidad de tiempo que el sujeto haya dedicado a actividades similares en el Plano Físico. Los hábitos adquiridos, la disciplina ejercitada, las emociones que han llegado a ser parte de lo más íntimo de nuestro ser, constituyen los “materiales” de los cuales consta la experiencia astral. No es incorrecto entonces afirmar que cada persona crea su propio “cielo” o su propio “infierno”.
Al cabo de un tiempo, el cuerpo astral también muere. Con el paso de los años la persona va quedando más y más distanciada de la prisión de la existencia física y, a medida que las impurezas de la materia de su cuerpo astral van siendo eliminadas, las emociones puras van siendo incorporadas en su cuerpo causal, contribuyendo éstas a la formación de la esencia del verdadero Ser del individuo, su Ego o Alma Inmortal. De acuerdo a la investigación clarividente, la duración término medio de la existencia astral de un individuo es aproximadamente entre 20 y 40 años, y el Ego, al verse liberado de ésta por la desintegración de su cuerpo astral experimenta, se nos dice, una extraordinaria sensación de libertad, aún mayor que aquella experimentada al abandonar su cuerpo físico. A esto parece referirse la famosa “entrada al Cielo” postulada en muchas religiones.

La experiencia en el mundo celestial compuesto de los cuatro sub-planos inferiores del Plano Mental está, se nos dice, caracterizada por un intenso grado de extática felicidad. En este mundo las penas y la maldad son imposibles, porque las vibraciones propias de tales expresiones no encuentran forma de manifestarse en él. Es también un mundo en donde el poder del individuo para lograr sus aspiraciones está limitado solamente por su capacidad para aspirar. Debemos comprender que no se trata solo de un lugar sino más bien de un estado de consciencia cuyas energías vibratorias poseen frecuencias elevadísimas que requieren un tipo de contacto totalmente diferente. Liberado de la necesidad de oír, ver y sentir a través de los órganos del cuerpo físico, el individuo ni siquiera necesita la mayor capacidad que le confiere el plano astral en este sentido. En lugar de ello, experimenta dentro de sí un poder que le permite la comprensión total de cualquier situación de manera por completo integral. Además, le basta con pensar en algún lugar, para encontrarse allí de inmediato. Le basta con pensar en un amigo muy querido, para encontrarse de inmediato en su presencia. Los malentendidos son imposibles en el mundo mental. Es un mundo lleno de luces trepidantes, inundado de color y música, donde el Ego experimenta un estado de felicidad indescriptible, en apariencia rodeado de todos sus seres queridos y capaz de la completa realización de sus mayores aspiraciones.

Se nos asegura que mientras nuestra consciencia esté sometida a los cinco sentidos para expresarse, nos será por completo imposible vislumbrar siquiera la gloria inefable de este mundo celestial que en la tradición oculta se conoce con el nombre de Devachán (morada de los ángeles).

En este mundo, que más que tal es un estado de consciencia, el Ego asimila y transmuta en facultades las experiencias y aprendizajes de la vida terrestre. Puede, por cierto utilizar sólo la cantidad de experiencia que ha obtenido, y no podrá involucrarse en actividades que no deriven de tales experiencias; pero mientras más amigos tiene (es decir, mientras más ama), más altruista se hace su devoción y más noble su carácter.
Como consecuencia de ello, su permanencia en el mundo celeste deberá extenderse proporcionalmente a la amplia cosecha producto de sus esfuerzos en la vida física.

Cualquiera sea la duración de la permanencia del individuo en el Devachán, ésta estará invariablemente condicionada por sus necesidades evolutivas. Concluida aquella, la irresistible oleada de vida lo llevará hacia los tres sub-planos superiores del mundo mental, conocido también como mundo Causal o Mental Abstracto, en donde todas las facultades obtenidas por el individuo serán incorporadas al único cuerpo permanente de que dispone durante todas sus encarnaciones: el Cuerpo Causal.

El verdadero hombre, el Ego, habiendo concluido ya otra ronda de encarnación, ha vuelto a su verdadero hogar y permanecerá en él por un tiempo, en un nivel al cual realmente pertenece y que representa un estado de éxtasis indescriptible. Para la gran mayoría de las personas de nuestra humanidad ésta es una experiencia breve y un estado de consciencia similar al del ensueño; sin embargo, y aún en estados de evolución muy limitados, el alma es capaz de percibir el valor y el propósito de las lecciones aprendidas, incorporándolos a su Cuerpo Causal como un residuo positivo que se manifestará en forma de consciencia e ideales en el futuro.

Quisiéramos referirnos nuevamente al término “campos de energía” brevemente explicado en la lección anterior en relación con la región etérica del plano físico y los mundos astral y mental concreto. En estos postulados, los tres sub-planos superiores del plano mental son el lugar de “residencia” del Cuerpo Causal, y a esta región se la llama Campo Conceptual.

Se dice entonces que el ser humano existe en el Campo Físico o Gravitacional; experimenta en el Campo Psicodinámico (astral/mental), y vive en el Campo Conceptual, su verdadera morada de la cual se encuentra exiliado durante la duración de su aprendizaje en la escuela de la vida planetaria física. El Campo-Conceptual o Causal es el medio de lo trascendente, de la trascendencia en sí, tal como en el Campo Gravitacional o Físico la característica es la masa, y la del Campo Psicodinámico o Etérico, Astral, y Mental Concreto, son la radiación y el movimiento constantes. El Campo Conceptual es donde se manifiesta el poder impersonal, así como en el Campo Psicodinámico se manifiesta el poder personal. Cuando el ser humano sea capaz de funcionar consciente y simultáneamente en estos campos – como indudablemente será el caso para todos en el futuro – poseerá completo dominio sobre sus propios propósitos y la habilidad inmediata para utilizar de manera útil y efectiva los resultados de cualquier experiencia por la que atraviese. El Campo Conceptual es donde se encuentran los arquetipos en el sentido Platónico, la morada de lo bueno, lo bello y lo verdadero.

Se nos dice que ciertas Potencias Espirituales que residen a niveles aún más elevados que el del Plano Mental, ejercen su influencia sobre el Campo Conceptual de manera similar a como las influencias de éste último actúan cobre el Campo Psicodinámico. El Campo Espiritual, nivel donde residen aquellas Entidades, es algo acerca de lo cual sólo podemos conjeturar, ya que en nuestro presente nivel evolutivo no existe mayor información. Podemos sin embargo referirnos a este Campo de manera hipotética, estableciendo que su principal característica es la “eternalidad”, tal como la masa, el desplazamiento y la trascendencia son característicos de los planos mencionados anteriormente. Pero así como es hasta cierto punto posible lograr una vaga idea respecto a la naturaleza de tal “eternalidad”, nos será, por el momento, completamente imposible vislumbrarla en su totalidad. Este Campo Espiritual constituye sin embargo una parte esencial de nuestra hipótesis, ya que la energía espiritual en la cual se basa la fuerza de la Vida que todo lo sustenta, es una realidad innegable y, como tal, debe tener una fuente de origen. Es también, presumiblemente, el campo en el cual reside la Mónada humana para dirigir desde allí esa extensión de sí misma que llamamos el Ego y mediante la cual lleva a cabo su largo peregrinaje evolutivo tras la obtención de consciencia individual. Se nos dice además que, una vez concluido este peregrinaje con la producción de una personalidad perfecta a nivel humano, el cuerpo causal se disuelve, y el Ego, llevando consigo todos aquellos elementos de la personalidad que ha perfeccionado y hecho eternos, es reabsorbido por la Mónada, ahora preparada para un futuro proceso evolutivo a niveles tan sobrehumanos que resultan para nosotros inconcebibles.

Retornemos al tema del ciclo que llamamos vida y muerte.
Después de un tiempo de permanencia en el Cuerpo Causal – cuya duración depende de las circunstancias evolutivas del sujeto – el Ego es impulsado por ciertas leyes cósmicas a encarnar nuevamente. Se nos dice que al ocurrir esto le es dado tener una rápida visión en relación con las lecciones que le esperan en esta nueva encarnación, después de lo cual ciertas corrientes de energía vital le instan al proceso de adquirir un nuevo conjunto de cuerpos para su próxima encarnación. Sólo por el imperativo del Alma apoyado en la necesidad de enfrentar nuevas experiencias y aprendizajes, es el Ego impulsado nuevamente hacia la ronda de nacimiento y muerte, proceso que repite continuamente hasta que las posibilidades de aprendizaje se agotan y el Alma, ahora perfeccionada debido al completo desarrollo de su potencial humano, se encuentra finalmente ante el umbral de la Divinidad.


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