martes, 15 de abril de 2014

EL DESARROLLO DE LA PERSONALIDAD



El término personalidad viene del latín “persona”, que se puede traducir literalmente como “máscara”. Y realmente la personalidad puede ser máscara que oculta al verdadero Ser o escudo que le protege y canaliza su Poder. Hablaríamos entonces de personalidad-máscara o espejo, como símbolo del hombre que simplemente refleja el mundo exterior y es una copia de él, de sus costumbres, modas y estadio evolutivo. Y de una personalidad-imagen, fruto del hombre realizado que muestra a través de este medio su verdadero Yo, y desde este Centro real, su verdadera creatividad y armonía con la Naturaleza.

A la unión del yo inferior con el Yo superior se le ha llamado psicosíntesis. Una vez lograda, el Yo trascendente actúa como un nuevo centro unificador en torno al cual se construye una personalidad nueva y trascendente.

Es a través del Yo que se irradia la cualidad esencial del Ser que es un aspecto de la Divinidad. Y de ahí surge la realización de la vocación o misión que cada uno tiene de acuerdo a su naturaleza, y el sentimiento de responsabilidad ante el grupo. Cuanto más se descubre un individuo a sí mismo, más descubre que su interés personal es reemplazado por su responsabilidad para con su grupo y la Humanidad; el Yo real no es sino un “Nosotros”. Como nos diría Oriente, la plenitud de la realización estriba en "fundir la gota en el Océano", en ampliar la conciencia hasta tal punto que podamos abarcarlo todo.   

Los filósofos chinos nos describen así la diferencia: nos hablan del individuo con un centro cerrado, donde la estructura del ego está herméticamente clausurada, y su conciencia restringida o absorbida por sus problemas de supervivencia. Al contrario, en el individuo con un centro abierto, existe un estado de armonía espiritual que le hace respirar con confianza, fe, seguridad mental y emocional, dejando que la luz fluya a través suyo.

El desarrollo de la personalidad creadora significa plena expresión de todo lo mejor que yace en cada uno. Es un acto de valentía frente a la vida, y es a un tiempo carisma y maldición. Su primer resultado es el aislamiento de la masa, para seguir el camino que marca la ley del propio ser y se fiel a ella. Se necesita para ello, capacidad de elección, decisión y vocación, lo que derivará  en una vida más plena y abarcante.

Sólo llega a ser una personalidad realizada, el hombre que es capaz conscientemente de afirmar el poder de la vocación que le empuja desde dentro. En la medida en que un hombre es infiel a su propia ley, y no se pone a la altura de su personalidad, erró el significado de su vida.
El alimento para el desarrollo de una personalidad rica y madura ha de recogerse de experiencias significativas, de una vida de relación verdadera y vital con todo lo que vive y se mueve, de manera profunda, firme, duradera y concentrada.   

Todo lo constructivo se estimula cuando tratamos de llegar a una conciencia más plena. Cuando ésta se amplia, se abarca no sólo más hacia arriba, (supraconsciente) sino también más hacia abajo, (inconsciente colectivo). Pero una vez que se abrió la puerta del inconsciente, una vez que se contestó a la llamada de la vocación interior, el único camino que queda adelante es transformarnos, y para ello solamente se requiere desarrollar aptitudes espirituales, sentido profundo de la responsabilidad, poder de comprensión y compasión.

Se trata entonces de armonizar la personalidad y hacer de ella a manera de un cáliz, dirían los alquimistas. Para recibir el poder, que fluye incesantemente del Todo cósmico, hacia la conciencia del hombre. Abrir el ser total al fluir descendente de las Fuerzas transformadoras, asimilar esa Luz a través del proceso espiritual de la “Teosíntesis”. Cuando lo hagamos, podremos cambiar la atmósfera de la Tierra. Podremos suministrar “alimento”, a la multitud de egos aún no realizados y discordantes, que anhelan paz y armonía.

Hay que enfrentar cara a cara la verdad, nuestra verdad y con valor, fe y humildad, es preciso realizar la obra alquímica que nos lleve a transformar, el plomo de nuestra personalidad en el oro de nuestro espíritu victorioso. Hay que vivir para ello todas las fases del proceso, atentos, para extraer de cada una de ellas el elixir de la inmortalidad.

Se trata pues de entender, aceptar y trabajar a favor del proceso de metamorfosis, que las fuerzas de la naturaleza operan en nuestro interior y exterior, para ponernos en armonía con ella y ser así útiles en el Plan general de la evolución….participando constructivamente con la aportación de nuestro Ser. 

La única batalla que tenemos que librar, y lo podemos hacer desde la primera vez, con la primera persona, es la batalla contra nuestra propia personalidad, y no contra la personalidad del otro. Siempre hay algo que queremos que el otro cambie, que no nos gusta, no estamos de acuerdo, podría hacerlo diferente, podría decirlo de otra manera, y quizás sea cierto, pero nosotros también tenemos lo nuestro que el otro quiere que cambiemos. 

Sólo si hay amor de verdad vamos a pelear con todas nuestras fuerzas para vencer nuestro carácter. Porque si éste es más fuerte y causa una separación, vamos a sentir que se acaba nuestra vida, que nos quedamos sin aliento, y que habiendo “resuelto” la batalla contra el carácter del otro, perdimos la guerra y nos quedamos solos, fallamos en el amor. 




No hay comentarios:

Publicar un comentario